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Publicado en la categoría: Comunicados

“Se está pervirtiendo la intención y el contenido de lo acordado en La Habana”

Escrito por  Rodrigo Londoño - Timo
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Palabras de Rodrigo Londoño Echeverry, Timo, al Encuentro Nacional de Derechos Humanos de la Marcha Patriótica.


Camaradas y compañeros:

Reciban todos y todas ustedes el más fraternal saludo de parte de la dirección nacional del partido de la rosa. Resulta honroso ser invitado a tomar parte en este importante análisis sobre la situación política nacional, al cual me presento sin otra pretensión que la de aportar un grano de arena a la comprensión de un fenómeno, que entre todos los revolucionarios y demócratas debemos esforzarnos por develar, explicar y asimilar.

A todos nos preocupa lo que ocurre en el país, son muchísimos años los que llevamos empeñados en conseguir su transformación, para bien de las clases más desfavorecidas, siempre golpeadas por las políticas económicas y sociales de unas clases en el poder, que sólo piensan en sus intereses. Estoy seguro que todos los presentes en este escenario desearían ver alcanzadas nuestras aspiraciones, a las que uno y otro obstáculo se atraviesan siempre.

Estamos pasando por días de gran incertidumbre para nuestros esfuerzos por alcanzar la paz con justicia social. Oscuros nubarrones se asoman en nuestro horizonte, por cuenta de la última elección presidencial, que ha llevado al poder al sector más retardatario de los grupos del poder. Ese sector no sólo ha sido en gran medida el responsable del largo conflicto armado que procuramos superar, sino que se ha opuesto siempre a cualquier propósito de paz.

Sabemos que por su extracción, ese sector representa los intereses más retardatarios de los grandes propietarios rurales, al tiempo que de diversas formas violentas e ilícitas de apropiación de la tierra. Que los Acuerdos de Paz les resultan hirientes y ofensivos, en la medida que se refieren específicamente a la Reforma Rural Integral y la sustitución de cultivos de uso ilícito, asuntos que apuntan a golpear frontalmente su poder económico y con él a su influencia política.

Más aún, que un capítulo entero de los Acuerdos de La Habana centre su atención en el sistema integral de verdad, justicia, reparación y no repetición, del cual es componente fundamental la Jurisdicción Especial para la Paz, que de funcionar como quedó pactada en La Habana y el Teatro Colón, los obligaría a comparecer y dar cuenta de sus crímenes, sin otro recurso de defensa que el de recurrir a la verdad, palabra que rehúyen con verdadero espanto.

Ese mismo sector y los otros que han disfrutado del poder económico y político de modo centenario, reservan una prevención particular a la ampliación de los espacios democráticos, que pudieran permitir la presencia en el escenario de actores y fuerzas nuevas, ajenas a sus manejos clientelistas y corruptos, portadoras a su vez de ideas de gobierno contrarias a las fórmulas practicadas por ellos en consonancia con los grandes centros del capital internacional.

No podemos perder nunca de vista que nos hallamos inmersos en el campo de batalla de las clases sociales, y que por tanto lo que sucede en nuestro entorno, no es solo el producto de la ambición por la ganancia y el monopolio del poder por cuenta de los distintos círculos ligados a la fortuna. También en buena medida la realidad que nos circunda es producto de la participación activa de las clases subalternas, que no se resignan a permitir que los poderosos las aplasten sin resistencia.

Esto último nos indica que el resultado final no será el deseado de modo exclusivo por los dueños del capital y de la tierra, sino que será a su vez determinado por la actuación de los trabajadores, de los campesinos, de las comunidades negras e indígenas, de las mujeres, de las minorías que exigen sus derechos, de los informales y los estudiantes, de todas las fuerzas sociales y populares que se les oponen y lo expresan de múltiples formas.

De allí que quisiera que de sus análisis de la realidad actual, emergiera algo que pudiera parecer de más para algunos, pero que no deja de tener una importancia cardinal. Los Acuerdos de La Habana tienen una significación histórica, económica, política y social de enorme trascendencia, no sólo porque hayan detenido una confrontación militar de más de medio siglo, sino porque abren posibilidades inéditas para la consolidación de la democracia y la justicia social en el país.

