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DIALOGOS DE PAZ   -   MUJERES    EnglishPortuguesItaliano
Publicado en la categoría: La Pluma de Gabriel Angel
Lunes, 23 Enero 2012 14:02

A propósito de diálogos y cambios

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Es evidente que la paz, además de sitiada por peligrosos enemigos, se encuentra embrollada por completo en cuanto a su definición y abanderados.


Por Gabriel Ángel

La más elemental definición de paz, sin vueltas que la enreden, es la ausencia de guerra, la tranquilidad y quietud pública. Creo que pocos se opondrían a admitir esta noción. En cambio, cuando la concebimos como sinónimo de reconciliación, de regreso a la concordia donde antes hubo turbación, comienzan a aparecer las dificultades. En este caso la idea de la paz parte de la realidad de la confrontación y no de un idílico mundo en armonía.

Lo ideal sería asimilar la paz como la conquista de un estado o situación en la que no quepa la apelación a las armas como método para la solución de diferencias. Absurdo sería pretender la desaparición de estas, la paz tendría que ser edificada sobre el supuesto de que existen posiciones ideológicas y políticas distintas, y que de lo que se trata es de establecer un régimen que permita su confrontación permanente sin el recurso a la violencia.

En otras palabras, la paz, si queremos que deje de parecer una entelequia inalcanzable, en términos prácticos, realistas, sin accesorios que la difuminen, debe ser comprendida como el necesario respeto y las suficientes garantías para el ejercicio de la actividad política a todos sus actores, en particular a los de oposición. Y dentro de ellos, a los hoy alzados en armas. De no ser así, estaríamos hablando  lenguajes paralelos que jamás lograrán encontrarse.

Seguramente que aquí se bajarían del tren de la voluntad de paz todos aquellos que se niegan a reconocer nuestra condición de organización política. Son una pesada camada, o al menos cuentan con poderosa influencia en los medios, que les abren sus páginas, micrófonos o cámaras para que repitan un millón de veces que hace años perdimos nuestras concepciones, que no somos más que vulgares narcotraficantes y terroristas. 

Es obvio que con este sector jamás podrá conseguirse la paz. Los enriquece la guerra. Estratos e individuos que sólo nos conciben como cucarachas a las que aplastar. Del mismo modo que miran a cualquier persona o grupo que se atraviese en el tranquilo discurrir de sus negocios. Los colombianos tenemos el deber de arrinconarlos y ponerlos en su sitio. Son fáciles de reconocer, toda esa corrupta ralea que ocupó puesto de primera fila en el gobierno Uribe.

Si aislamos al fundamentalismo que insiste en escalar la confrontación con el argumento de que no se puede perder el esfuerzo de cincuenta años, habrá que abordar la discusión acerca del régimen político vigente. Puesto que retomará toda su importancia el discurso de la contraparte, según el cual el hecho de reconocernos estatus ideológico y político, resulta suficiente para que aceptemos así, sin más, fundirnos en su aparato institucional.

Es el obstáculo más complicado. Y lo representa precisamente el gobierno Santos, que dice querer la paz. De acuerdo con él la paz ya existe, sólo que nosotros y una ridícula  porción de colombianos nos negamos a verla. El paramilitarismo desapareció, las fuerzas militares y de policía son ejemplos de gendarmería cívica, la miseria y la pobreza se trocaron por prosperidad, un exguerrillero y revolucionario es alcalde en Bogotá. Y otro, Vicepresidente.

Incluso existen mecanismos jurídicos suficientes para facilitar el desarme, la desmovilización y la reincorporación al juego democrático. No hay ninguna razón para estar alzado en armas. Posiblemente en un remoto pasado la hubo, pero ya no. Palabras más, palabras menos, esta posición de paz deriva inevitablemente en una nueva declaración de guerra. O aceptamos que la realidad es esa, o vamos a ser exterminados como insectos repugnantes.

Es obvio que nosotros, y una porción de colombianos mucho más significativa que lo que Santos imagina, diferimos por completo de esas visiones. Lo cual vuelve a poner de presente el asunto del derecho a pensar distinto, a opinar distinto, a divulgar ideas distintas, cuya ausencia real es la verdadera causa de la confrontación armada. El crimen y la persecución política en nuestro país continúan al orden del día. Y ellos representan la violencia brutal del Estado, que debe terminar. Que los medios la quieran hacer invisible, es otro tema.

Las garantías para el ejercicio pleno de la actividad política pasan en primer término por la apertura de los espacios mediáticos. Que se difunda la situación de la otra Colombia, que se posibilite la expresión libre de propuestas económicas y políticas alternas a los planes oficiales. Que se dé espacio a la voz de la insurgencia en la radio, la televisión, la prensa escrita y el internet. Que cesen la censura, la calumnia y la difamación permanentes contra nosotros. 

Eso implica la previa garantía para nuestras vidas y movimientos por toda la geografía nacional. Que sean desmontadas las bandas criminales al servicio del régimen, que policías, soldados y organismos de inteligencia y seguridad cesen su hostilidad contra la movilización política y social de la población. Anular de inmediato las órdenes de captura, los montajes judiciales y la oferta de recompensas por la cabeza de los mandos guerrilleros.

Todo lo cual mueve a un remezón institucional. Con la Constitución y las leyes vigentes eso no va a ser posible. Ahí está la verdadera clave del problema. Los marcos constitucionales y legales en Colombia están configurados para sostener una situación de guerra, de conflicto permanente. No son encuadramientos democráticos para llevar pacíficamente las diferencias, sino previsiones estrictas para conducir las operaciones militares a buen éxito.

O aplaudimos la verdad oficial, o seremos objetivo del nuevo incremento del pie de fuerza militar y policial, del aumento del presupuesto de guerra, de la ley que canoniza el fuero de impunidad, de las nuevas prisiones que se construyen en serie por todo el país. De los sicarios oficiales. Si no nos sumamos al coro de aplausos es porque somos enemigos de la paz… Pese a lo que crean, esa Colombia no va más. Se acabó. Está exigiendo el diálogo. Y cambios. Que se olviden de su rendición, está dispuesta a demostrarlo. 

23 de enero de 2012

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