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Publicado en la categoría: La Pluma de Gabriel Angel
Lunes, 28 Noviembre 2016 11:15

Crónica de una semana histórica

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Firma Final del Acuerdo de la Esperanza. Teatro Colón - Foto: Boris Guevara Firma Final del Acuerdo de la Esperanza. Teatro Colón - Foto: Boris Guevara

Ocho días después de salir de La Habana es muy probable que algunos de los nuestros deban regresar a ella para asistir al sepelio del Comandante en Jefe.


Ha sido tan agitada la semana última que sólo me atrevería a compararla con los días más difíciles de la guerra, cuando los bombardeos y desembarcos de la tropa enemiga hacían correr desesperadamente las horas, y los días se sucedían tan rápidamente que uno no alcanzaba a retener en el recuerdo de modo ordenado las incidencias que se sobrevenían una tras otra. Hace ocho días nos hallábamos en La Habana y todo se ha sucedido con prisa desbocada.

Se había dicho que la firma del Acuerdo Final estaba pendiente y que sería en los siguientes días, aunque no se sabía con exactitud. Quizás ocho o diez después, el gobierno no parecía muy preocupado por eso. De pronto se supo que al volver el Presidente del exterior había expresado su afán por firmar cuanto antes el documento. Y de acuerdo con la notificación sería en Bogotá el martes siguiente, es decir, el 22 de noviembre, apenas dos días después.

Hubo que hacer maletas con urgencia. Había molestia con la delegación con el gobierno. Por su parquedad en cuanto al acto y su preparación. Por su silencio frente a la arremetida que estaban sufriendo dirigentes y activistas populares en diferentes zonas del país, por el desalojo violento del campamento por la paz en la Plaza de Bolívar. Señales nada estimulantes para ambiente de garantías que debía acompañar la suscripción de un acuerdo definitivo de paz.

El vuelo partió a las 10 y 15 minutos del Lunes 21. Nos informaron que estaríamos en Barranquilla en tres horas y media y así fue. Luego fueron hora y cuarenta minutos hasta Bogotá. El doctor Jaime Avendaño, de la Presidencia, y la UNIPEP, Unidad Policial para la Edificación de la Paz, nos recibieron afablemente en el aeropuerto El Dorado. Los mandos de la Policía procedieron a indicarnos de manera formal y tranquila las instrucciones de rigor para la seguridad.

Hasta aquí nos acompañaron las personalidades garantes, es decir los delegados de los gobiernos de Noruega, Cuba y Colombia, además de los representantes de la Cruz Roja Internacional. Exceptuando a los nacionales, los demás se vieron obligados a los trámites de inmigración. Los funcionarios sonreían a los guerrilleros y cuando por confusión le fue solicitado a alguno el pasaporte, de inmediato brotaron las excusas de rigor, qué pena con usted, señor.

Quizás seamos los únicos colombianos que ingresan al país sin el lleno de ningún requisito. Pronto nos hallamos en los vehículos que nos trasladan al lugar de alojamiento. Vuelvo a ver la calle 26, larga, recta y atestada de vehículos. Nos precede un grupo de motocicletas policiales, al tiempo que otras escoltan la caravana a los lados. Las ventanillas deben ir cubiertas por las cortinas, pero aprovechamos para mirar por entre ellas las edificaciones y la gente en los andenes.

A la entrada del lugar hay retenes policiales impidiendo el paso a vehículos y personas. Nosotros pasamos de largo y entramos al parqueadero de la casa. Se trata de un centro de encuentros religiosos, San Pedro Claver, un sitio muy bonito y acogedor. Allí nos esperan los miembros del Secretariado que ya se hallaban en Bogotá y varios de los integrantes farianos del grupo de monitoreo y verificación que desde hace un tiempo se encuentra en la capital.

El internet de los cuartos entra como un cañón. En el parqueadero los miembros del Secretariado se habían hecho varias fotos con la pared como fondo. En cuanto me acomodo en la alcoba asignada y me conecto a la red, me sorprendo al ver en la página de entrada de Caracol Radio la fotografía que hacía apenas unos minutos antes se habían hecho los jefes. Se lo comento a Timo y sonríe. Toda la prensa registra la llegada de Timoshenko para la firma del Acuerdo Definitivo.

