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Publicado en la categoría: La Pluma de Gabriel Angel
Viernes, 19 Febrero 2016 14:42

El crimen atroz de las FARC en Conejo

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Carece por completo de fundamento el escándalo. Ahí no hay proselitismo armado, si acaso un proselitismo por el desarme y el fin de la guerra.


Sorprende la actitud precipitada del gobierno de Juan Manuel Santos tomada en la tarde de ayer, tras conocerse de la presencia de guerrilleros de las FARC-EP en el corregimiento de Conejo, en el municipio de Fonseca, Guajira. De acuerdo con el comunicado oficial, no sólo se dispuso que se organizara el regreso inmediato de los voceros de las FARC a La Habana, sino que se ordenó la suspensión de visitas semejantes programadas con anterioridad por la Mesa de Conversaciones.

Desde luego que la avalancha mediática es enorme. Los grandes medios de comunicación parecen haberse puesto de acuerdo con los personeros de la extrema derecha para escandalizar en torno a un supuesto proselitismo armado de la guerrilla, intolerable según los voceros gubernamentales, el cual, según su punto de vista, viola los protocolos acordados para ese tipo de viajes, a los que asisten garantes y delegados internacionales.

Y digo que sorprende, porque en realidad no es la primera vez que ocurre. Han sido varios los viajes de delegados de las FARC-EP a Colombia y la propia experiencia ha impuesto que se presenten en ellos contactos con comunidades. Nuestros delegados viajan a reunirse con guerrilleros en puntos previamente acordados de la geografía rural colombiana, a fin de realizar una labor pedagógica sobre los acuerdos, y en dichos lugares siempre hay campesinos.

Nadie que vaya o haya ido a conversar alguna vez con algún comandante guerrillero puede evitar el contacto con la población civil que lo rodea. Ahora bien, tratándose de este tipo de asuntos, cuando los voceros de las FARC-EP en la Mesa de Conversaciones de La Habana, a los que la gente ve a diario por la televisión y la prensa, arriban a un lejano rincón del país, para reunirse con sus subordinados, resulta absolutamente lógico que los civiles de la región salgan a su encuentro.

Que quieran verlos, tocarlos, escuchar su versión sobre lo que ocurre en los diálogos, preguntarles sobre el contenido de los acuerdos, empaparse de manera directa  sobre el futuro del proceso. Así que antes de pasar a reunirse con sus subordinados, los mandos guerrilleros corresponden a las inquietudes de la población y realizan algún tipo de diálogo o conferencia con los civiles que los han esperado. Para darles a conocer del proceso y alentarlos a apoyar la paz para Colombia.

Para dichas visitas, sin que exista cese bilateral de fuegos, ambas partes en la Mesa se ponen de acuerdo en el sitio donde van a tener lugar los encuentros y las condiciones mínimas de seguridad, que incluyen un cese de acciones militares tanto por parte de la guerrilla como por parte de las fuerzas armadas oficiales. Las unidades guerrilleras tienen que trasladarse al lugar, algunas incluso con apoyo oficial. No se trata de espectáculos imprevistos.

La comunidad del lugar escogido, hasta por las previsiones logísticas que deben tomarse para recibir helicópteros y personalidades extranjeras, necesariamente se entera con antelación de lo que va a ocurrir en su territorio. Y se siente estimulada, entre otras cosas porque quizás va a ser la primera y quizás única ocasión en que va a ser anfitriona de una delegación tan importante. Nada de extraño tiene que preparen el lugar para el recibimiento, ni que le sumen el folclor.

Porque así somos los colombianos. ¿Quién no se siente orgulloso de que su humilde caserío y sus vecinos salgan por la televisión o la prensa, o sean objeto de atención mundial por al menos unas cuantas horas en sus vidas? Allí van también delegados por parte del gobierno nacional. La idea que queda fija en la mente de un espectador, es la de la reconciliación, la imagen de gobierno, guerrilla y comunidad internacional reunidos trabajando por construir la paz.

Después de todo cabe preguntarse, ¿cuál es el objetivo principal de la Mesa de La Habana, sino el de llegar a un Acuerdo Final que termine siendo refrendado por el pueblo colombiano? Cualquiera que tenga un mínimo interés por la paz y la reconciliación en Colombia, debe partir del criterio de que es necesario que los habitantes de la ciudad y el campo conozcan bien los desarrollos del proceso. Si ni siquiera se permiten actos breves y sencillos como esos, ¿qué quieren entonces?

Es apenas lógico que los guerrilleros que esperan a sus mandos porten sus fusiles. No existe un cese el fuego bilateral, pero es que no son ellos los protagonistas del espontáneo encuentro. Los personajes centrales son los delegados guerrilleros, gubernamentales e internacionales que visitan la zona. A los guerrilleros los conocen y tratan los campesinos desde hace muchas décadas. A los que quieren escuchar son a los que llegan de La Habana a hablar del fin de la guerra.

Y de eso se trata todo el asunto. Bien lo dijo Octavio Paz, el escándalo es el disfraz del pregonero de la hipocresía. Quienes no han hecho otra cosa que atacar las conversaciones y acuerdos desde su mismo comienzo, quieren hacer de una pulga un elefante, y conferirle el carácter de crimen atroz a un hecho que visto en sus reales dimensiones es apenas justo y explicable. Lo que sorprende realmente es que lo haga el propio gobierno de Juan Manuel Santos.

Eso sí que enciende todas las alarmas. Porque el mismo gobierno que abrió las conversaciones, las ha sostenido y aspira a culminarlas con una refrendación en las urnas, aparece ahora condenando que las FARC expliquen a dos centenares de campesinos el curso de las conversaciones y los acuerdos de La Habana. Y eso resulta preocupante, no sólo porque va a contracorriente de su propio discurso, sino por las verdaderas motivaciones que puede tener detrás.

Tenemos la obligación primera de convencer a nuestros guerrilleros de las bondades de la terminación del conflicto. Y nos satisface verlos sumarse emocionados al regocijo de la población campesina, porque la paz se acerca por fin tras cincuenta años de confrontación armada. Carece por completo de fundamento el escándalo armado y la posición oficial adoptada. Ahí no hay proselitismo armado, si acaso un proselitismo necesario por el desarme y el fin de la guerra.

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