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DIALOGOS DE PAZ   -   MUJERES    EnglishPortuguesItaliano
Publicado en la categoría: La Pluma de Gabriel Angel
Viernes, 19 Junio 2015 15:54

Pensando desde la trinchera

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Señor Presidente, me perdonará la franqueza, pero creo que hay algo raro en su idea de la paz. Quizás eso quiso decirle su santidad Francisco.


Para empezar, le confesaré que da la impresión de que para usted la paz consiste solamente en el fin del alzamiento de las FARC. No sé por qué, pero su actitud frente al ELN me parece reveladora. Algo me dice que usted no cree que merezcan tanto, no los considera importantes, apuesta a que podrán aniquilarlos rápidamente, una vez hayan finiquitado las cuentas con las FARC. 

En cuanto a nosotros, creo que su idea de paz se limita a que dejemos de ser una guerrilla, un grupo alzado en armas. A veces leo en sus dichos, que de lo que se trata, es que dejemos de joder de una vez por todas. Discúlpeme por la rudeza, Presidente. Que entreguemos las armas y nos desmovilicemos. Acaso, hablando en plata blanca, ¿a qué más podemos aspirar?

Ustedes tratarán de colaborarnos hasta donde se pueda, para que no tengamos que pagar penas tan altas, para que no nos extraditen a USA, para que dentro del orden democrático hagamos política sin armas, salvando que la gente nos va a mirar como a temibles ex criminales, cosa que desde luego no será culpa de ustedes, sino de nuestro propio pasado delincuencial. ¿Quién nos mandó a cometer todas las barbaridades que hicimos? Tampoco podemos esperar que ustedes nos abracen y nos consideren como de los suyos, es obvio que habrá enormes distancias. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, alcanzo a adivinarlo desde mi puesto en la trinchera.

Bueno, presumo que habrá que guardar ciertas formas. Si la paz los obliga a intentar ayudar cuanto se pueda a minimizar nuestras culpas, es de elemental lógica concluir que los otros, los representantes de la autoridad legítima, los patriotas devotos que por defender la Constitución y las leyes incurrieron en lamentables excesos, no podrán ser condenados de ninguna forma por sus actuaciones al margen de la ley. Si obraban era para defenderla, precisamente.

¿En qué cabeza puede caber, que mientras un jefe terrorista paga ocho años en condiciones especiales de reclusión, un abnegado general de la República, o incluso un humilde soldadito raso, deba pagar penas de 30 o más años en una de esas horrorosas prisiones colombianas? No sería justo, claro. Ni que hubieran matado la mamá a machete. Además, si no es instituyendo un fuero perpetuo, ¿cómo obtener el guiño y la lealtad de las gloriosas fuerzas armadas colombianas?

Las FARC tendrán que reconocer sus atrocidades de manera pública, si de verdad quieren que se las perdone. Al menos hasta donde se las pueda perdonar. Y desde luego, tendrán que entregar sus dineros y haciendas, empresas y demás negocios legales e ilegales para efectos de reparación. Y claro, está más que sobreentendido, la más segura de las garantías para evitar la repetición es la entrega total de sus armas, su reincorporación a la vida civil, su abandono definitivo de la economía subterránea. ¿De qué otra manera sería posible la paz en Colombia?

Yo le pongo cuidado, Presidente. Usted asegura que se ha apersonado de la justicia social, no porque haya en curso un proceso de paz, sino por convicción moral y política. Su gobierno tiene como propósito establecer esa justicia, todos sus planes apuntan a ella. Es más, sin proceso de paz o con él, con desmovilización de las FARC o sin ella, la justicia social será un hecho gracias a Usted. Paz, educación, equidad, seremos el país más culto y avanzado de América Latina.

Entiendo por sus palabras en Europa, que no se trata de expectativas, sino de realidades cumplidas, aunque todavía falte mucho por hacer, como suele decir Usted en sus intervenciones. Los colombianos tenemos los mejores índices, vivimos en el país de Jauja. Lo único que falta para la felicidad completa es que las FARC desaparezcamos del escenario nacional. Y eso Usted lo conseguirá en la Mesa de Conversaciones o mediante el legítimo ejercicio de la fuerza. A eso va Usted a todas partes, a ganar desde ya simpatías para su arremetida final contra nosotros. 

Se esmera Usted en publicitar la enorme generosidad de su gobierno, la cual suele presentar como del paciente pueblo colombiano hacia una cruel banda de narcotraficantes y terroristas. En sus exposiciones de los acuerdos parciales alcanzados, por ejemplo, se capta que nos van a permitir restituir las millones de hectáreas que usurpamos a los campesinos, que nos concederán renunciar al tráfico de drogas, que si cumplimos, no volverán a fumigar nuestros cultivos. 

Presidente, cuando Andrés Pastrana decidió poner fin al proceso del Caguán, dio en decir que su política de paz no había fracasado, pues los diálogos eran apenas una parte de ella. La otra era la reingeniería de las fuerzas militares y de policía, la preparación de la guerra total. Usted me lo hace recordar, cuando afirma que si fracasan los diálogos, bajará tranquilo al sepulcro. 

Me da mala espina que Usted deteste hablar de reformas de fondo, del modelo económico, de la doctrina militar de las fuerzas armadas o de su naturaleza en un país en paz. Que en cambio prefiera siempre hablar de inversión, se entiende inyección de dinero. En educación, en equidad, en la paz misma. Esa palabra envuelve beneficios, réditos, ganancias, el léxico favorito del neoliberalismo. Hay que ser cándido para no percatarse de que el neoliberalismo es la máxima expresión de la desigualdad, basta con mirar a la Europa o el Méjico de hoy para concluirlo.

La tapa de su idea de paz es su reiterada orden de arreciar los bombardeos y las operaciones militares contra las FARC. Su negación radical a pactar un cese el fuego bilateral. La repitió hasta el cansancio, hasta segundos antes de entrevistarse con su santidad. Me pareció lógico que él no quisiera comprometerse a viajar a Colombia. No le sonó su intención de usarlo para avalar la anunciación de más derramamientos de sangre. 

Habrá que pensar qué insinuó su santidad al responderle que vendría a Colombia luego de un acuerdo final. Y cuando aclaró que la Iglesia sólo actuaría como mediadora si se lo solicitaban ambas partes. ¿Sería su manera, Presidente, de decirle que buscara realmente la paz? ¿Que ella no puede ser imposición, que también debe atenderse la opinión de las FARC? 

Montañas de Colombia, 19 de junio de 2015.

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