Aunque hay incertidumbres. Saliendo de La Habana nos enteramos de que la firma del Acuerdo había sido aplazada para el jueves 24. Pronto leemos el registro de una declaración del Presidente donde niega que se haya definido fecha y lugar para la firma. Las noticias dicen que el Centro Democrático y los del No se hallan reunidos con el gobierno para formular sus reparos. Terminada esa reunión, informan que ellos piden reunirse con las FARC para tratar el tema.

La posición en las FARC es clara, el Acuerdo Final es definitivo y ya está firmado desde el 12 de noviembre. Llevamos cinco años de discusiones con el gobierno de Colombia, no se ve por qué haya que revisar lo pactado con opositores que en todo tiempo se negaron a participar en las conversaciones. Sobre todo si sus inquietudes ya fueron recogidas y discutidas de nuevo. Al día siguiente habrá reunión con los delegados del gobierno. Algo deberá salir en claro.

Bogotá es fría, pero chévere, decían las calcomanías adheridas a los vehículos en mis tiempos de estudiante. En esa época había buses del transporte urbano y las avenidas no sólo eran menos sino más estrechas. A todos nos golpea el tremendo frío de la capital, es comprensible, viajamos de La Habana. Vuelvo a sentir opresión en el pecho y dificultad para respirar el aire helado. Había olvidado lo que significaba meterse a una cama con sábanas refrigeradas. 

La atención en la casa es excelente. En lo fundamental nos entendemos con la madre Torcoroma y una hermana sencilla y sonriente. De vez en cuando tropezamos con algún sacerdote. Hay una recepcionista, Camila, laica, que se esmera por satisfacer con diligencia la menor de nuestras inquietudes. Un grupo de mujeres se encarga de los servicios de alimentación y aseo. No pueden ser más ágiles y amables. Se trata de empleadas de uniforme, de notoria condición humilde.

El dispositivo de seguridad es evidente. Automóviles blindados con escoltas para acompañar cualquier salida del lugar. Nos dicen que aparte de la UNIPEP, de uniforme caqui y verde, hay personal de la Unidad Nacional de Protección. Resulta inevitable el trato con ellos, así como sumamente grata la relación que vamos entablando. Respiramos calor humano, respeto y buena disposición. La enemistad de ayer se transforma rápidamente en fraternidad.

Somos varios los que contamos con familia en Bogotá, con la que por razones comprensibles no hemos sostenido contacto durante muchos años. La oportunidad para establecerlo es envidiable. La Policía Nacional nos colabora para los respectivos traslados a diversos rincones de la capital. He vuelto a abrazar a mamá, que a sus 83 años recién padece de Alzheimer. Está viejita, pero es muy linda y sus ojos le brillan con incomparable felicidad al abrazarme y besarme. 

De ella y de mi hermana sesentona, muy bella aún también, escucho con disimulado dolor el relato de la muerte de papá, once años atrás. La Negra que me acompaña se enternece viendo las fotografías de la familia tomadas más de treinta años atrás. Sonríe complacida al ver las fotos de mi infancia y juventud. Felicita a mamá por su aspecto. Observo los cuadros con las fotografías de mis viejos cuando jóvenes y hermosos, me cuesta trabajo contener las lágrimas.

En La Habana conocí que había vuelto a ser abuelo. Mi hija menor había alumbrado en Bogotá un niño unas semanas atrás y deliraba porque yo pudiera conocerlo. Para el parto y cuidados posteriores había convidado a su mamá, desde la costa. Apenas saliendo del sitio de hospedaje les avisé que caería por allá. Su sorpresa fue tanta como la dicha compartida. Almuerzo especial y brindis emocionados. Pocas horas para tanta angustia contenida, pero algo es algo.

Encontré también algunos de mis hermanos. Curiosamente todos mayores que yo, pero con muy buen aspecto. Escucho sus historias de vida, sus matrimonios, divorcios y nuevas uniones. Sus hijos profesionales o estudiantes incluso en el extranjero. Una sobrina a la que conocí muy niña, sufrió un cáncer que al fin pudo superar. Es profesional con varias especializaciones. Pero no consigue trabajo, su hoja de vida médica la condena a la indigencia, así es la ley.