Dichos Acuerdos expresaron en una fórmula de distensión, el estado de la lucha de clases en Colombia, el grado máximo de tensión y al mismo tiempo de solución pacífica que se podía materializar en nuestro país. No agotaron la lucha, no podían hacerla desaparecer, pero marcaban pautas, rutas a seguir, conquistas que había que defender y hacer madurar. Configuraron un escalón muy superior al de la lucha sangrienta que nos obligaron a asumir en el pasado.

El pueblo colombiano consiguió con ellos el reconocimiento de las clases en el poder, de que la violencia y la represión no podían seguir siendo el mecanismo de conducción del país. Allí se contemplaron innumerables garantías para que eso fuera posible. Instrumentos de investigación y sanción por los crímenes contra la dirigencia popular, política y social. Lo que nos correspondía entonces era exigir su cumplimiento y trabajar con las masas para conseguirlo.

Por eso no deja de sorprender la desafortunada interpretación de algunos, según la cual, en primer término, la firma de unos acuerdos en los que se pactó la dejación de armas, no podía interpretarse sino como una traición de los alzados. Según ese parecer, la guerra, sus miles de víctimas, el despojo que se encubría con ella, la represión generalizada, la imposibilidad de expansión de las fuerzas democráticas, siempre serán un mejor escenario que el posibilitado tras la firma.

Más grave aún, que ante la paquidérmica disposición del gobierno a cumplir literalmente lo pactado, la actitud no sea la de denunciar, enfrentar y exigir del Estado el cumplimiento de lo que firmó solemnemente, sino una labor de difamación total de lo acordado, un llamado al desánimo, a la desmoralización y la derrota, con el recurso oportunista de afirmar yo lo había dicho, yo lo había previsto, que los llena de presunción y termina por aislarlos de las grandes masas.

Nos resulta necesario reconocer que los enemigos de la paz y la justicia social, se han empeñado en pervertir la intención y el contenido de lo acordado en La Habana. Que en gran medida han logrado hacer calar en la mente de millones de compatriotas unas ideas falsas de lo pactado y sus implicaciones. Los vimos en gran medida conseguir su propósito en el plebiscito del 2 de octubre de 2016, y lo vimos de nuevo triunfar en las últimas elecciones a la Presidencia.

Ello nos advierte de que las armas de nuestros adversarios no son exclusivamente las de fuego. También son las de la propaganda, la propagación de la mentira, la utilización de los prejuicios, la manipulación de las informaciones. Por eso considero oportuno señalar la urgente necesidad de expandir nuestras tareas de información, de difusión, de pedagogía, de comunicación eficaz. Buena parte de los colombianos no conoce los acuerdos, su profundidad y significado.

Situación que se encargan de agravar los que estando supuestamente de este lado, se suman al ataque contra los mismos. Igual que quienes apuestan siempre que Colombia perderá. Mientras buena parte de colombianos piense que los Acuerdos son una suma de privilegios para los ex guerrilleros, a quienes además el gobierno se encargó de incumplirles por ingenuos, será imposible conseguir que se movilicen en su defensa. La gente tiene que hacer suyos esos Acuerdos.

Necesitamos que los conozcan, que comprendan que están hechos para ellos, que salgan a defenderlos en todos los escenarios. Algo de ello pudimos ver reflejado en los resultados electorales que sumaron ocho millones de votos por Petro. Un avance impresionante de las fuerzas revolucionarias, democráticas y progresistas en nuestro país, que nos alienta a creer en la certeza del camino emprendido, a la vez que en la urgencia de trabajar por ampliar lo hecho.

Desde luego que no faltan los pregoneros del desastre, los que corren a afirmar que esa es una masa amorfa, desorganizada, espontánea y voluble, sin la menor importancia práctica frente al fascismo que se nos viene encima. De lo que se trata, por el contrario, es de ponerse al lado de esa masa, de trabajar por hacerla cada vez más consciente y organizada, por enriquecerla con mayores contingentes de colombianas y colombianos a los que debemos sumar.

