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Publicado en la categoría: La Pluma de Gabriel Angel
Viernes, 10 Marzo 2017 06:12

Segúnda crónica: Mejoran las noticias

Escrito por  Gabriel Ángel
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 Creo que los ojos se nos aguaron a todos, y si no lloramos fue porque cada uno hizo esfuerzos inmensos por contenerse


Hoy vino Karel, y como ya se ha hecho costumbre en los últimos tiempos, abrió la puerta de mi habitación e ingresó saludándome con su habitual cortesía. En seguida me dijo que si podía hacerle el favor de buscar a la compañera del Jefe y pedirle que se presentara a la terraza en donde el camarada Timo solía trabajar diariamente en esta casa. Agregó que fuera yo con ella.

La encontré abajo, en el corredor aledaño a la sala de la televisión. Estaba en compañía de las otras muchachas. Le indiqué desde fuera, puerta de vidrio de por medio, que saliera y me acompañara. Subí con ella hasta el lugar señalado. Le dije que nos necesitaban a las dos. Ella, con mirada curiosa, me comentó sonriente que desde ahí había oído que había buenas noticias.

La tomé por la cintura y le di un apretón cariñoso con mi mano. Quería que se sintiera bien. Pasamos la puerta que da a la terraza y saludamos a los presentes. Pastor, Bertulfo y Mauricio, del Secretariado Nacional. Karel nos invitó a tomar asiento. Exploré su mirada con el propósito de conocer su estado de ánimo. Concluí que no era negativo.

Sin mayores preámbulos, entró en materia.  Explicó que en la mañana, era viernes 7 y debían ser casi las dos de la tarde, se había presentado al Hospital para averiguar por el estado de Timo. El subdirector no estaba, pero habló personalmente con el jefe de terapias, quien tenía directamente a su cargo al paciente. Le había dado el parte completo acerca de su salud.

Timo se encontraba estable, los distintos seguimientos a sus órganos, que eran permanentes, indicaban que todos ellos se hallaban funcionando correctamente. El corazón era quien daba menos problemas, bombeaba bien y se hallaba en buen estado. Pulmones, hígado, riñones, todos estaban en orden. Orinaba bien, o sea que los riñones drenaban sin dificultad.

Estos últimos lo habían preocupado un poco, siempre que se interrumpía el flujo de oxígeno en el cuerpo, ellos eran de los primeros órganos en afectarse, pero no había problema. Su relato se interrumpió como consecuencia de una llamada telefónica por su móvil. Cuando regresó a retomar su informe, una nueva llamada volvió a interrumpirlo. 

Finalmente volvió a la terraza. El caso era que el médico le había explicado lo siguiente. Tras un infarto cardiorrespiratorio los pacientes demoraban en despertar entre 48 y 72 horas, lo cual indicaba que ya era tiempo de que Timo comenzara a volver en sí. Aún no lo había hecho, las grasas en el cuerpo y los residuos de la anestesia solían influir en la demora.

El médico le había explicado acerca de una forma de ayudarlo. Si se aplicaba al paciente una inyección, una especie de antídoto temporal, podía precipitarse su despertar, que no era el espontáneo, a objeto de auscultar la condición en que se hallaba su cerebro. No podía olvidarse que por obra del paro, la falta de circulación de sangre a este podía haberlo lesionado.

El especialista pasó a preguntarle si el paciente lo conocía a él lo suficiente como para reconocerlo en caso de despertar. Ante su respuesta afirmativa, pasó a proponerle que ingresara con él a la sala donde se hallaba. La idea era despertarlo por el método explicado, y que él le hablara. De la reacción que tuviera el paciente podría deducirse su estado cerebral.

Karel se asustó. Por esas cosas del destino, él iba a ser la primera persona en entablar contacto con Timo en el momento de su despertar. Por eso procedió a preguntarle al médico cómo debía actuar y qué debía decir. Este le dijo que en cuanto el paciente abriera los ojos, debía darle un ligero golpe con la mano en el hombro e informarle quién era él.

