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Publicado en la categoría: La Pluma de Gabriel Angel
Jueves, 12 Julio 2012 20:33

La falsa versión oficial sobre el Cauca

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El problema es otro. La convergencia de la exacerbación de las políticas neoliberales de Santos con los intereses del más rancio latifundismo paramilitar.


El departamento del Cauca parece rondado por un fantasma. Algunos pensarán que se trata del espíritu de Alfonso Cano, el comandante de las FARC-EP que entregó su vida en esas montañas, luchando a brazo partido por la Nueva Colombia. Podrían tener razón, el anhelo de justicia de los pueblos no muere cuando caen los hombres que lo lideran. Pero también podrían tratarse de otros fantasmas, los de los indios, los negros y los campesinos desollados por los terratenientes.

Los santos presidentes, cuando visitan la región, vuelven a insistir en la misma fórmula de arrasamiento. La que la Corona española aplicó con partidas de hombres armados y perros de caza en épocas de pasadas rebeldías. La que los latifundistas de la República aplicaron una y otra vez desde la Independencia, la que los empresarios y mafiosos de hoy han intentado reiteradamente con sus sicarios y paramilitares. La fórmula fracasada de siempre.

Porque  gringos, gobierno y generales se niegan a reconocer el verdadero problema. El de la tierra, el de la propiedad latifundista que ha estado siempre detrás de todas las violencias. Es muy fácil decir que unos indígenas engañados por el discurso, la presión o los dineros de la guerrilla se oponen interesada y neciamente a la presencia constitucional de las fuerzas armadas de la República, ciegos a comprender que ellas están allá para garantizarles la paz y la tranquilidad.

Resulta sencillísimo  convertir un problema real, material, de asombrosa desigualdad en la distribución de la tierra y la riqueza, de violencia centenaria contra las comunidades secularmente despojadas, en un problema ideal, de carácter filosófico o jurídico, acerca de la soberanía del Estado, o la primacía de unos artículos de la Constitución Nacional sobre otros. Desviar la atención, como lo hacen gobierno, especialistas y medios sólo contribuye a agravar las cosas.

Baste recordar quiénes se alzaron en armas cuando el gobierno de José Hilario López abolió la esclavitud en el territorio colombiano. Esos sí eran alzamientos buenos. Los tiempos cambian, ahora no se trata de la esclavitud, se trata del afán de las arrinconadas comunidades porque les devuelvan las tierras usurpadas. Se trata del disgusto contra las locomotoras que acrecentarán su miseria. Se trata de la supervivencia contra la aniquilación anunciada.

Como siempre, están completamente equivocados quienes pretenden hacer aparecer la lucha guerrillera en las montañas como un fenómeno extraño e introducido de manera artificial y forzosa en distintos espacios de la geografía nacional. Dicha concepción surge de la teoría de seguridad nacional impulsada por los Estados Unidos tras el triunfo soviético sobre el totalitarismo nazi. Desde entonces, toda lucha social o política fue interpretada como infiltración rusa.

Según lo enseñado por el Pentágono, era el expansionismo comunista el que disfrazado con todo tipo de máscaras, se colaba para crear problemas en donde reinaban tranquilidad y armonía. Es cierto que la Unión Soviética desapareció hace ya más de dos décadas, pero la manía de abordar todos los conflictos como generados por factores externos ajenos por completo a la realidad en que maduran, sigue caracterizando cada uno de los enfoques de las clases dominantes. 

Así sucede, por citar uno muy de moda, con el fenómeno del narcotráfico. No es una realidad surgida en el seno de la desigual sociedad capitalista que valora por encima de todas las cosas la riqueza individual, sino un enemigo que cayó en mala hora sobre el país y que como un virus nefasto fue invadiendo la vida social. Se lo combate policial, militar, judicial y extrajudicialmente, con resultados bien pobres, pues jamás se atienden las verdaderas razones de su aparición.

Ahora se promueve por todos los medios posibles la idea de que la causa de los problemas de orden público en el Occidente del país es la obsesión terrorista de las FARC. Se pretende presentar al gran público, así, vulgarmente dicho, que la única responsable de la explosiva situación social y política que se vive en esa región, es la demencia de unos jefes guerrilleros dedicados al narcotráfico. Guerrillas que además, se apertrecharon allí sin ningún lazo con los habitantes.

En consecuencia la única solución admisible es la guerra total. La militarización de cada metro cuadrado, los bombardeos, los ametrallamientos, las operaciones ofensivas, las capturas masivas, los allanamientos, los insoportables controles a la población. Y se presume que ella va a aplaudir eso, porque el Ejército, la Fuerza Aérea, la Armada, la Policía, los organismos secretos, los informantes, la Fiscalía y los paramilitares tienen por objeto liberarla del yugo guerrillero.

Indígenas, negritudes y colonos inconformes con semejante embestida pasan a ser considerados como milicianos, cómplices, auxiliares o lo que sea de los terroristas. Y se acrecienta la represión contra ellos. Lo expresa orgullosamente el alto mando militar, la clase política. Y se revuelcan de satisfacción los latifundistas, los inversionistas, los mercaderes de la guerra. La gran prensa, como siempre, se suma servicial a los propósitos de la gente pudiente de Cali, Popayán y Bogotá. 

El problema es otro. La convergencia de la exacerbación de las políticas neoliberales de Santos con los intereses del más rancio latifundismo paramilitar. Allí, como en el resto del país, se enfrentan las fuerzas de gran capital extranjero y nacional, del latifundio, del paramilitarismo narcotraficante, con las comunidades indígenas, negras, campesinas y urbanas. La violencia latente en Colombia expresa el conflicto entre dos concepciones de país y desarrollo.

Por eso las comunidades rechazan abiertamente la solución militar. Exigen el retiro de las tropas. Porque quieren paz, justicia, derechos. Cualquier observador imparcial se percatará de entrada que los guerrilleros no son sujetos importados, sino indígenas, negros, campesinos, obreros, estudiantes, gente pobre de ambos sexos que tras sufrir y conocer la suerte de sus familias y pueblos se alza con una dignidad admirable por un futuro mejor para todos.

Del mismo modo que el general Mantilla, pese al ruido de los disparos y explosiones, negaba ante la prensa una y otra vez que había combates y hostigamientos, asegurando que todo se hallaba bajo control durante el Consejo de Seguridad convocado por Santos en Toribío, la clase política y el gobierno en todos sus escalones se niegan a reconocer la evidencia de que los colombianos no quieren más su endemoniada guerra. Prefieren cerrar los ojos, gruñir, amenazar, pisotear, matar.

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