Entre una visita y otra se dan también las exploraciones libres por el internet. Y las comidas diarias en el restaurante de la Casa de Encuentros. Una verdadera delicia por la naturaleza de los platos y su sazón. Comida colombiana y bogotana con sabor de hogar. Huevos revueltos, changua, caldo de costilla o carne guisada con arepa al desayuno, se turnan con la bandeja paisa, el ajiaco o la sobrebarriga del almuerzo o la cena. Muchísimos años sin comer así, un sueño.

Pero la política sigue siendo la nota dominante. Veo a Timo supremamente preocupado. Se suponía que habíamos viajado para la firma del Acuerdo Final del 12 noviembre, ya publicado oficialmente por decisión de ambas partes. Pero los delegados del gobierno, que discuten con los nuestros en una sala de la Casa, han traído unas propuestas extrañas. Aseguran que hay que cambiar parte de lo relacionado con los militares, por supuesta presión de ellos.

El debate se complica. El propio gobierno, que había emitido declaraciones públicas en el sentido de que el Acuerdo firmado días atrás en La Habana era definitivo, ahora se contradecía. Exigía modificaciones puntuales, sobre la base de presionar con el inminente acto público, ya anunciado para el jueves 24 a las once de la mañana en el Teatro Colón. Los asesores jurídicos de las FARC se desgastan demostrando la inconveniencia para los militares de lo sugerido ahora. 

Resulta innegable el aroma a chantaje de último momento. Lo más fácil es pensar que se trata de las influencias ejercidas por los personeros del No sobre un importante sector de los agentes estatales. Pero es que también hay otros de ellos, incluso dentro de la prisión,  que comulgan más con la fórmula pactada que con la planteada a último momento.  Que se preocupan por la suerte final a la que pueden quedar condenados con los cambios. El pulso es duro.

Además había algo sobre la cadena de mando, que si se aceptaba tal y como lo planteaban, podía perjudicar también a los combatientes de las FARC. El tiempo corría y la hora y fecha para el acto público colgaba sobre nuestra delegación como una espada de Damocles. Al final, sobre el límite del tiempo, hubo que ceder y pactar una solución desesperada. Las FARC pusieron de presente que si bien firmarían algunos cambios, expresarían públicamente su inconformidad.

Por otra parte se aceptó la integración de una comisión que paralelamente se ocupara de la preparación del acto público. Por fortuna se había vivido de antemano la experiencia de Cartagena y de entrada se procuró que no se repitieran los inconvenientes de ese día. Todo se coordinó sin problemas. Los del gobierno propusieron el grupo musical, lo del himno y la canción que sería interpretada. No hubo objeción. Se acordaron 10 minutos para cada discurso.

Las expectativas de uno y otro con la lista de invitados tuvieron también su frustración. Partiendo de un cupo de 800, inicialmente se pensó que cada parte elaborara una lista de 350. Pero luego vendría a imponerse una realidad abrumadora. Si asistían el Congreso en pleno y las Cortes, además del cuerpo diplomático, mandos militares y delegaciones obligatorias como las de los países garantes y acompañantes y otras, apurado quedarían cien cupos, 50 por cada parte.

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Así que hubo que reducir las listas de modo radical. Para las FARC resultó sumamente difícil elegir entre tanta gente que apoyó los diálogos y luchó en las calles por la obtención de un acuerdo satisfactorio. Nadie iba a querer quedarse por fuera. En compensación, las organizaciones y personalidades amigas de la paz resolvieron organizar a toda prisa un coctel con todos los que no podrían asistir, a ofrecerse en la misma noche del acto. Una salida salomónica.

Por su parte los delegados de las FARC tenían que resolver a su vez sus propios problemas logísticos. Al acto debía asistirse en traje formal y en consecuencia había que adquirirlo. Al fin y al cabo se trataba del Teatro Colón de Bogotá. Buena parte de quienes estuvieron presentes en Cartagena no podían lucir en la capital la misma vestimenta. Y las muchachas querían también mandarse arreglar el cabello y las uñas. Hubo que solucionar todo a las carreras.

Para entonces la prensa tenía conocimiento exacto de la localización de la delegación de las FARC. En los puestos de policía que bloqueaban las entradas a la Casa de Encuentros a prudente distancia, pagaban guardia también periodistas con cámaras y micrófonos preparados para la aparición de algún miembro de la guerrilla. Comenzaban a escucharse rumores acerca de la inconformidad de algunos vecinos. Y alguna crónica especulaba sobre nuestra vida allí.

