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Publicado en la categoría: La Pluma de Gabriel Angel
Sábado, 09 Septiembre 2017 17:35

El Negro Antonio y los demás también deben ser liberados

Escrito por  Gabriel Ángel
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Algún juez de ejecución de penas se atrevió a alegar que no podía aplicársele la amnistía porque no estaba acreditada su pertenencia a las FARC.


De acuerdo con la última circular informativa emanada de las dirección de FARC en torno a la situación de nuestros camaradas prisioneros de guerra en las cárceles del Estado, nos enteramos de son 3.015 los privados de la libertad acreditados por la Oficina del Alto Comisionado de Paz, de los cuales 2.272 han recuperado la libertad en forma efectiva.

Entendemos que en la puja con los jueces de ejecución de penas encargados de aplicar ley y decretos de amnistía promulgados desde hace más de ocho meses, sospechosamente proclives a invocar los pretextos más rebuscados para negar la libertad de los nuestros, el gobierno nacional en su afán de cumplir con lo pactado en el Acuerdo Final, apeló a la figura de designar como gestores de paz a 709 de ellos a fin de precipitar su libertad condicional.

Pese a ello sólo 203 han sido excarcelados, en dura brega contra la suma de subterfugios invocados por los jueces competentes. El gobierno al parecer insistirá en este trámite, designando otros 320 gestores de paz, buscando que todos los acreditados puedan recuperar al fin su libertad. Es increíble, pero parece que en este país ni el Presidente logra hacer aplicar ciertas leyes.

A ese oscuro laberinto de enredos judiciales se agregan 446 nombres que estarían pendientes de la acreditación por parte de la Oficina del Alto Comisionado de Paz, más la definición de 369 casos en los que el gobierno presenta observaciones y sobre las cuales deben pronunciarse las FARC a la menor brevedad. Es probable que ya lo hayan hecho cuando salga esta nota.

Mientras tanto conmueve el drama de las y los excombatientes que permanecen entre rejas. Conocen al pie de la letra lo que se firmó sobre su liberación en el Acuerdo Final, se saben de memoria los textos de la ley de amnistía y sus decretos reglamentarios, han visto salir de la cárcel a muchos de sus compañeros, por eso les resulta incomprensible que su libertad no llegue.

Uno de ellos, sin duda simbólico, es el Negro Antonio. Un moreno alto, grueso, con rostro amable y risueño, a quien conocí en los tiempos de los diálogos del Caguán. Para entonces se había labrado un nombre en Cundinamarca, en donde ejercía como segundo al mando del Frente 42, cuyo comandante era Giovanni, a quien los guerrilleros llamaban Chuspas.

El Mono había ordenado su traslado a la zona rural de San Vicente del Caguán, para llegar a la cual se había visto obligado a realizar las más increíbles maromas, puesto que no podía abordar ningún avión. No era fácil el desplazamiento desde el área general de Villeta hasta las selvas del Yarí, con incontables órdenes de captura en su contra y con un aspecto tan reconocible.

Allá lo vi siempre de lejos, puesto que no tenía muchas razones para relacionarme con él. Yo hacía parte de la comisión temática en la mesa de diálogos que funcionaba en Los Pozos y él cumplía sus propias tareas. Sin embargo, al observarlo en las obligadas reuniones diarias de mandos que citaba el Mono cada madrugada, me decía que su imagen no correspondía con la difundida por la prensa.

En ella, como pasaba con Romaña y otros cuadros del Bloque Oriental, el Negro Antonio era presentando como uno de los peores bandidos que asolaba Cundinamarca. Le adjudicaban quizás cuántos secuestros y crímenes. Pero bastaba con observar su personalidad, respetuosa, tímida y sonriente para comprender de inmediato que se trataba de un hombre bueno en exceso.

Pude corroborarlo cuando a mediados del año 2002 fue nombrado como tercero al mando del Frente 40, que operaba en los municipios de Mesetas y Uribe, en el Meta. Para entonces se habían roto los diálogos del Caguán y varios de quienes habíamos integrado el equipo de las conversaciones nos encontrábamos allí, Simón Trinidad, Andrés París, Julián Conrado entre otros.

Tratándolo ya de cerca me percaté de su extraordinaria sencillez. Obedecía sin objeción alguna a Darío y a Diego Suárez, sus inmediatos superiores, y carecía de las menores ínfulas en cualquier sentido. Se trataba de un soldado de la revolución, dispuesto a cumplir cualquier tarea que le fuera asignada, sin reclamar reconocimientos ni escalón alguno en el mando.

Pasaron algunos años antes de que volviera a encontrarlo. A mediados del 2006 el Mono tomó la decisión de enviarme de nuevo al Frente 40. Para entonces Darío permanecía la mayor parte del tiempo con el camarada Manuel, y Diego había salido a tratamiento médico por problemas de salud. El Negro Antonio hacía las veces de reemplazante del Frente.

