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Publicado en la categoría: La Pluma de Gabriel Angel
Sábado, 18 Febrero 2017 09:02

Tierra Grata, la bienvenida a La Paz

Escrito por  Gabriel Ángel
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Treinta años después, observó unas fotografías de la serranía, tomadas en el mismo filo en que se divisaba el caserío de San José extendido como un pesebre en el pequeño valle.


En el año de 1986 ejercía mi profesión de abogado en la ciudad de Valledupar. Para entonces me las arreglaba también para el ejercicio político en la Unión Patriótica, hasta el punto de haber sido escogido para encabezar la lista al Senado por el nuevo movimiento. Simultáneamente había figurado como candidato al Concejo de La Paz, el caluroso y acogedor pueblecito en que vivía con mi bella esposa y mi linda niña de menos de un año de nacida.  

Perdí por un voto la curul al Concejo y en cuanto al Senado alcanzamos un poco más de cuatro mil sufragios en el departamento del Cesar, votación insuficiente para ganar el escaño, pero profundamente significativa tratándose de un movimiento recién nacido, de izquierda además, y sobre el que pesaba el estigma de brazo político de las FARC, anatema con el que se pretendía aterrorizar la población para que no nos votara.

Apenas contamos con escasos meses para la campaña, cuestión en la que éramos absolutamente inexpertos y para la cual carecíamos de recursos económicos. Trabajamos entusiasmados en la candidatura presidencial del doctor Jaime Pardo Leal, que había sido mi profesor de derecho penal en la Universidad Nacional y quien impresionó al país por su coraje político y personal. Jamás imaginamos lo que se nos vendría encima por ello. 

Vivía entonces en La Paz, la tierra de las almojábanas y de la dinastía López, músicos de talla excepcional que partieron en dos la historia de la música vallenata al añadir  a su genio a Jorge Oñate, la mejor voz en toda la historia de ese folclor. Allí el gusto por el acordeón sólo admitía la excelencia, y enseñaba a apasionarse por él, por la poesía de sus cantos, por la alegría de sus parrandas, por las historias que el folclor convertía prodigiosamente en arte.

Sabía que La Paz tenía el corregimiento de San José de Oriente, en la serranía del Perijá. Pero nunca había ido a conocerlo. Fue la política la que me llevó a subir a él una mañana de sábado, con el propósito de realizar una reunión con simpatizantes del movimiento. Se trataba de explicarles en qué consistía éste y ganarlos para la causa. El procedimiento que seguía era la constitución de una Junta Patriótica, con su presidente, secretario, fiscal, tesorero y demás. 

Estas juntas eran la base de nuestra organización y al tiempo nuestros núcleos de campaña. La idea pegó con fuerza. Tuve que habituarme a subir casi todos los fines de semana, con el mismo propósito de la primera vez. Siempre surgían invitaciones para otros barrios del corregimiento, e incluso para veredas alejadas, a las que había que subir por trochas en mal estado en camperos desvencijados. La gente nos recibía con agrado y militaba entusiasta.

San José era habitado por cachachos, emigrantes en su mayoría de Ocaña, El Carmen, Ábrego y San Calixto, entre otros poblados de Norte de Santander. Colonos que habían abierto fincas y trabajaban con sus manos la tierra para hacerla productiva. Campesinos rudos, hombres y mujeres que amaban su trabajo material y progresaban lentamente. Pronto me di cuenta que la acogida de la gente hacia el proyecto político era mucho mayor que en el casco de La Paz.

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Abajo, en el plan, los de San José tenían fama de violentos, de bravos para pelear con cuchilla, de borrachos pesados. Aún quedaban rezagos de la bonanza marimbera y las muertes por ese negocio maldito ocurrían todavía con cierta frecuencia. Claro, no sólo en la serranía, sino también en el plan. La Paz era la puerta de entrada a la Guajira, y de allá llegaban al Valle toda clase de historias de guerras familiares y venganzas. Pero parecía temerse más a la gente de los cerros.

Cuestión de discriminación, sin duda. Los cachacos eran gente buena, trabajadora, amigable y decente. Duros sí cuando algo los afrentaba. Y tenían además una bella condición. Al contrario del plan, en donde sus familias celaban rigurosamente a las muchachas y les imponían insoportables prohibiciones, en la serranía las mujeres jóvenes, solteras, separadas, viudas o incluso casadas gozaban de mucha mayor libertad, eran a todas luces mucho más dueñas de sus vidas.