El desplazamiento hacia el Teatro Colón se produjo sin ningún contratiempo. Anduvimos largo trecho por la carrera 30, hasta la avenida Eldorado, donde tomamos el sentido oriente. Me fue grato volver a ver el estadio El Campín, donde cuarenta años atrás vivaba con mis amigos al Independiente Santa Fe, y la Universidad Nacional, en donde estudié siete años para obtener mi título de abogado. El Colón está arriba del San Bartolomé, donde me gradué de bachiller.

Quién iba a imaginar entonces que nos veríamos envueltos con el tiempo en estas vueltas. Que iríamos a recorrer las mismas calles a objeto de formalizar un acuerdo de paz que pondría fin a un conflicto de más de medio siglo. Recordaba muy bien haber caminado con mis libros bajo el brazo cada una de las pequeñas callejuelas por las que ingresamos al parqueadero del Colón. Muy cerca habían caído asesinados Rafael Uribe Uribe y Jorge Eliécer Gaitán. Esto también era historia.

Esperamos una hora larga en una sala grande del sexto piso, tipo camerino, con espejos a lo largo de las paredes y sillas que no alcanzaban a dar abasto para todos. Había buenos pasabocas para la espera. Café, aromáticas, Coca Cola, frutas, jugos, galletas. Temprano en la mañana había encontrado a Timo en el jardín interior de la Casa de Encuentros, fumándose un cigarrillo y comentando risueño que había que aprovechar porque debía pasar luego varias horas sin fumar.

Tenía razón. Sólo hasta mucho después de terminado el acto, al esperar en el salón adjunto al parqueadero del Teatro, hubo oportunidad de salir un rato al aire libre para fumar tranquilamente. Sobre el acto en sí es poco lo que habría para comentar. De hecho la prensa se refirió ampliamente a él, con fotografías, videos, columnas de opinión y crónicas de todo tipo. En realidad no vimos nada distinto a lo que los medios presentaron.

Nos volvió a suceder igual que en Cartagena. Mientras el Presidente emplea ayudas de lectura a diestra y siniestra, en el Colón eran cuatro, y por eso habla con la soltura de quien improvisa con ingenio, a Timo le tocó otra vez leer su intervención de hojas de papel. Con una pobrísima iluminación sobre el atril y con varias luces sobre su rostro, que obviamente lo encandilaban al dar cara al público. Pese a uno que otro tropezón, su serenidad le permitió salir de nuevo avante.

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La firma protocolaria se realiza en un ejemplar del Acuerdo, pero luego del acto, como pasó en Cartagena, los delegados de las partes, esta vez ya no sólo el Presidente y el Jefe de las FARC, sino todos los voceros oficiales, deben firmar seis ejemplares más. Eso retarda la salida e implica una larga espera en el salón adjunto al parqueadero. Por eso allí se encuentran las dos delegaciones con sus acompañantes y muchos de los invitados.

Buena ocasión para intercambiar saludos e impresiones. A Timo le llama especialmente la atención la felicitación del general Mora, quien con hidalguía elogia su buen discurso. Es la oportunidad para las fotografías. Muchos quieren retratarse en sus celulares con los protagonistas del día. El Presidente no está allí, pero los doctores De La Calle, Jaramillo y demás sí. Hasta los músicos se retratan con todos ellos. Y con Timo y los nuestros, por supuesto.

Las FARC plantean la posibilidad de pasar unos instantes por la plaza de Bolívar, para saludar y agradecer a todos aquellos manifestantes que han apoyado esta larga proeza por la paz. La seguridad no se opone, pero pone de presente que aquello implica un reto para ellos, que sin duda envolverá enormes dificultades y riesgos. Solicitan comprensión e indulgencia. Se los atiende. En la Casa es firmado un último ejemplar del Acuerdo que quedó pendiente.

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Algo después de las seis de la tarde se produce nuevamente la salida de la caravana, esta vez destino al Edificio Tequendama, en el centro internacional de la ciudad. Allí, en el piso 34, en el Club de Ejecutivos, está previsto el coctel a partir de las siete de la noche. La ocasión resulta emocionante. Por primera vez las FARC tenemos oportunidad de abrazarnos con tanta gente demócrata y de izquierda que ha luchado por la paz durante largos años.

