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Publicado en la categoría: La Pluma de Gabriel Angel

Geraldine, de la serranía de la Macarena a La Habana

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Hay que verla, sonriente, linda, con ese rostro de niña que jamás perdió, asegurando que lo logrará sin duda alguna.

La madrugada del 25 de agosto de 2014, una veintena de combatientes del Décimo Frente de las FARC se desplazaba sigilosa en busca de una patrulla del Ejército que rondaba por los lados de Caño Azul, en las inmediaciones del río Ele, en el departamento de Arauca. La pista sobre la localización de la tropa la había dado un helicóptero que sobrevoló la inmensa sabana, y tras sus habituales rodeos descendió un buen rato a tierra para partir nuevamente.

La guerrilla, que llevaba varios días emboscándose en uno y otro lugar ante un posible paso de la patrulla, tuvo esta vez la certeza de haberla encontrado. Había que llegarles temprano, en Arauca las brigadas móviles se movían de prisa. Estuvo claro que la tropa estaba acampada en la orilla de las aguas, camuflada entre el monte que crecía a uno y otro lado de ellas. Las luces de la mañana sorprendieron a los guerrilleros a pocos metros de los soldados.

Geraldine, una muchacha de 21 años con siete de experiencia en filas, hacía parte del grupo que se acercaba a la tropa. Se respiraba en el aire la presencia enemiga, la piel hormigueaba anunciando el inminente choque. El mando dispuso que un comando avanzara unos metros adelante. Justo cuando habían dado los primeros pasos sonaron disparos de fusil. Enseguida se desató una intensa balacera que convirtió en infierno la calma del amanecer.

Unos cuantos segundos después Geraldine sintió que algo golpeó su hombro derecho y la lanzó al piso  dejándola repentinamente sin respiración ni alientos. Casi de inmediato expulsó una bocanada de sangre. En unos segundos oyó lejos las voces de algunos de sus compañeros y sintió que uno de ellos la levantaba del piso y se la echaba al hombro, echando a correr en medio del fuego. El movimiento la hizo tragar sangre y sintió que se ahogaba.

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Intentó con sus puños golpear al que la cargaba para indicarle lo que le sucedía, pero los brazos no le respondían. Tampoco podía hablar. Creyó que iba a morirse. Para su fortuna, el muchacho que la cargaba no aguantó mucho tiempo con ella y la descargó en el piso. Eso le permitió respirar. Así, en brazos de uno y otro, fue sacada hasta donde se hallaba la gente de refuerzo. Allí la enfermera le aplicó los primeros auxilios y conectó a sus venas una bolsa de suero.

Siete años atrás, cuando tenía catorce años, se presentó al campamento donde se hallaba el comandante del frente 27 de las FARC, animada por una decisión irrevocable. Quería ingresar a la guerrilla, había resuelto dejar atrás su vida pasada, a su madre y a sus hermanitos, a quienes tenía que cuidar mientras ella salía a trabajar para proporcionarles el sustento. Hasta entonces sólo había conocido de miserias y pesares. Creía que en el mundo podría haber algo mejor.

Vivían en Guaimaral, un caserío cercano a la Cooperativa, otro más grande, perteneciente al municipio de Vistahermosa, en el Meta. Allá había cursado algunos años de instrucción en la escuela rural, una casucha que se caía a pedazos y la que ocasionalmente acudía una maestra. Temía a su padre, un hombre salvaje, casi un sicópata, dice ella, que golpeaba a su madre y no vacilaba para darles fuertes palizas a ella y sus hermanos por cualquier cosa.

El hombre intentó violar un día a su hermanita, dos años mayor que ella, sin contenerse siquiera por el hecho de que se trataba de su propia hija. Hasta ahí lo soportó su madre. La bronca fue tan grande que el tipo terminó marchándose para no volver. Pero ahora ella debía salir a trabajar para llevarles comida a casa. Para facilitarlo se mudaron a La Cooperativa, en las estribaciones de la serranía de La Macarena. Su vida fue más difícil que nunca.

