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Publicado en la categoría: La Pluma de Gabriel Angel
Lunes, 11 Octubre 2010 14:45

Noticias de la guerra que esconden

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El objetivo de reducir la fuerza guerrillera en unas cuantas horas tras la muerte heroica de su legendario comandante, se les convirtió en una quimera alucinante.


La guerra de guerrillas móviles que en la actualidad libra el Bloque Oriental de las FARC, es deliberadamente ignorada por los grandes medios de comunicación. Nada se menciona en ellos acerca de los combates que diariamente se presentan entre las unidades guerrilleras y las patrullas del Ejército colombiano. Resulta imposible hallar la menor referencia al elevado número de aeronaves militares impactadas desde tierra por el fuego de los fusiles y ametralladoras que disparan los combatientes de las FARC. Y se oculta desvergonzadamente el altísimo número de bajas producidas entre los mandos y soldados.

Al parecer las cosas sobre el terreno han resultado supremamente complicadas para el brutal aparato de fuerza del Estado colombiano. Y eso que los guerrilleros no cuentan por ahora con la adecuada provisión de armas antiaéreas destinadas a derribar las aeronaves enemigas. Cómo irán a cambiar las cosas una vez cuenten con sólo algunas de ellas. La maquinaria bélica aérea del Ejército y la Fuerza Aérea, pese a contar con la tecnología de punta y los dólares abiertamente dispensados por los gringos, nada ha podido hacer en realidad contra las muchachas y muchachos que brincando de un lado a otro entre la selva la ponen en jaque.

Es lo que dicen los propios pilotos aterrados. En las bases aéreas de Palanquero, Tres Esquinas, Tolemaida, Apiay y demás se considera que ser enviado a cumplir misiones en la Serranía de La Macarena, es la peor desgracia que puede ocurrirle a un piloto de avión o helicóptero. Por veloces y armadas de bombas y metralla que sean las aeronaves, los pilotos de guerra colombianos han descubierto que resultan muy frágiles cuando se enfrentan a seres con el valor y la decisión de los guerrilleros de las FARC. Antes era sencillo. Se trataba de llegar, volar en círculos y luego soltar su mortal carga. Ahora eso es cosa del pasado.

Desde la misma noche que cayeron a mansalva sobre el campamento del Comandante Jorge Suárez Briceño, sus enemigos se encontraron con que la guerrilla comenzaba a obrar de un modo distinto al habitual. Para ellos fue como si su atrevimiento hubiese desatado una serie de  fuerzas  no imaginadas. De repente los guerrilleros les hacían fuego de tierra, sin importar que el fogonazo de los proyectiles permitiera avizorar el sitio desde el que accionaban sus armas. Siempre habían sido ellos los que desde el cielo lanzaban ráfagas a granel contra la selva. Pero ahora les pasaba lo contrario.

Estaban absolutamente convencidos que el poder de los helicópteros Arpía y los aviones bombarderos bastaba para intimidar a la guerrilla, que prefería no dispararles para no ser localizada y aniquilada.  Aquel mito se les derrumbó de pronto. Desde diversos sitios, con auténtica temeridad, surgía fuego contra sus naves. Y no se detenía pese a sus feroces contraataques. Es más, ese fuego audaz y preciso comenzó a impactar las naves, a herir soldados a bordo, a alcanzar pilotos. Los desembarcos planeados comenzaron a dificultarse y cosa increíble hasta entonces, a convertirse en imposibles.

El objetivo de reducir la fuerza guerrillera en unas cuantas horas tras la muerte heroica de su legendario comandante, se les convirtió en una quimera alucinante. Cuántas vidas, cuánta sangre, cuánto plomo y bombas tuvieron que despedir durante días, sólo para lograr apoderarse del cadáver del Mono y llevárselo. Y qué infierno ese en el que se introdujeron las tropas que pensaban rendir a las FARC. Miles de soldados en tierra apenas avanzan unos cuantos metros cuando la guerrilla opta por hacerse a un lado. Para esperarlos en otro lugar o sorprenderlos por otro flanco. Los perros antiminas vuelan por los aires con frecuencia.

Y luego caen los soldados. Qué horrible pesadilla para los pilotos el tener que venir a recoger muertos o heridos. Se ven obligados a realizar toda clase de cálculos para descubrir por dónde entran, cómo aterrizan y cómo van a partir de regreso. Ni los helicópteros Arpía ni los aviones bombarderos les garantizan nada. Así ya no les gusta la guerra, cuando también les disparan a ellos. Bonita cosa les parecía antes, cuando se dormían con el dedo en el gatillo de sus ametralladoras o cohetes, convencidos de ser una especie de titanes. Ahora chillan aterrados cuando les silban las balas cerca o los impactan. Los verdaderos héroes son los otros.

En los primeros días que siguieron a la muerte del Mono, la fuerza aérea bombardeó una patrulla del Ejército, con saldo de ocho soldados muertos y dieciséis heridos. Desde luego que supieron callarlo muy bien. Según las ostentosas declaraciones del alto gobierno y los generales, las fuerzas armadas eran la mejor contraguerrilla del mundo. Y eso no puede sucederles a ellos. Tampoco dan cuenta de los soldados que mueren estrellados contra los árboles en los desembarcos nocturnos, cuando los pilotos asustados por el fuego de tierra emprenden la huída olvidándose de que son seres humanos los que llevan colgando.

Las FARC-Ejército del Pueblo no combaten a la tropa como un ejército regular. Emplean su táctica guerrillera. Lo hostigan, lo emboscan, le propinan golpes de mano, lo asaltan en determinados momentos. Le propinan golpes y luego desaparecen entre la jungla. Para reaparecer en el momento más inesperado. Van a ser ya 47 años de experiencia, con los mejores maestros en ese arte, Manuel Marulanda Vélez, Jacobo Arenas, Jorge Suárez Briceño. Con una ideología y un programa revolucionarios, con alta disciplina. Son muchachas y muchachos muy jóvenes, provenientes de los estratos más pobres y sufridos de Colombia.

No van a rendirse nunca. Eso lo saben ya las tropas enemigas que los combaten en la jungla, así les repitan otra cosa sus mandos y gobierno desde sus pulcros despachos. Eso del país sin guerrillas, quizás no lo recuerde Santos, lo prometía Álvaro Gómez en sus campañas. El mismo Álvaro que promovió la guerra contra República Independiente de Marquetalia comenzando los años sesenta del siglo pasado. Cuánto le ha costado al país su paranoica equivocación. Quizás sirva más ponerle atención al asustado piloto que exclamó en estos días: “Mejor hubiera sido no matar ese man, lo único que hicieron fue torear a semejante culebra”. 

Montañas de Colombia, 11 de octubre de 2010.

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