Muchos rostros que hasta entonces sólo habíamos conocido en los medios están allí presentes y ofreciéndonos su sonrisa de satisfacción. Representantes de infinidad de organizaciones y movimientos sociales y políticos estrechan nuestras manos en señal de felicidad. ¿Quién iba a imaginar que algún día sería posible esto?, comenta la mayoría al abrazarnos por lo conseguido. Las FARC estamos en Bogotá, ahí, rodeados de pueblo y gente de lucha, bienvenidos.

Permanecemos cerca de dos horas en el recinto, abrumados por el calor humano que rápidamente reemplaza la frialdad de la noche capitalina. Están presentes algunos familiares de guerrilleros vivos o muertos, de líderes sindicales y campesinos asesinados, de gentes desplazadas violentamente por paramilitares o agentes oficiales. Hay la oportunidad de conocer personalmente a muchos de los protagonistas de las redes sociales.

Un reconocido grupo musical de comunistas anima la velada con canciones sociales y de rebeldía. Suenan vivas, a las FARC, a la paz, al pueblo colombiano. Muy pronto es solicitada la presencia de Timo en la tarima, tiene que hablarle a todos, expresarles su pensamiento y sus agradecimientos. Retumban los aplausos y las voces de aliento. Del mismo modo cuando toma la palabra Victoria Sandino, guerrillera reconocida como dirigente feminista y de la lucha de género.

Departimos en uno y otro grupo con sus integrantes. Es extraordinario el afecto que recibimos en cada uno de ellos. De uno y otro bolsillo saltan los celulares para hacerse fotografías con nosotros. Creo que el record se lo llevan Timo e Iván Márquez, la gente hace colas para retratarse a su lado. Uno no puede evitar pensar en lo que oíamos de parte del gobierno al comienzo del proceso, que en Colombia todos nos odiaban, nadie nos quería. Siempre supimos que no era cierto.

En la mañana del viernes somos notificados de que a las 2 y 30 de la tarde debemos tener todo nuestro equipaje listo para partir. Nos mudamos de sede de alojamiento. Ignoramos la razón precisa, pero es natural pensar que obedece a una recomendación del equipo de seguridad. A todos nos parece justo, el patio jardín de la Casa de Encuentros puede ser observado desde las ventanas y terrazas del vecindario. Cualquiera puede vernos cuando salimos allí.

Las delegaciones del gobierno y las FARC celebraron su última reunión en esta Casa durante toda la mañana e incluso hasta algo avanzada la tarde. Son muchas las cosas que hay que definir con miras a la refrendación e implementación del Acuerdo Definitivo. Me llama la atención observar a uno de los miembros de la UNIPEP cuando se hace una selfie con el Comandante de las FARC. Éste sale luego a una entrevista con la prensa internacional. Algo debemos significar.

De todos los medios llaman en busca de una entrevista con Timo. Reconocidos periodistas procuran la mediación de sus conocidos entre la delegación de las FARC para conseguir su propósito. Algunos consiguen su objetivo, pero será luego de instalarse en el nuevo hospedaje. Las religiosas, empleadas y funcionarios de la Casa de Encuentro nos despiden conmovidos. Otra gente desde ventanas vecinas agita su mano amigable en señal de despedida.

La nueva vivienda también es de carácter religioso. De arquitectura muy distinta a la primera, con cierto toque de modernidad. En su interior tiene un patio enorme sembrado de un prado verdísimo que con solo verlo despierta esperanza. A su alrededor hay pinos y jardines florecidos con rosas rojas y variopintas, dalias, margaritas, pensamientos y manojos de otras flores cuyo nombre desconozco, pero que me recuerdan las plantas que sembraba mamá en mi infancia.

Aquí resulta imposible cerrar la calle de la entrada. Es muy traficada y además vía de acceso a otros centros importantes de distinta naturaleza. El resto del día se nos va en instalarnos en las cómodas y acogedoras habitaciones. Una gigante marquesina transparente cubre el sector oriental de la vivienda, en el que somos hospedados, y permite el ingreso a una bella luminosidad que resalta aún más con las paredes pintadas de blanco inmaculado. 

Por estar más pegada a los cerros orientales de la capital, en los cuales se distinguen bosques tupidos que nos recuerdan los días de la selva, el frío que ronda la edificación es muy superior al de la Casa de Encuentros. Casi resulta obligatorio permanecer con la chaqueta puesta. Pero eso lo compensa ampliamente el cariño y la humildad del personal de servicio, otra vez mujeres sencillas de uniforme provenientes de los barrios del sur, siempre atentas y sonrientes.