Me fasciné subiendo a San José de Oriente porque una vez el campero se elevaba por la rústica carretera, se comenzaba a divisar en todo su esplendor el valle del río Cesar. Al alcanzar la curva que indicaba el comienzo del descenso al vallecito donde estaban San José y Betania, se podían contemplar estos dos pueblecitos como si fueran pesebres enclavados en la serranía, al tiempo que al oeste, al otro lado del valle, se erguía majestuosa la Sierra Nevada de Santa Marta.

La tierra de la trocha era ocre, y el paisaje que la rodeaba lucía todas las variantes del verde en una cordillera de encanto. A la espalda, como gigantesco diosa tairona, la blanca corona de nieve que revestía los enormes cerros de la sierra, parecía sonreír a los humanos que habitaban aquel territorio iluminado por el sol radiante. El embriagador azul del cielo en el que apenas asomaba una pequeña nube a la distancia se encargaba de cubrirlo todo con su brillo.

Contaba con buenos amigos en San José. Como el dueño de la farmacia de las cuatro jotas, un abuelo comunista cuyos hijos se sumaron entusiastas a la Unión Patriótica. O como el Tile Felizola, un campesino alto y grueso, de bigote frondoso, que no se cansaba de recomendarme que si alguna vez tenía un dinero disponible no lo pensara dos veces para comprar una finca allá. O como los y las militantes de nuestra política que tanto afecto nos brindaban.

Con varios de ellos departí en casetas de sábado en la noche. Recuerdo que la Policía decomisaba en las requisas obligadas de la entrada tantas cuchillas como podía imaginarse. Y que aun así algunos se las ingeniaban para introducirlas de algún modo a los bailes. Pero no presencié nunca una riña sangrienta. Era cuestión de cultura, explicaban algunos, la cuchilla era tan indispensable para un hombre como la correa con que se ataba el pantalón. 

Aquellas visitas a San José terminaron. Quizás la última fue cuando fuimos a agitar el paro campesino del nororiente y lo que se llamó la toma de Valledupar, cuando unos siete mil campesinos de la serranía ocuparon pacíficamente la plaza Alfonso López durante una semana, para exigir del gobierno vías, escuelas, salud, créditos, lo de siempre. Para entonces la UP venía siendo masacrada. Tras ese paro de 1987 se desencadenó el terror en todo el Cesar.

Mataron a Toño Quiroz, nuestro concejal en Becerril, y al doctor José Francisco Ramírez Torres, que había sido vocero de las comunidades en la mesa en la que se resolvió lo del paro. Sobrevinieron las amenazas, los seguimientos, los acosos del ejército y la policía, los rumores venenosos. Dirigentes y militantes de la Unión Patriótica eran abaleados en todo el país. Pronto caerían Marcos Sánchez Castellón, en Santa Marta, y Jaime Pardo Leal, cerca de Bogotá.

No hubo otro camino que marchar a la Sierra para salvar la vida y continuar la lucha como guerrilleros. Atrás quedaron nuestro mundo, nuestra familia, la compañera y la niña. Fue tanto como si hubiéramos muerto y vuelto a nacer, en un ambiente desconocido y tosco, en un mundo en el que los libros y la alegría fueron remplazados por el incesante canto de los grillos en las noches oscuras en vela bajo la espesa montaña. Una pesadilla obligada.

Treinta años después, en La Habana, observó unas fotografías de la serranía del Perijá que recibí vía internet, tomadas en el mismo filo en que se divisaba el caserío extendido como un pesebre en el pequeño valle. Los verdes son los mismos, como el rojo de la carretera. A un lado de ella hay una valla con las imágenes de Manuel Marulanda Vélez y Jacobo Arenas, en la que puede leerse, Bienvenidos a Tierra Grata, territorio de paz. La Paz es la más bella de las victorias.

Siento un golpe en el pecho. Son los mismos paisajes que admiré  antaño, juro que alcanzo a respirar la frescura del aire frío que remplaza al del plan. En una de las fotos distingo una niñita, vestida con traje rosa y con los brazos en alto, sonriente al pie de la valla e inconsciente de su significado. Me dicen que es mi nieta, la hijita de mi niña, en un paseo que hicieron a San José de Oriente. La examino conmovido. Es cierto, se parece a ella. Bienvenida La Paz.


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