Para entonces el Mono había emprendido un cruce entre el alto Guayabero y la serranía de la Macarena, pasándose clandestinamente con su enorme columna por entre las selvas del Guayabero y el Duda, que hacían parte del territorio del Frente 40. El Ejército detectó aquel cruce y una noche, tras el bombardeo previo, desembarcó centenares de unidades cerca a nosotros.

Se trataba de varias brigadas móviles que ya no encontraron su objetivo, pero que en el peinado general que hicieron para buscarlo nos pusieron a nosotros en una situación bien difícil. En la convergencia de los ríos Duda y Guayabero existe un parque natural llamado Tinigua, allí, guiados por Antonio, jugamos con la tropa al gato y el ratón durante un par de meses.

Esas brigadas móviles asaltaron varias veces distintas unidades guerrilleras. Se movían en la más absoluta clandestinidad, divididas en tres patrullas de más de 200 hombres, que marchaban paralelas y una distancia promedio de 150 metros, para maniobrar y envolver a cualquier unidad guerrillera que las enfrentara. También se emboscaban en absoluto silencio en medio de la selva.

Perdimos un buen número de guerrilleros en aquella resistencia. Jamás olvidaré el olfato del Negro Antonio para intuir la presencia enemiga y evadirla a tiempo, señalando en cada caso la dirección más conveniente. Cuando escuchábamos las sonoras balaceras a escasa distancia de nosotros, sabíamos que algunos de nuestros hombres habían chocado con la tropa.

Marchamos a toda prisa en ocasiones, como la vez que cruzamos desde la llamada Punta al río Guayabero, haciendo un poco más de veinte kilómetros en menos de cuatro horas, por la carretera que había construido el 40 en medio de la selva. Otras lo hicimos con cuidadosa cautela, atravesando el Tinigua en sentido inverso, hallando a cada paso los trillos de las patrullas.

Oíamos con atención los helicópteros que movían tropa de un lado a otro y que llegaban tras los combates a llevar muertos y heridos. En La Julia permanecían los Arpías encendidos las 24 horas del día, listos para que en cualquier momento sus tripulaciones los abordaran y volaran en minutos a lugar donde se desarrollaba cualquier enfrentamiento.

En medio de aquel infierno conocí de la calidad humana del Negro Antonio, de su constante preocupación por el estado de la gente bajo su mando, y de su solidaridad sin límites con el personal de otras unidades que sufría las consecuencias de aquella operación. También de su apoyo a la población civil que resultaba agredida por la tropa.

Pasé varios meses a su lado después de aquella operación, por lo que tuve la oportunidad de ver a Antonio obrando en escenarios distintos al de la guerra propiamente dicha. Su fidelidad a la causa revolucionaria estaba fuera de duda. Sabía conducir su unidad y ganar el afecto de los suyos. Las comunidades daban fe de su preocupación por su bienestar.

Poco después volvió a recogerme El Mono. Un tiempo después supe que en la reorganización necesaria de las distintas unidades por motivo de la guerra, Antonio había sido enviado como reemplazante de Gaitán al Frente Antonio Nariño. Del calor asfixiante del cañón del río Duda pasaba al páramo de Sumapaz. Sabía que el Negro cumpliría sin rechistar.

Pese a que ya no fuera propiamente un  hombre joven, debía rondar los 60, si no tenía más. Y a que su salud no fuera la mejor para esos fríos y alturas. Me contaron que en aquel amanecer fatídico en que el Ejercito asaltó al Frente Antonio Nariño en febrero de 2009, Antonio logró salir con unas pocas unidades, marchando por entre los impresionantes riscos del páramo.

Fatigado por el trajín de aquellas cuestas, había entregado su fusil a uno de sus acompañantes. En algún recodo estaba la tropa emboscada que lo capturó finalmente. Nadie, ni siquiera sus peores enemigos, se atreverían a afirmar que no era un guerrillero de las FARC, que cayó prisionero en medio de una operación militar del Ejército colombiano.

Pese a ello tuvo la sorpresa de enterarse de que algún juez de ejecución de penas alegó que no podía aplicársele la amnistía porque no estaba acreditada su pertenencia a las FARC. Y luego, cada vez que creyó que por fin sería ordenada su libertad, ha aparecido alguna resolución judicial que lo desencanta. Nuevos procesos judiciales en una y otra parte.

Como aquellos que lo sindican de hacer parte del Frente 43, en la región del Ariari, en 2008, justo cuando andaba con Gaitán por el páramo de Sumapaz. Todo el mundo en las FARC, y me atrevo a decir que en la inteligencia militar, sabe muy bien que el Negro Antonio jamás puso un pie en esa región. Pero otra cosa alegan los jueces empeñados en impedir que se cumpla la ley.

Su nombre de pila es Bernardo Mosquera Machado, su TD carcelario es 31331 y su cédula 4.527.433. Encabeza la lista de los 54 prisioneros de las FARC recluidos aún en la cárcel de alta seguridad de Cómbita. De allí han visto salir a 153 de los suyos, sin comprender por qué no sucede igual con ellos. Piden solidaridad, exigen su libertad, fue lo que se acordó en La Habana.


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