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Publicado en la categoría: La Pluma de Gabriel Angel
Viernes, 02 Marzo 2012 13:47

La necesaria defensa del proceso del Caguán

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Lo urgente es permitir al pueblo colombiano alzar la voz y empujar por los cambios.


Al contrario de las comerciales, las modas políticas no pueden contemplarse como meras manifestaciones del ingenio estético. La política es y será siempre expresión de los intereses de una clase o grupo social, con ella siempre se estará buscando que el grueso del colectivo se incline por determinadas conveniencias, públicamente declaradas unas veces, o astutamente disimuladas en otras. Nada que tenga o pueda tener repercusiones políticas ocurre en forma gratuita o desprevenida. La óptica de clase observa, analiza, piensa, planifica, presenta.

Lo digo como introducción previa al comentario sobre la prolongada e insistente campaña tejida contra el frustrado proceso de paz del Caguán. La oligarquía colombiana, con el guiño aprobatorio del Imperio, se ha encargado de tejer una leyenda negra, que hoy se reedita en una publicitada serie televisiva, según la cual el despeje, los diálogos y las audiencias allí cumplidos, constituyeron algo menos que los acontecimientos más nefastos ocurridos en Colombia desde la llegada misma de los conquistadores españoles.

La renovación de la ofensiva no puede interpretarse como un hecho aislado. Los propietarios y mentores de Caracol Televisión o cualquiera otra gran cadena de noticias y entretenimiento, alientan propósitos e intereses convergentes con el gran capital, tienen conciencia plena de lo que sus informaciones y su programación inducen a pensar. Y obran a sabiendas de ello, no son ingenuos. Saben de qué lado se encuentran en el sangriento conflicto que padece Colombia y ponen sus medios al servicio de esos intereses.

Juan Manuel Santos encarna de modo perfecto esa facilidad que ha tenido la clase dominante colombiana para camuflarse, al igual que un camaleón, según las conveniencias de cada momento histórico. Fungió como el más fanático  de los ultraderechistas en la pasada Administración, lo cual no le impide ponerse hoy el uniforme de liberal doctrinario, a fin de distanciarse lo más rápido posible, de la corrupción y la brutalidad uribistas que, por encima de su voluntad, se destapan hoy de modo incesante.

El Presidente colombiano es un viejo zorro del periodismo corporativo. Sabe lo que la prensa puede crear y destruir. Ha procurado construirse  la imagen de hombre tolerante y moderado, sin que por ello deje de direccionar su obra de gobierno hacia la extrema derecha. Así, la confianza inversionista de Uribe está calcada en el sueño santista de modernizar y desarrollar Colombia con el salto gigante de la producción minera, agropecuaria, turística, biotecnológica y de infraestructura en el oriente y sur del país, palabrería que disfraza el jugoso negocio redondo de los monopolios nacionales y extranjeros entroncados con el alto gobierno.

Del mismo modo, la que hoy llama Prosperidad Democrática, no oculta su determinación final de aniquilar, por la vía militar, la insurgencia guerrillera y el movimiento popular, para asegurar el curso a sus políticas abiertamente neoliberales. La mezquina posibilidad de diálogo que condiciona el actual gobierno, devela su convicción de hablar únicamente con una guerrilla aplastada y vencida, sumisamente dispuesta a la rendición incondicional. Los posibles escenarios de diálogo respetuoso entre dos partes contendientes, han sido reiteradamente demolidos desde el comienzo mismo de este gobierno.

No sólo se abolió la posibilidad legal de un futuro despeje militar. Sino que ahora se pretende abolir la mera idea de conversaciones de paz en la mente de 46 millones de colombianos. Eso explica la campaña sobre el llamado síndrome del Caguán. Un episodio histórico que se sataniza a objeto de que nadie, nunca jamás, pueda pensar en repetirlo. Con ese fin, se oculta y pretende sepultar el enorme significado de lo que el pueblo colombiano y las FARC lograron en ese territorio. Allí se encontraron los dos, se conocieron y se dieron un fuerte abrazo de compromiso que auguraba cambios profundos en la vida nacional.

El síndrome del Caguán que se argumenta abrió las puertas al uribismo, lo que en realidad significa es que por primera vez en Colombia, ante los ojos de todo el mundo, los delegados de inmensas masas urbanas, de incontables movimientos populares y sociales, de ese pueblo que se dice jamás ha sido capaz de movilizar la lucha armada, se toparon con la palabra fresca, las propuestas sinceras y la voluntad de lucha de los alzados. Las inminentes repercusiones de semejante encuentro, repetido cada semana por la televisión y la radio, conducirían al rompimiento por parte del Establecimiento.

El ascenso de Uribe y sus paramilitares no fue ni de lejos el producto de las presuntas atrocidades cometidas por las FARC en la zona de despeje, sino la fórmula desesperada adoptada por la oligarquía colombiana para frustrar el impresionante avance de la lucha popular organizada. El inatajable haz de fuerzas que representaba la unidad de pueblo y guerrilla, debía ser borrado del mapa. Es esa la guerra que afronta el país desde entonces. Esa guerrilla atrevida que conversaba todos los días con la nación de manera directa, tenía que ser sacada a toda prisa del escenario, enviada a las profundidades de la selva, donde nadie pudiera escucharla, a donde nadie pudiera llegar a verla.

Es esa la inolvidable lección del Caguán. Las FARC logramos allí que las gentes invisibles, que no existen para el régimen, lograran hablar y hacerse oír, se convencieran de manera directa y no mediática de lo que en realidad éramos y decíamos, se sumaran de manera protagónica a los esfuerzos por la paz y los cambios. A eso es a lo que le teme como al demonio la oligarquía colombiana, a la unidad del pueblo y la guerrilla revolucionaria. Para la oligarquía lo ideal sería un diálogo discreto, sin protagonismos, de espaldas al país, sin la mínima posibilidad de que intereses distintos a los suyos puedan emerger en su proceso de paz.

Qué triste papel desempeñan los Angelinos que como él alimentan su ego con la risible idea de que aún son revolucionarios o progresistas, mientras se suman al coro imperial y oligárquico que condena el proceso de paz del Caguán, porque dizque tan solo sirvió para mostrar la arrogancia de las FARC. De qué modo muerden el anzuelo.  Cómo pretenden esconder sus repugnantes mutaciones. Lo que Colombia necesita de manera urgente es una solución política, dialogada, democrática, participativa, abierta, que permita al pueblo colombiano elevar su voz por los cambios y empujar por lograrlos.  Lo demás es paja.

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