Una cosa es que el Centro Democrático sueñe con corregir, como dice eufemísticamente Duque, los Acuerdos de La Habana, una cosa es que aspire a desmontar lo alcanzado por el pueblo de Colombia tras muchas décadas de lucha, una cosa es que apueste a impedir el florecimiento de las fuerzas del cambio y la justicia en nuestro país, y otra cosa es que los que levantamos esas banderas nos dejemos arrinconar, nos dejemos golpear, nos dejemos vencer.

Nuestra consigna siempre ha sido la lucha, hemos jurado vencer y venceremos. Contra todo lo que se nos ponga por delante. Somos un colectivo, un pueblo dispuesto a avanzar y ganar, por encima de las dificultades y las deserciones. Necesitamos afinar el entendimiento, aguzar nuestro talento, aprender a actuar con verdadero espíritu dialéctico. Enfrentamos a un enemigo poderoso que nunca pudo vencernos por la fuerza de sus armas, tampoco podrá hacerlo si contamos con masas.

Pero también tenemos que ser profundamente objetivos. Reconocer que los tiempos actuales son los de la lucha por la democracia y la justicia social en un contexto continental y mundial adverso. Eso no significa volverse socialdemócrata, pues esta posición no apunta sus miras más allá del sistema del capital, en tanto nosotros aspiramos a su destrucción para edificar sobre sus ruinas al socialismo. Otra cosa es examinar con frialdad hasta dónde pueden realizarse los sueños hoy.

Aún seguimos sufriendo las consecuencias de la caída del socialismo real. El capitalismo neoliberal se impuso en el mundo entero, convirtiéndose en una camisa de fuerza para los pueblos y sus aspiraciones de libertad. El imperialismo norteamericano se constituyó con él en una potencia hegemónica, convencida de su derecho a aplastar a cualquier pueblo en cualquier lugar. La emergencia económica de China, basada en una lógica neoliberal, ha sido su mayor obstáculo.

De igual modo Rusia, si bien no alcanza el grado de desarrollo de China, ha conseguido posicionarse como una potencia mundial que despierta resquemores en los Estados Unidos y Europa, hasta el punto de que quizás no sea exagerado afirmar que el multilateralismo que apareció en el horizonte mundial con la presencia de esos dos nuevos colosos, es el principal objeto de los ataques de los norteamericanos hoy, en una pugna fanática por desplazarlos de sus posiciones.

Por lo mismo pienso que no sería tan aventurado asegurar, que buena parte los conflictos que se producen en todas partes del mundo hoy, guardan alguna relación con esa pugna entre la hegemonía norteamericana y las emergencias rusa y china. Estas dos últimas potencias entraron a América Latina de la mano de Venezuela y de algún modo apoyaron el proyecto bolivariano. La pretensión de destruir esta esperanza también tiene que ver con eso.

La derecha auspiciada y patrocinada desde Washington y su reaccionario gobierno actual, pugna por retomar a su dominio pleno del pasado en nuestro continente. El hecho de haber recuperado el gobierno en diversos países no ha significado el aplastamiento de los pueblos que continúan enfrentándose a ella. La revolución bolivariana se sostiene pese a todo mientras Nicaragua soporta una agresión similar. Nada está definido, son tiempos de lucha y a ellos debemos adaptarnos.

En eso Cuba y su revolución siguen siendo un formidable ejemplo. Es cierto que padecen de serios problemas económicos, que su desarrollo social se encuentra congelado a la espera de que comiencen a surtir efectos las reformas aprobadas. Ni los cubanos ni nadie pueden negar las tremendas dificultades que atraviesan, pero se mantienen firmes, convencidos de que un revolucionario solo será derrotado cuando él mismo se lo crea.

Así debemos pensar nosotros. Hasta la victoria siempre, muchas gracias.


 

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