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Publicado en la categoría: La Pluma de Gabriel Angel
Viernes, 08 Abril 2016 15:47

Nuestra huella en la realidad social humana

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Muchas veces sentimos que estamos estrellándonos contra las paredes. Aquellos por quienes luchamos están con demasiada frecuencia del otro lado.


Las marchas contra la paz pueden estar integradas por personas de sólida posición económica, pero también por gentes humildes y desposeídas que asisten a ellas por diversas razones.

En lo fundamental, las tropas del Ejército o la Policía que golpean manifestantes con furia o disparan contra ellos o las guerrillas, provienen de los estratos más desfavorecidos.

Sucede también con los miembros de los grupos paramilitares que asesinan y descuartizan compatriotas, sin entender que trabajan en beneficio de grandes propietarios de tierras.

Ocurre igual en las empresas. Los patronos estimulan sindicatos comprometidos con ellos, conformados por trabajadores que debieran hacer parte de organizaciones clasistas.

No son los millones de votos de la gente acaudalada los que llevan al poder a los representantes de los clanes económicos privilegiados, sino los de su mano de obra expoliada.

La palabra cipayo sirvió para denominar los nativos de la India que ingresaban a los ejércitos de las potencias colonialistas para reprimir y perseguir a sus propios pueblos oprimidos.

Los ejemplos son numerosos, en el presente y el pasado.  Al mirar hacia atrás sabemos que las cosas cambiaron y que al final los sometidos lograron imponerse con enormes sacrificios.

Pero ante la realidad cotidiana de hoy sentimos muchas veces que estamos estrellándonos contra las paredes. Aquellos por quienes luchamos están con demasiada frecuencia del otro lado.

Y nos pocas veces nos odian. La alienación adquiere dimensiones sorprendentes con cada nueva mañana. Las mentes de los de abajo parecen preferir concordar con los de arriba.

La labor del revolucionario aparece así como titánica. No se trata solamente de vencer a sus enemigos de clase, sino sobre todo a las huestes proletarias que luchan del lado de estos.

Una amiga solía repetirme con indignación que no debía señalar a una mujer designándola como la mujer de fulano, porque eso la convertía en objeto de su propiedad.

Y que así como decíamos rechazar la discriminación y la violencia contra la mujer, debíamos en primer término reconocer su existencia haciéndola visible en el lenguaje.

Sus razones eran justas. Sin embargo le hacía notar que en gran medida las primeras en oponerse a ello eran las  propias mujeres, guerrilleras incluso, que hablaban de no exagerar.

Para no hablar de las que casi por instinto rechazaban cualquier forma de feminismo, considerándolo una práctica perturbadora de la tranquilidad familiar y social.

Y que viéndolo bien eran la gran mayoría. El eco del discurso de género llegaba a círculos académicos y políticos de gente pensante, pero fuera de ellos contaba con fuerte resistencia.

Mi amiga lo reconocía. Miles de años de concepciones patriarcales no iban a desaparecer en unas décadas por más que lo intentaran ellas con toda su voluntad y trabajo.

Pero algo se ganaba. Pese a las contrariedades, sus convicciones personales la empujaban a conseguir que el mundo no siguiera igual que cuando ella vino a él años atrás.

Ello constituía una valiosa razón para vivir. Dejar nuestra propia huella en la realidad social humana, de manera tal que al partir fuera mejor que cuando ingresamos a ella.

Lo más importante no era necesariamente triunfar, sino luchar denodadamente contra cualquier forma injusta de dominación. Otros retomarían la bandera y llegarían más allá.

Después de todo, ¿quién podía jactarse de haber conseguido al final de su vida todo aquello con lo que había soñado cuando tuvo conciencia de la necesidad de actuar?

Terminamos abrazados, sí. Había momentos en los que las cosas maduraban para dar grandes saltos y dichosos quienes lo vivían. Pero no habría sido posible sin los que quedaron sembrados.

Lo que hacía verdaderamente humanos al hombre y la mujer era estar siempre en el camino, batallando, enfrentando al monstruoso poder de la dominación y el embrutecimiento.

Algún día las mujeres conseguirán la igualdad total de derechos frente a los hombres, una bandera que debían empuñar todos los que se oponen a la explotación económica.

Así será más poderosa la fuerza que enfrente al capital y sus concepciones oscurantistas. Quizás su confluencia tenga el poder de originar una victoria simultánea en ambas causas.

Igual habrá de suceder con las numerosas formas de exclusión existentes. La maduración de la lucha contra cada una fortalecerá la embestida contra la fuente de todas ellas, el capital.

Golpear, de manera incesante, como la gota de agua sobre la roca, hasta lograr penetrar y ganar las mentes más obcecadas a fin de que pasen al bando que les pertenece. Esa es la tarea.

Cada día serán menos los campesinos armados que se opongan a la restitución de las tierras despojadas a otros. Y los obreros esquiroles. Y los desempleados que odian a los otros.

Y gente engañada que vota por sus verdugos. Y los militares que vuelvan las armas contra su pueblo. Y, desde luego, las mujeres que señalan las exageraciones del discurso feminista.

8 de abril de 2016.

 

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