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Publicado en la categoría: Desbrozando Ideas
Domingo, 05 Mayo 2013 22:15

Los lugares en la historia no los ganan los tímidos

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La única forma de avanzar con celeridad es adoptando la decisión de considerar seriamente la aprobación de profundas reformas en la vida colombia

 

El proceso de paz de La Habana comienza a ponerse interesante. Tras la más reciente ronda celebrada, tres voceros oficiales del más alto nivel expresaron su afán porque se agilice mucho más el ritmo de los acuerdos en la Mesa. El Presidente Santos, el jefe de la delegación del gobierno y el propio ministro del interior insisten en presionar a las FARC en ese sentido, expresándolo abiertamente ante los medios, como si la insurgencia estuviera obligada a ceder en sus aspiraciones políticas, económicas y sociales sólo porque se aproxima una época electoral.

Tales presiones vienen a producirse, y seguramente se irán a acentuar, precisamente en el momento en que más agitación y respaldo ha conseguido entre los colombianos la vía de la solución política de la confrontación. Es decir, el ritmo de los emplazamientos a las FARC, que en últimas sólo pueden significar la amenaza de una ruptura de las conversaciones por parte del gobierno, viene a acelerarse justo cuando la marcha del 9 y el foro sobre participación política celebrados en abril, certificaron el más contundente respaldo a la continuidad del proceso.

Así que el Presidente Santos se encuentra abocado a una seria y trascendental decisión. Recién acaba de comprobar que ligar sus aspiraciones personales a la reforma institucional del Estado, resulta mucho más complicado de lo que calculó, no pudo adelantar su propuesta de prolongar el período presidencial. Así que eso de ligar el tema de la paz, de tanta importancia para el país, como acaban de demostrarlo los eventos de abril, a las eventualidades de un debate electoral, tampoco va a resultar del agrado de nadie esperanzado en la paz para Colombia.

No se trata de acelerar los resultados de la Mesa como si fuera una obra pública que debe ser entregada en determinada fecha, para lo cual basta con doblar o triplicar los turnos de trabajo enganchando más personal, sino de blindar el proceso de manera tal que los agites y conveniencias de la política electoral no puedan afectarlo. La construcción de la paz y el proceso encaminado a conseguir la terminación del conflicto tienen que ser considerados como asuntos de Estado y no de un gobierno, deben ser puestos por encima del calendario electoral.

Cuando el país y la comunidad internacional toman parte en los foros convocados por la Mesa, aportan centenares y hasta miles de propuestas que deben ser consideradas en las conversaciones. Los temas de la tierra y la ampliación de la democracia encierran las variables más serias en cuanto a las razones del conflicto armado colombiano, que no por capricho se ha prolongado medio siglo, por encima de los intentos frustrados de alcanzar la reconciliación por la vía del diálogo. Es el Estado quien se halla obligado a ceder en sus inamovibles.

Una guerrilla que no se ha rendido en cincuenta años continuos de intensos operativos militares contra ella, no va a firmar ahora la desmovilización porque el Presidente considere urgente la coyuntura electoral. La única forma de avanzar con celeridad es adoptando la decisión de considerar seriamente la aprobación de profundas reformas en la vida colombiana, que posibiliten desempantanar las conversaciones del marasmo en que las mantiene la posición oficial de rechazar de entrada la inmensa mayoría de los planteamientos de la insurgencia.

El Presidente Santos ha dado hasta ahora muestras evidentes de querer pactar el fin del conflicto, son enormes las motivaciones económicas y políticas que lo mueven a ello. Pero sobre la base de asimilar las conversaciones a unas rápidas jornadas en las que los alzados se comprometan a adoptar las exigencias que la parte oficial les imponga en la Mesa. Es como si nunca en realidad hubiera partido de consideraciones distintas a las de ver en las FARC-EP una guerrilla desmoralizada y descompuesta, presta a aceptar cualquier cosa a cambio de la vida.

En ello se ha equivocado desde un principio. Las FARC no fuimos a la Mesa porque nos sintiéramos vencidos, sino porque la solución política del conflicto ha sido un planteamiento nuestro desde los tiempos de Marquetalia. Cada vez que se ha presentado la posibilidad hemos decidido acudir a las conversaciones, en ningún momento de nuestra historia hemos sido enemigos de la paz concertada. Sobre la base de que los diálogos tienen por objeto la remoción de las causas que originaron y alimentan la confrontación. De eso es lo el gobierno al parecer no se apersona.

Por eso, al tiempo que se rechaza de plano la revisión del modelo de desarrollo económico, como si una política agraria integral no se relacionara en nada con ello, se insiste en la orden imperativa de arreciar con todo en el campo de batalla, con la pretensión absurda de que si la guerrilla no se sentía derrotada al comenzar los diálogos, en la medida en que estos avancen efectivamente sienta que ha llegado a ese punto. Creerse uno mismo las mentiras que inventa para confundir la opinión, resulta a la larga una espada hundida en el propio vientre.

Y es lo que le está sucediendo a Santos. Cuando la extrema derecha cacarea en torno a que se ha descuidado la seguridad, cosa que el Presidente niega enfáticamente, en realidad está poniendo de presente una realidad aplastante que a ella misma irrita. No es que la actividad de las fuerzas armadas se haya disminuido, sino que simplemente las FARC asimilamos la ofensiva, aprendimos a enfrentarla con éxito y retomamos el avance. Desde siempre el Ejército ha ocultado los golpes recibidos, pero ahora añade con desmedida exageración imaginarios golpes contra la insurgencia.

Nosotros sabemos bien que los resultados presentados por el Ejército sobre la confrontación son falsos positivos, puesto que los calcados partes militares sobre bajas y deserciones corresponden más bien a la categoría de las operaciones sicológicas ideadas por los servicios de inteligencia militar, como sucede casi a diario con relación al Cauca, el Caquetá y otras regiones del país. Tenemos claro que así resultará imposible ablandarnos. Si el Presidente Santos todavía no lo ha comprendido, es hora de que piense seriamente en ello.Hay que cambiar la estrategia.

Para conseguir la paz hay que estar dispuesto a luchar por ella, a enfrentar abiertamente a todos sus enemigos, a escarbar en las verdaderas razones que producen la confrontación. Hay que perderle el miedo a la extrema derecha, atender las posiciones de la izquierda, dejar de priorizar los intereses de los inversionistas, mirar hacia la gente corriente. Así no habrá necesidad de atribuirse marchas como las del 9 de abril, sino que toda esa gente de verdad volcará su apoyo a quien demuestre estar con la paz. Los lugares en la historia no los ganan los tímidos.

Montañas de Colombia, 5 de mayo de 2013.

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