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Publicado en la categoría: La Pluma de Gabriel Angel
Jueves, 14 Agosto 2014 15:50

El Primo, y el cielo que se ganó en África

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Entonces todos, blancos y negros, se abalanzaron sobre él, lo abrazaron, lo alzaron en sus fuertes brazos como si fuera un bebé, lo llamaban papá, mi papá.


Hace unos días estuvo en Egipto el canciller venezolano Elías Jaua, en plan de acordar con el gobierno de ese país, los mecanismos para hacer posible la materialización de la solidaridad de la revolución bolivariana con Palestina. Fue así como quedó establecido un puente aéreo para que por intermedio del gobierno de El Cairo pudiera llegar a Gaza la ayuda de Venezuela.

Aparte de ese gesto de hermandad, que por cierto no ha tenido el gobierno de Colombia, identificado más bien con las razones de Israel, el gobierno de Nicolás Maduro ofreció trasladar a Venezuela, en donde ya organizaron todo lo necesario para ello, a cuanto niño o niña huérfanos, heridos o necesitados de ayuda fuera necesario, a fin de atender debidamente a su cuidado.

Entiendo que la idea es ayudarlos a crecer y estudiar para regresar después a Palestina, o mientras algún matrimonio de palestinos ofrece adoptarlos y hacerse cargo de ellos. No se trata de extraerlos para siempre de su pueblo y su cultura, sino de ayudarlos humanamente en estas horas tan difíciles. Un bello y noble gesto, digno de reconocimiento y aplauso.

Que recuerda aquellas parábolas de Jesús en el Nuevo Testamento. Haz el bien y no mires a quien, el buen samaritano y demás. Precisamente ese gesto me trae a la mente este relato que escuché una vez, de alguien que lo oyó de otro, y que por modificado que haya sido al pasar de boca en boca, no deja de conmover y aleccionar.

Cierto funcionario de la Cancillería cubana se hallaba de paso por Windhoek, capital de Namibia, y se vio obligado a esperar un día el vuelo de regreso a su país. Cuando pensaba en el modo de distraer las largas horas de espera, alguien le propuso que podía aprovechar la ocasión para visitar al Primo. Se trataba de un viejo cubano que vivía allí y al que alegraría con su visita.

Aunque el funcionario no tenía idea de quién podría tratarse, aceptó gustoso. Un cubano siempre tendría historias gratas que contar. Ya en casa del Primo, un veterano de la guerra en Angola y por tanto un excepcional testigo de aquella epopeya inmortal que tanto agradecen en África, tras conversar sobre muchos temas, quiso conocer la razón de su residencia allí.

La historia era como de novela. Durante la guerra, sirviendo en las tropas cubanas que combatían y entregaban su vida por la libertad de Angola y el fin del apartheid, el Primo fue estremecido por el drama de tanto niño huérfano y abandonado que merodeaba por las fronteras con Namibia y Suráfrica. Así que decidió hacer por su propia cuenta algo por ellos.

No sé si creó las condiciones o las tenía por cuestión de su responsabilidad, aunque no se trataba de ningún mando importante, pero lo cierto fue que se dedicó a practicar la generosidad con ellos. Comenzó a recoger los que podía, en una especie de hogar de paso que improvisó. Allí los hospedaba, los alimentaba, los bañaba, procuraba educarlos y hacerles grata la vida.

Pronto empezó a ser visto por ellos como un padre bondadoso que les proporcionaba, hasta donde le era posible, el afecto y el cuidado desinteresados de los que la guerra, con su brutalidad, los había privado. Bueno, sobrevino la histórica batalla de Cuito Canavale, el fin del apartheid, la independencia de Namibia y el regreso a Cuba de las tropas internacionalistas.

Y con ellas el Primo, quien por suerte había logrado sobrevivir. Aparte de combatir, había hecho su buena obra personal. Aquellos niños también habían regresado a sus lugares de origen. Y, curiosamente, no todos habían sido negros. La guerra había afectado por igual a negros y blancos, al fin y al cabo no todos los blancos eran ricos. El Primo no volvió a saber de ellos.

