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Publicado en la categoría: Desbrozando Ideas

Carta de una guerrillera que no conoció el Acuerdo de Paz

Escrito por  Teofilo González
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"Daniela fue una joven guerrillera que murió en combate sin alcanzar a ver el Acuerdo de Paz. Regó con su sangre la tierra donde germinará la nueva Colombia. El cambio hacía la paz es un deber con Daniela y las víctimas, es un compromiso ético y moral"


Carta de una guerrillera de la Compañía Alfredo González de las FARC – EP

Por Teófilo González

Mis padres, Vicente Roncancio y Marabel Sánchez, de Planadas, Tolima, me vieron nacer en un ranchito de su finquita en la vereda La Hacienda del Corregimiento de Gaitania, Municipio Planadas, departamento del Tolima.

Mi madre no pudo asistir a un hospital para tener a su bebé por situaciones económicas y en una forma muy humilde el partero fue mi propio padre. Un 12 de mayo mi madre siente los dolores de parto y con los pocos aprontes se alista para traer a este mundo una nueva vida.

Ella y él, campesinos muy valientes, asumen la situación… y a las ocho de la noche brota de su vientre una niña que al respirar el aire, por primera vez, llora. No entiende a que mundo ha llegado y no sabe si su llanto es de alegría o tristeza, pero ve a sus padres muy alegres al saber que la nueva criatura es una preciosa mujer.

Vi por primera vez sonreír a mis padres y soy la niña más afortunada del mundo. También le he multiplicado el cariño que le dan a mi único hermanito, que ya tiene dos años de edad, ahora somos la pareja que alegra la casa, como decían mis padres.

El tiempo va pasando, muy humilde a pesar de la pobreza, mi familia me trae muñecas, peluches y me van enseñando a ser ama de casa: dizque debo aprender todo el trabajo de un hogar para que cuando sea grande no vaya a sufrir al momento de casarme, pero el tiempo sigue y no da espera, me voy haciendo señorita y ninguno de los trabajos de la casa me gustan, en cambio me divierto montando a caballo, rodeando el ganado y ordeñando, de vez en cuando acompaño a mi padre a los trabajos de cercos y limpia de potreros. Para mí no existen las palabras “ama de casa”, eso de ser esclava de un hombre, encerrada en una casa, cuidando sus hijos y laborado 15 horas diarias sin descanso, sin derecho a reivindicarse y luchar por lo nuestro, por nuestra libertad, no va conmigo. Tenemos derecho a ser libres de pensamiento y que se nos respete.

Nuestra casita es muy frecuentada por guerrilleros y guerrilleras que son muy amables y ayudan al campesino, los veo como a mi propia familia, ellos nos cuentan sobre la lucha revolucionaria política y armada de guerrillas, de las alegrías y sufrimientos en esa vida que no es nada fácil, pero sobre todo… hay una guerra sin cuartel en el Sur del Tolima, desde nuestra finquita se escuchan los ametrallamientos y bombas de los aviones como queriendo desaparecer a los muchachos y muchachas que les hacen resistencia, hombres y mujeres se ven muy tranquilos y con mucha moral en el combate, eso contagia a la juventud que admiramos y queremos ser como ellos.

Cumplí mis quince años de edad y he decidido ingresar a la guerrilla de las FARC, pero el problema es que mis padres no van a estar de acuerdo, entonces tomo la decisión y sin dar aviso a nadie de la familia, alisto algo de ropita y salgo camino abajo hasta llegar al pueblito San Miguel, donde sé que están los guerrilleros preparándose para enfrentar al enemigo, que viene con la mentalidad de exterminar a los hombres y mujeres que hacen resistencia.

Al llegar al campamento pido ingreso al Comandante, él me conoce desde niña y es muy amigo de mis padres, me da una charla explicándome lo duro que es ser guerrillera, que antes de ingresar debe llamar a mis padres y que delante de ellos tome la decisión de ser una insurgente alzada en armas, ¡es lo que menos quería!, pero esas son las normas y se deben respetar y cumplir.

Al día siguiente llegó mi madre y desde lejos vi que no estaba muy contenta, pero la juventud es atrevida y mi decisión no podía dar paso atrás. Al dialogar con mi madre, siento su voz entrecortada, su alma está triste y dolida por la decisión de su hija, ella habla con el Comandante y se la recomienda: que no vaya al combate hasta que no esté preparada y que si ella desiste, que la deje regresar a su casa. Me da la bendición y me desea lo mejor en la vida guerrillera.

