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Publicado en la categoría: La Pluma de Gabriel Angel
Sábado, 20 Junio 2009 16:10

Morir por la patria es vivir para siempre

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Mario quiso saber si existió alguna clase de vínculo entre los vietnamitas y la religión islámica. Oía con frecuencia noticias en las que devotos del Islam se inmolaban sin vacilación con tal de infligir daño a quienes consideraban sus enemigos. Había oído muchas veces que durante la guerra de Vietnam se produjo un fenómeno parecido. Soldados o guerrilleros vietnamitas, incluso civiles, optaban por volarse con explosivos con tal de causar la muerte a un buen número de invasores norteamericanos. En su parecer, gestos como esos sólo podían provenir de una motivación religiosa fundamentalista. 

No resultó difícil responderle. En realidad la religión islámica no tenía nada que ver, ni remotamente, con la lucha de resistencia del Vietnam. Era cierto que durante las guerras primero de independencia contra Francia y luego de resistencia contra la ocupación norteamericana, se habían presentado casos que revelaban un extraordinario valor o, si se quiere, un sorprendente desprecio por la propia vida en aras de causar daño considerable a los enemigos de su país. Pero las motivaciones eran muy distintas. Carecían por completo de sentimientos religiosos.

Entre otras cosas porque si algo ha caracterizado al pueblo vietnamita es su poquísima credibilidad en poderes sobrenaturales. Los chinos ocuparon Vietnam durante más de mil años, pero no lograron imponer el credo del confucionismo más allá de unos reducidos sectores. Los franceses ocuparon Indochina con el pretexto de apoyar a los misioneros cristianos que estaban siendo perseguidos con saña. El Islam, que llegó a extenderse por Indonesia y otros rincones del sudeste asiático, no logró hacer el menor nicho en la sociedad vietnamita. En cambio, durante toda su historia, han sido los sentimientos de patriotismo e independencia nacionales, los grandes inspiradores de las acciones heroicas de ese pueblo. 

Durante la guerra de Vietnam fue repetido el horripilante espectáculo brindado por  monjes budistas que llegaron a rociarse con gasolina y prenderse fuego en lugares públicos en protesta por la ocupación norteamericana. Dicha acción no pasó de ser un aditamento particular de carácter místico, abiertamente conmovedor y espeluznante, que no puede identificarse con la resistencia guerrillera y militar que adoptó la inmensa mayoría del pueblo vietnamita, ajeno a ese tipo de prácticas suicidas y perfectamente claro de que la lucha debía ser cuestión de masas, de multitudes levantadas. 

En las inmolaciones de los jóvenes palestinos en su guerra contra Israel, es seguro que cuentan convicciones religiosas. Pero no creo que ellas sean suficientes para explicar su sacrificio. Necesariamente tienen que sumárseles los más elevados sentimientos de patriotismo y dignidad nacionales pisoteados de manera ignominiosa por Israel y sus inspiradores. Me atrevo a pensar que otro tanto debe suceder con los fundamentalistas afganos, pakistaníes o iraquíes, sin negar claro que en estos casos puede tener una dimensión mayor el Maktub, el estaba escrito, su creencia en la predestinación divina trazada por Alá. 

Cuestiones como estas nos traen por fuerza a nuestro propio ámbito. En las FARC no deja de causar asombro el modo como se vuelan por los aires los luchadores islámicos. El método, pues es evidente que lo es, resulta no sólo inquietante, sino además incomprensible y nada atrayente. Abundan las diferencias culturales, morales, religiosas, sociales, políticas e ideológicas que impiden al revolucionario colombiano pensar en prácticas semejantes. No existe la mínima posibilidad de que los guerrilleros comunistas de las FARC repitieran cosas como esas. Mucho menos que la propia organización las promoviera o indujera. 

En cambio sí pueden sucederse verdaderas acciones heroicas en las que un combatiente de las FARC entrega su vida por la causa. De hecho sucede con frecuencia, aunque nuestros estupefactos adversarios lo oculten con vergüenza. 

Tal vez pueda llamarse valor tripular aviones cazabombarderos que aparezcan de repente para rellenar de decenas de bombas de mil libras una pequeña extensión de la selva. Quizás pueda denominarse gallardía llegar en helicópteros artillados y blindados a desembarcar encima de los enemigos despedazados, tras lanzar centenares de ráfagas de cohetes y ametralladoras punto 50 sobre el área en que se piensa descender. Incluso suele calificarse de heroísmo el hacer parte de gigantescas manadas de soldados armados hasta los dientes y resguardados por la fuerza aérea que patrullan un área determinada. Todo es posible en ese lenguaje de confusión con el que se rebautizan hoy las cosas desde el poder y sus medios.

Pero patriotas, héroes auténticos de carne y hueso, sin sangre divina en sus venas, esas muchachas y esos muchachos que teniendo aparentemente todo en contra, salen en pequeños grupos a esperar y golpear a los hombres de acero que por miles los buscan para aniquilar su rebeldía. Corajudos en extremo, se arriman con sigilo a los enormes campamentos enemigos para sembrarles minas y hostigarlos, sabedores de la portentosa lluvia de fuego que partirá contra ellos enseguida. Valientes en extremo esas hijas y esos hijos del pueblo de Colombia, que actúan sin paga alguna, animados tan solo por el sueño de una patria libre y justa, y que rodilla en tierra disparan sus fusiles automáticos contra los soldados mercenarios que sostienen al régimen. No actúan inspirados por ningún Dios o creencia religiosa. Obran por la causa de la humanidad entera, porque en su tierra se dé un paso firme en el camino hacia el cese de cualquier tipo de explotación de unos hombres por otros. Quieren combatir, van al frente de guerra dispuestos a todo por nivelar la balanza.

Así vi partir a Sergio, un monito de veinte años escasos, de ojos azules, piel blanca y cuerpo un tanto grueso, ansioso de trenzarse a tiros con las tropas de la novena brigada.  No se sentía bien en las charlas políticas, quería la acción, su fuerte, sabía que la razón estaba del lado en que combatía y con eso le bastaba. No regresó. Las manchas de su sangre tiñeron durante varios días el piso cercano a aquel camino que bordeaba la selva en donde decidió él solo, sin esperar a los demás de su comando, matar un par de soldados y morir combatiendo por la Nueva Colombia. La pregunta de Mario me ha hecho rememorar su sacrificio. Sí, ellos saben que morir por la patria es vivir para siempre. 

Montañas de Colombia, 20 de diciembre de 2009.

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