Para eso debía repetirle su nombre en voz alta, varias veces, y luego comentarle, con tono tranquilo, que había sido víctima de un infarto cardíaco, pero que estaba bien, en el Hospital, en franco estado de recuperación. Aunque algo nervioso e inseguro, Karel aceptó la proposición del galeno. En seguida fue invitado a seguir al médico hasta la sala de recuperación.

Timo había estado sometido a una especie de congelamiento, pero ya había sido sacado de eso y se hallaba a temperatura ambiente. Una serie de aparatos conectados a su cuerpo seguían cada una de las respuestas de su organismo. Ya no tenía oxígeno conectado, respiraba por sí mismo. Lo hacía fuerte, aunque con cierta dificultad. Su alimentación seguía siendo intravenosa.

En la sala se hallaban presentes los dos médicos jóvenes, un hombre y una mujer, que habían logrado hacer volver al paciente de su estado de muerte el día del infarto. Él estuvo prácticamente encaramado sobre su cuerpo, golpeándole el pecho con fuerza y pendiente de los shocks eléctricos que le aplicaron. Ahora iban a presenciar el despertar del paciente.

Una enfermera tomó el brazo de Timo y le aplicó la inyección. Después fue donde el médico a decirle que estaba listo. Justo en ese instante el paciente abrió los ojos, de un solo intento. Karel golpeó su hombro con la mano y le dijo, Timo, soy yo, Karel, soy Karel. El médico le dijo al paciente que no intentara hablar, que sólo moviera su cabeza en sentido negativo o positivo al responder.

Karel le informó sobre el infarto que había sufrido. El médico le preguntó al paciente con voz fuerte si sabía quién era Karel. Con un movimiento enérgico, la cabeza del paciente expresó que sí. La siguiente pregunta fue si sentía dolor en el pecho, a lo que respondió de nuevo afirmativamente. En cambio respondió con un claro no a la pregunta si el dolor era fuerte.

Karel quedó sorprendido, en sentido positivo. Sintió un nudo en la garganta, producto de la repentina alegría. Si Timo era capaz de reconocerlo, si era capaz de comprender las preguntas y responderlas con claridad de modo inmediato, era porque su cerebro estaba intacto y funcionaba bien. Hasta entonces ese era el interrogante que más nos preocupaba a todos.

La reacción de quienes lo escuchábamos fue de enorme alivio, de franca felicidad. Creo que los ojos se nos aguaron a todos, y si no lloramos fue porque cada uno hizo esfuerzos inmensos por contenerse. Procedimos a beber un trago de vodka y a fumarnos un cigarrillo. Sólo se oyeron voces de franca satisfacción. Estaba claro que el paciente había superado lo peor.

Y que iba a reponerse exitosamente. Claro, comenzaron a sucederse todas las recomendaciones del caso, la prudencia, la paciencia, la necesidad de conservar cierto grado de moderado optimismo. La ciencia médica no había dicho la última palabra en estos casos. Cualquier cosa podía suceder. Lo cierto fue que todos sentimos que nos habíamos salvado ya.

La alegría de Karel era sincera. Estaba feliz, como todos los demás. Pasó a hablar de otros temas, del tiempo de recuperación, de la decisión que había que adoptar en el sentido de que por lo menos en tres meses el paciente debía permanecer aquí, en cuidados médicos. Había que organizar eso. Eran ya otras preocupaciones, la principal estaba ya superada.

Comentó que tanta había sido su emoción en el momento, que permaneció como atontado por unos largos segundos. Fue el médico jefe quien se dirigió al par de jóvenes médicos presentes y los felicitó por el éxito de todos sus procedimientos el día del infarto. En ese instante Karel sintió vergüenza con ellos, y pasó a expresarles también sus agradecimientos y felicitaciones.

La Habana,  7 de febrero de 2015.


URL Corto: is.gd/gTg8zr

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