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Publicado en la categoría: La Pluma de Gabriel Angel
Martes, 16 Abril 2013 14:41

El modelo de Estado y la obsesión por la guerra

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La Policía de Milán, que asustada disparó sus armas indiscriminadamente, causó heridas a tres civiles, entre ellos un niño de ocho años.

El paramilitarismo continúa siendo un grave flagelo para los pobladores del norte del Chocó. En municipios como Unguía y Acandí opera una fuerza, que, según los pobladores de la zona, alcanza el número de 600 hombres armados, ni una sola vez combatidos por las fuerzas militares o de policía, y que más bien opera al unísono con ellas. En localidades como Carmen del Darién, Riosucio o Bellavista, la gente es sometida al control conjunto del paramilitarismo, la Policía, la Armada y el Ejército, que desaparecen y asesinan a cuanto campesino sindican de colaborar con las guerrillas, sin que las autoridades civiles hagan el menor pronunciamiento al respecto. 

La presencia de las estructuras paramilitares obedece a la producción y tráfico de cocaína hacia Centroamérica, y pone de presente el alto grado de complicidad y corrupción que identifica a los mandos de las fuerzas armadas oficiales, sin cuya colaboración sería imposible el control de la actividad. Del mismo modo, los habitantes, pese a tanta difamación y propaganda negra difundida por el régimen, siguen encontrando en las FARC-EP su única y efectiva protección. Por ello no es casual que al tiempo que amparan y cohabitan con el paramilitarismo, las fuerzas militares y de policía tengan desatado un intenso accionar contra las FARC en el noroeste del país.

La Policía Nacional dedica enormes recursos a la ubicación de mandos guerrilleros a fin de ejecutarlos, bien sea por ella misma u otros agentes. Así, por ejemplo, tras una sucia celada acribillaron recientemente a Gabriel Zavala en el nordeste antioqueño. A comienzos de año, la fuerza aérea demolió a bombas la ubicación de Jacobo Arango hasta lograr su muerte, mientras que en lo que va corrido del año ha desatado repetidos bombardeos en persecución de Rubín Morro, otro legendario comandante guerrillero de Urabá que ha logrado sobrevivir una y otra vez. 

En realidad, toda esa actividad hace parte del modelo de Estado que concibe y procura perfeccionar el gobierno de Juan Manuel Santos. Al lado de la actividad militar y paramilitar del noroeste del país, con su jugoso negocio de la coca, florecen la salvaje y brutal deforestación de las reservas madereras del Chocó y la locomotora mortal que pretende entregar a las compañías transnacionales el saqueo del oro y demás minerales estratégicos. De donde queda claro que el modelo se alimenta de la guerra, la necesita para pacificar y controlar de modo absoluto la población de las regiones ricas en los recursos que serán feriados en el mercado internacional.

Es por eso que al proyecto antipatriótico de Santos le ha emergido uno contrario, que apunta a consolidar la unidad de todos los colombianos que aspiramos a fundar un país soberano, justo, democrático y pacífico, basado en la solución política del conflicto armado que vive el país. La marcha del 9 de abril puso de presente que muchísima gente en Colombia sueña con una situación muy distinta a la planteada por la oligarquía colombiana. Un torrente incontenible de pueblo marchando por la paz, exigiendo la paz y condenando la guerra, significa a la vez un rechazo abierto al modelo de país que quieren imponernos a sangre y fuego desde las alturas. 

La tesis de Santos, según la cual  la Mesa de Diálogos es una especie de espejo que refleja automáticamente los acontecimientos militares de la confrontación, revela su convicción íntima acerca de que la profundización de la guerra garantizará la rendición de las FARC en la Mesa. A contrapelo de la historia y de los hechos más recientes, afirmar ante sus generales que las FARC estamos sentados a la Mesa es gracias a ellos, como lo hizo recientemente en Larandia, evidencia su extraña ceguera ante la realidad. Las FARC no fuimos quienes dimos origen al largo conflicto colombiano, ni quienes hemos roto los distintos procesos de paz iniciados en el pasado.

Las experiencias de búsqueda de solución política al conflicto siempre han tenido origen en un fuerte clamor nacional en ese sentido, y está visto que es este quien fortalece y blinda cualquier proceso de las artimañas de sus enemigos. Aseguran los analistas que el gran perdedor con la marcha del 9 de abril fue el señor Uribe, quien de manera enfermiza ha buscado alinear a la opinión nacional del lado de la guerra y los odios, quedando cada vez más aislado y distante. El gran anhelo de los colombianos es la paz, lo cual se vio reflejado en su reclamo por la firma de un cese el fuego bilateral entre las partes. 

Insistir, como lo hace el Presidente ante el alto mando, en que hay que combatir a las FARC, en que se requieren con urgencia resultados en sangre para exhibir en la Mesa, no puede producir otra cosa distinta que un escalamiento mayor del conflicto. Así ha sido siempre y así sigue siendo hoy. En días pasados, un general daba parte al país de que en el área rural del municipio de Puerto Rico, en el Meta, habían sido dados de baja cinco terroristas de la Columna Teófilo Forero del Bloque Sur de las FARC. Pero se lamentaba de que en los combates hubieran sido asesinados dos héroes de la patria.

Una curiosa manera de ver las cosas. Ellos, los defensores de saqueo neoliberal de las riquezas del país y de la despiadada explotación de la mano de obra colombiana, los cómplices del paramilitarismo y el narcotráfico, se agrupan cuidadosamente del lado de los buenos. Mientras tanto, los opositores al modelo, los que combaten su brutalidad e injusticia, pertenecen todos al campo de los terroristas, ni siquiera alcanzan la condición de seres humanos.

Mientras esa sea la concepción que anime los gobiernos, la paz será imposible en Colombia. También este mes de abril las FARC asestamos golpes contundentes. El día 4 fue asaltada la base militar de las Torres en Corinto, Cauca, en donde perecieron cinco militares y ocho más resultaron heridos. Al mismo tiempo se hostigó una compañía acantonada en Guatemala, área rural de Miranda, y un pelotón ubicado en La Chivera, en Corinto. Tres fusiles Galil y un cañón de ametralladora, además de abundante parque y otros materiales de guerra, pasaron de las manos del Ejército a las del Sexto Frente de las FARC-EP. 

El día 6, tras el asalto a la patrulla del batallón Güepí en la subestación eléctrica de San Antonio de Getuchá, en Milán, Caquetá, las unidades del Bloque Sur se hicieron a una ametralladora, un mortero, un lanzagranadas y dos fusiles Galil, además de parque y demás material de guerra, causando la muerte a ocho militares y heridas a otros catorce. La Policía de Milán, que asustada disparó sus armas indiscriminadamente, causó heridas a tres civiles, entre ellos un niño de ocho años, apresurándose luego a atribuir la responsabilidad a las FARC. ¿Es que no se ven los efectos nefastos de la lógica estatal? 

Montañas de Colombia, 16 de abril de 2013.

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