Geraldine recuerda que desde niña veía llegar guerrilleros al rancho donde vivían. Y luego los siguió viendo en Guaimaral y en La Cooperativa. Muchachas y muchachos llenos de alegría y optimismo, que siempre que se presentaban se ponían a ayudar a su madre en las labores domésticas y a jugar con los niños con inmenso cariño. Todo el mundo los respetaba y quería. Nunca pensó ni vio que pudieran hacer mal a alguien.

Los malos eran el Ejército. Esos sí llegaban a perseguir y humillar la gente, a matar campesinos, a perseguir a los guerrilleros. Nunca quedaba nada bueno de su presencia, inspiraban pánico, nadie los quería. Por eso, así no comprendiera nada de la política, ni mostrara mucho interés por leer libros y aprender de ideas, tuvo claro desde temprano que algún día sería guerrillera. El día que pidió ingreso le dijeron que no. Aún no tenía los quince, debía volver a casa.

Pero no quiso, se negó rotundamente y apeló a todos los argumentos del mundo. Finalmente la aceptaron a regañadientes. Pertenecer a las FARC representaba lo más normal del mundo. Había crecido en el campo, era resistente de cuerpo, podía trabajar, y era ágil, con buen entrenamiento podía ser una buena combatiente. Con los años lo consiguió. Por eso había sido incluida por sus mandos en el grupo de choque aquel 25 de agosto. Sabía lo que hacía.

Tras ser cargada en hombros durante un largo trayecto, al fin alistaron una hamaca y la llevaron en ella. En la noche organizaron una balsa que soportara su peso y el de un par de acompañantes, para poder bajar por el río y cruzar frente a un puesto militar sin ser descubiertos. Después vino una carretera, y luego el cruce del río Arauca, hasta ser puesta en un hospital en algún lugar de la frontera con Venezuela. El diagnóstico médico fue preocupante.

El proyectil no la pasó, sino que emprendió un recorrido caprichoso en su cuerpo hasta detenerse en su columna vertebral, afectando su sistema nervioso. Eso explicaba que no sintiera sus piernas. Los médicos discutieron hasta convenir que no le extraerían la bala, les pareció mucho más peligroso para ella. Desde entonces Geraldine quedó lisiada, con parálisis en las dos piernas, obligada a moverse en una silla de ruedas. Una desgracia a su edad.

Año y medio después fue objeto de una cirugía en la que le fue extraído por fin el proyectil. Pero no le sirvió para recuperar la movilidad. Comenzó su vida de lisiada de guerra, pero en las condiciones de clandestinidad, con dificultades pese al apoyo del movimiento. Hasta que se produjo la firma del Acuerdo Definitivo. Y la posibilidad de que se tuviera en cuenta su estado para un tratamiento médico adecuado. La grandeza humana de Cuba le tendió la mano.

Por eso Geraldine se encuentra desde hace unas cuantas semanas en La Habana, adonde llegó con cuatro camaradas más que con su propia historia también terminaron afectados por heridas de guerra. El gobierno colombiano les autorizó el viaje. Cuando los especialistas del CIMEQ, el Centro de Investigaciones Médico Quirúrgicas, la examinaron detalladamente, concluyeron que de haber sido operada a la mayor brevedad de su herida, no hubiera tenido ese problema.

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Pero le han dado esperanzas. Ella podrá volver a caminar como todos un día. Pero tendrá que someterse a un intenso tratamiento de terapias, en el que lo fundamental va a ser su actitud mental positiva. Por eso no hay problema, hay que verla, sonriente, linda, con ese rostro de niña que jamás perdió, asegurando que lo logrará sin duda alguna. Por eso fue a conocer el mar y se mete diariamente a la piscina. Por eso ríe feliz. Vencerá, claro que lo hará.

La Habana, 4 de abril de 2017.


Link Corto: http://bit.ly/2oLohin


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