Pasaron muchos años, quince, veinte, un montón en todo caso. El Primo vivía como cualquier otro cubano en la isla. Para entonces Cuba sostenía relaciones de intensa amistad con África, ninguno de cuyos países olvidaba el desprendimiento del pueblo cubano, que había derramado allá su propia sangre por causa de la independencia y la dignidad de sus naciones.

Un buen día llegó de visita oficial a La Habana el Presidente de Namibia, Sam Nujoma, quien al igual que Nelson Mandela y otros líderes de ese continente, profesaba por Cuba, por su revolución y Fidel, no sólo un inmenso sentimiento de gratitud, sino de sincera hermandad y cariño. Tras los actos protocolarios y diplomáticos de la visita, procedió a pedirle a Fidel un favor personal.

Sucedía que en su país existía un grupo de empresarios y funcionarios del alto gobierno, que le había suplicado transmitir al gobierno de Cuba una solicitud privada. Querían conocer sobre la vida del Primo, qué había sido de él, cómo se encontraba, y, de ser posible, verlo. Tal vez el propio Fidel lograra localizarlo y enviarlo a Namibia. Ellos se harían cargo de todo.

Aquellos empresarios y altos funcionarios del gobierno habían hecho parte del grupo de niños protegidos por el Primo, y desde hacía un tiempo atrás venían insistiendo ante su Presidente para que lo llevara a Namibia. Al conocer Fidel aquella historia, de la que no tenía la menor idea, se tomó la tarea de averiguar de inmediato por él y conseguirlo como fuera.

Los únicos datos eran su apodo y los años y lugares en que había servido. Los servicios de seguridad cubanos recibieron la orden de indagar por él, ubicarlo y traerlo a la casa de gobierno. Eso se lo contó el Primo esa tarde al funcionario que lo visitaba. De pronto se le presentaron en su casa de Santa Clara, con el pedido amable de acompañarlos sin dilación ante el Jefe.

No salía de su asombro, no podía entender por qué razón Fidel, el hombre más importante y valioso del mundo entero, lo mandaba a buscar al pueblo donde vivía, para que se presentara en persona ante él. Allí, en presencia del Presidente Nujoma, conoció la causa. Y terminó viajando con él hacia ese país, sin haber tenido tiempo para cambiarse de ropa o hacer la maleta.

La fiesta con que lo recibieron fue tan inesperada como indescriptible. Aunque ya viejo todos aquellos personajes de Namibia lo reconocieron con solo verlo, lo alzaron en sus brazos, lo colmaron de atenciones y homenajes. Y le ofrecieron múltiples oportunidades para que se quedara en ese país, a fin de recompensarlo como se lo merecía. Por eso su residencia allí.

Al día siguiente el Primo quiso acompañar al funcionario al aeropuerto. Allí éste sería testigo de una escena que le aguó los ojos y que, según me contaron, todavía se los agua cada vez que le cuenta la historia a alguien. Mientras permanecían en la sala de espera, de pie ante la puerta que conducía a la pista, arribó una delegación de Suráfrica a Windhoek.

Al abrirse la puerta de ingreso a la sala, los sudafricanos se toparon de frente con el Primo y el funcionario, que esperaban el llamado para el abordaje. Uno de ellos, moreno, de ojos vivos y con casi dos metros de estatura, se frenó de repente y les preguntó a sus acompañantes si ese que estaba ahí no era el Primo. Los demás, felices con la sorpresa, respondieron afirmativamente.

Entonces todos, blancos y negros, se abalanzaron sobre él con inusitada alegría, lo abrazaron, lo alzaron en sus fuertes brazos como si fuera un bebé, lo llamaban papá, mi papá, y se maravillaban, desbordantes de emoción, porque milagrosamente se les había cumplido un viejo deseo. Nunca en su vida había visto aquel funcionario tan grande manifestación de afecto.

En eso sobrevino el aviso de salida del vuelo que debía abordar. Con dificultad, casi forcejeando con aquellos gigantes, logró abrazar y despedirse del Primo, y oír de él, en segundos, que aquellos hombres también eran parte de los niños que él había socorrido. Allí lo dejó el funcionario, en el cielo en La Tierra que por su buen corazón se había ganado el primo en África.

Montañas de Colombia, 14 de agosto de 2014.

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