Al mes me enviaron a un curso básico político militar; Arles Briñez es el Comandante de la Compañía en curso, es estricto, nos dice que “el entrenamiento debe ser más duro que la propia guerra, para que la guerra sea un descanso”, y así es, a veces se nos amanece marchando con equipo a la espalda y en el día seguir los estudios y entrenamientos militares, vi hombres y mujeres rendidos en el orden cerrado y abierto (ejercicios de gimnasia y paradas militares) varios de ellos no pasaron la prueba y debieron regresar a sus casas. Dos meses y medio duró la instrucción y ya somos combatientes aptos para enfrentar la guerra que a los pobres nos imponen los ricos.

A los pocos días nos tocaron los primeros enfrentamientos con el Ejército sobre los filos de Barranquilla, El Mirador, El Rocío, La Unión, San Miguel y así sucesivamente hasta llegar a la vereda La Hacienda donde vive mi familia, en cada combate con el enemigo se siente el rigor de la guerra, el olor a pólvora que seca la garanta y da mucha sed. Vi a compañeros heridos y muertos por las balas enemigas; los que en poco tiempo se curaban, iban de nuevo al campo de batalla. Los muertos son recibidos por sus familias y amigos que les dan digna sepultura, el dolor es grande y nuestras almas se arrugan, pero hoy muere un campesino insurgente, mañana ingresan dos.

Mi madre especialmente atenta en cada combate, rogando a Dios que yo esté bien. La población civil que nos rodea, es la mejor trinchera y montaña que nos cuida, sin ambos no habría guerrilla en Colombia y desde que existan las causas que hicieron que naciera la lucha armada seguirán apareciendo hombres y mujeres que continuarán la lucha política y armada, ojalá cambiaran las circunstancias para alcanzar nuestro objetivo por otros medios.

Estamos en el año 2009, ordenan salir a una comisión al mando de Robinson González a mover una economía que hay sobre el río San Miguel, parte alta de la montaña, salimos del río Guayabos por la parte alta de la montaña cruzando por los ríos Caño Salado, Guayabitos, hasta llegar al sitio ordenado por los mandos superiores y luego de un descanso de dos días procedemos a mover cinco toneladas de economía (remesa).

Por la tarde la avanzada (es un comando de guerrilleros que se ubica en determinado punto que tenga buena vista dominando un flanco) alerta de la presencia del Ejército que viene subiendo camino arriba. El mando ordena atrincherarnos, mientras otros instalan minas explosivas para evitar el avance del enemigo.

Estamos organizándonos en el terreno cuando suenan los primeros tiros y no hay tiempo de minar con explosivos el terreno, nos tocó enfrentar el combate, suenan ráfagas de fusilería, ametralladoras y gritos de los soldados para atemorizar a los guerrilleros y guerrilleras que están en la pelea. A la media hora la batalla es muy intensa y al lado mío han caído muertos Mónica y José, yo estoy herida con un tiro en la pierna izquierda que no me deja caminar, mi munición se está agotando y no hay forma de abastecerme.

Los demás compañeros se han retirado y no saben de la situación en la que me encuentro, tampoco pueden auxiliarme por la intensidad del combate, veo a mis compañeros muertos y por instantes pienso que también voy a morir al lado de ellos, pienso en mi familia, mis compañeros de armas, en la población civil que nos apoya y que reza y ora para que estemos bien, pero ha llegado el momento de partir.

De repente aparecen cuatro soldados profesionales que me encañonan y gritan que me rinda y que no haga ningún movimiento porque me matan, en esos momentos soy indefensa, estoy desarmada y mi pierna sangra a chorros, me siento en el aire y creo que mi adrenalina está funcionando a mil en mi cuerpo, solo sé que voy a morir.

A uno de los soldados se le ven los ojos rojos del efecto de la marihuana y enfurecido, con la trompetilla de su fusil me hurga la herida haciéndome gritar del dolor, saca una puñaleta y con ella me rasga la blusa, los pantalones y entre los cuatro soldados abusan sexualmente de mí hasta que pierdo el sentido. A lo lejos escucho varios disparos de fusil con los que me han quitado la vida, ahora estoy en otro estado de la materia, veo mi cuerpo ultrajado, asesinado y unos hombres enloquecidos de felicidad por tener un trofeo de guerra que les dará medallas, vacaciones y algunos pesos, son los resultados con que este régimen mide sus victorias.

A una hora de camino, en la parte de abajo, está mi mamá desesperada por lo que me pueda estar pasando: ella sabe que estoy en la comisión de Robinson González y que la pelea es con nosotros, la angustia e incertidumbre reinan en las comunidades y en nuestras familias.