Al despertar en la mañana del sábado recibimos una noticia dolorosa. La noche anterior ha muerto en La Habana Fidel, el Jefe, como lo llaman con orgullo y admiración la totalidad de cubanos con los que hemos tratado en la isla. La corroboramos con el video en el que el Presidente Raúl Castro da cuenta del hecho al pueblo de Cuba y al mundo entero. Quedamos estupefactos. Ha partido el más grande, de eso no cabe duda, y cómo nos parte el alma que haya muerto.

Nací en noviembre de 1958, en plena efervescencia de la revolución cubana. La vida me ayudó a comprender que nadie escapa al entorno del mundo al que llega. El impacto universal de la llegada de Fidel y los suyos al poder habría de marcar para siempre a mi generación. Timoleón Jiménez, Pastor Alape y muchos otros mandos de las FARC tienen la misma edad que yo. Desde luego que sería absurdo creer que el año en que se nace es la única causa de nuestro destino.

Pero es innegable que el poder de las fuerzas sociales envuelve infinidad de factores, y que como la explosión de grandiosas fuerzas naturales logra alcanzar y arrastrar consigo lugares y comunidades que se creyeron siempre inaccesibles. El que crea que la obra de Fidel Castro y el Movimiento 26 de julio consistió en un fenómeno exclusivamente cubano, se equivoca tanto como el que considera que la revolución francesa sólo afectó a la nación gala.

El socialismo, como aspiración económica, política, social y cultural de la humanidad tiene una larga historia de luchas en todas partes del mundo. En Cuba volvió a dar señales de fortaleza y renovación, justo en el momento en que en la URSS, China y otros países comunistas comenzaba a dar muestras de estancamiento. Los barbudos de la Sierra Maestra se tornaron en íconos en todo el orbe porque de modo original inyectaron nuevas energías a la causa revolucionaria.

Y sólo un ignorante puede negar el extraordinario papel que en esa tarea jugó en todo momento Fidel. Por su talento, su tacto, su personalidad, su carisma. Nunca un hombre supo expresar tan fielmente las aspiraciones más hondas de su pueblo, hasta el punto de hacer de esa fusión una marea inatajable. Quienes amargamente califican a Fidel como dictador, pasan por alto la sincera veneración, el amor a toda prueba que la inmensa mayoría de cubanos profesa hacia él.

Con profundo pesar me dirijo a mi aposento tras haberme empapado más de la noticia. Paso por la puerta del que ocupa Timo y quiero comentar el hecho con él. Lo hallo de frente a su portátil y dándome la espalda. Cuando lo saludo me responde con un monosílabo, sin volver la cara hacia mí, y por su tono de voz entiendo que no es el momento para hablarle. Me retiro en silencio. Yo también estoy a punto de llorar y prefiero más bien estar solo.

Paso el día pegado a las redes sociales. La conmoción global producida por la muerte de Fidel, pese a que por su edad y estado todo el mundo presentía que ocurriría en cualquier momento, es la mejor prueba de la grandeza acumulada en vida por él gracias a sus ideas y a su inmensurable fuerza moral. Cuba podrá ser vista como una nación pobre desde el punto de vista de los índices de desarrollo capitalistas, pero humana y socialmente es el mejor ejemplo del orbe.

Sólo quiero destacar un hecho pues no es este el lugar para ocuparme de la defensa de Fidel y la revolución, que entre otras cosas no requieren defensa alguna. En la última Asamblea General de la ONU, exceptuando a los Estados Unidos e Israel, que por primera vez se abstuvieron, todos los gobiernos del mundo condenaron el bloqueo estadounidense a Cuba en una muestra de solidaridad histórica. Cincuenta años antes pensaban muy diferente. La diferencia es Fidel.

Una semana después de salir de La Habana es muy probable que algunos de los nuestros deban regresar a ella para asistir al sepelio del Comandante en Jefe. Modestamente me gustaría ser uno de ellos. Frente al Memorial José Martí, del otro lado de la emblemática Plaza de la Revolución, las imágenes del Che Guevara y Camilo Cienfuegos contemplarán la más grande movilización inspirada por Fidel en la historia de Cuba, su desfile final al Paraíso que ganó de sobra.

La Habana, 28 de noviembre de 2016.


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