El ruido de los helicópteros desespera más a mi familia. Se sabe que han asesinado, luego de capturarlos, a varios combatientes de las FARC, pero no saben quiénes son. Por la tarde le llega la noticia a mi mamá: he fracasado en el combate de La Hacienda. Inmediatamente debe viajar a Planadas, Tolima, a verificar los muertos que han llevado al hospital. En su desespero ordena que le traigan su caballo, lo ensillan y monta de prisa hasta llegar al pueblo de San Miguel, donde coge carro a Planadas Tolima. En el viaje se imagina lo peor, trata de llorar y no puede, la angustia se apodera del cuerpo de mi madre, pero debe sacar fuerzas de donde no tiene para soportar la peor noticia de su vida, es su hija, por ella daría todo, hasta su propia vida.

Al entrar por la puerta principal del Hospital se le acercan dos soldados, uno de ellos la coge del cabello y la jala hacia atrás, “viene a ver a su hija, esa hp ya está muerta”. Mi mamá lo maldice y jura que algún día tiene que haber justicia contra este Ejército invasor, mi mamá sigue hasta entrar al cuarto donde estamos los tres cadáveres, me reconoce, ve mi ropa rasgada y las huellas de tortura, llora a lagrima viva, no puede creer lo que está viendo, pero es la triste realidad. Sale del cuarto y a la entrada hay varios soldados sonrientes, chocan las manos y hacen gestos de victoria.

Con el alma rota, el corazón destrozado, debe ir a dos cuadras a la Octava Brigada Móvil a reclamar mi cadáver. En la pista de aterrizaje se ven varios helicópteros que salen y otros que llegan, el ruido es ensordecedor y el movimiento de soldados hace que se sienta el aire de la guerra, como en las películas, pero es la realidad, que le arrebató a su niña. Al llegar a la oficina del Coronel, pide que le entreguen el cadáver de su hija y le responden que debe ir a Neiva, Huila, a reclamarlo, porque se los llevan en helicóptero para la Novena Brigada y no dan más explicación. Su cabeza da vueltas y se confunde en medio de tanta ignominia, duele ver como un régimen apátrida se mofa de las madres colombianas que convierte a sus hijos en trofeos de guerra. Son los hijos de los pobres que mueren en la guerra, son el pueblito que da su vida, su sangre mientras que otros gozan de privilegios favorecidos por sus propias leyes.  

Ahora es más grande la angustia de mi madre, debe organizar algo de dinero y salir a la capital del Huila por el cadáver de su hija. Sin dudarlo se sube a un bus y viaja al rescate de mi cadáver, al día siguiente llega al mismísimo infierno, son 40 grados centígrados de temperatura en la ciudad, todo el día corriendo de oficina en oficina y después de inmensos papeleos le entregan a mi madre mi cuerpo. Veo a mi madre agotada, hoy no ha comido lo suficiente para tener fuerzas y soportar el dolor de la partida de su hija, pero como ella son todas las madres del mundo, son las que dan la vida y brindan amor a sus hijos sin ninguna condición.

Una funeraria viaja a Gaitania donde nos esperan mi familia y miles de amigos y amigas para darnos el último adiós, son siete horas en carro. Al llegar a Gaitania, Tolima, está mi padre, mis hermanos, hermanas, que al ver a mi madre y la caja donde me llevan no soportan el llanto, el carro es rodeado de centenares de personas solidarias con mi familia, se ven las lágrimas en algunos amigos y amigas, el dolor es de pueblo, la sangre derramada es campesina y somos una sola familia, un solo pueblo, un solo sentimiento de patria, un solo grito de libertad.

Les doy mis agradecimientos a todas las comunidades de las veredas que llegaron desde muy lejos a darme la despedida, por la solidaridad a mi familia, por la firmeza que han demostrado junto a mis demás compañeras y compañeros y al Camarada Pablo Catatumbo que está en la Habana Cuba, que no nos olvide, ni a mi persona, ni a mi familia, ya que a la hora de caer en combate era parte de su guardia, igual que mi persona, somos miles las mujeres combatientes que hemos dado lo más preciado que es la vida por un país mejor, no nos pueden olvidar, tampoco a nuestras familias que reclaman justicia y que sean reconocidas como víctimas de este conflicto que nunca quisimos.

Un abrazo combativo de libertad y hasta siempre: Daniela González de la Compañía Alfredo González de la Guardia del Comandante Alfonso Cano.


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