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Publicado en la categoría: La Pluma de Gabriel Angel
Martes, 07 Febrero 2012 21:56

Una respuesta a Héctor Abad Faciolince

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Horroriza pensar que gentes con ideas y expresiones como estas pretendan orientar a la  opinión pública desde la gran prensa.


El señor Héctor Abad Faciolince, hijo de otro Héctor Abad que gozó de enorme respeto y admiración nacional e internacional por la honradez de sus posiciones intelectuales y democráticas, escribe de modo airado contra las FARC, haciendo gala de eso que en otros escritos él mismo ha llamado “el pequeño fascista que todos llevamos dentro”.

Las venenosas y arteras comparaciones que emplea no pueden nacer sino de una mente enferma o muy bien paga. Recursiva inventiva esa de asimilar a la senadora Piedad Córdoba con el Presidente Álvaro Uribe, con el propósito miserable de burlarse bufonescamente de quien se atreva a sostener que en este país hay prisioneros políticos o de conciencia. Como si no fueran miles y miles.

El señor Uribe tiene el derecho de pensar y decir cuanto le parezca. A lo que no tiene derecho es a emplear el poder del Estado para asesinar, aplastar, perseguir, vilipendiar y escarmentar a todos aquellos colombianos que lograron sobrevivir a la embestida brutal de los grupos paramilitares que tanto impulsó y apoyó desde sus comienzos en la política antioqueña.

Por eso se le puede y debe criticar y combatir. Pero aparentar que se está contra él y que producen sorna sus dichos, para enseguida expresar y avalar taimadamente todas sus teorías y prácticas, tal y como lo hace el señor Héctor Abad en su columna del diario EL ESPECTADOR, sólo pone de presente su grado de envilecimiento moral. Siquiera se murieron los abuelos, diría el poeta.

Es obvio que su propia mugre lo deslumbra como si fuera un diamante. Su diatriba contra nosotros acusándonos de banda terrorista, se funda en una afirmación apresurada: “Todo parece indicar…”.  Ella sola da muestra de su cobardía. Se cuida de no comprometerse del todo, por si hubiera necesidad de alguna futura y habilidosa voltereta.

La Policía Nacional no es ni de lejos el cuerpo civil que intenta describir el señor Héctor Abad. Es una máquina de guerra contrainsurgente, una fuerza especial financiada y entrenada por los norteamericanos para cumplir misiones de muerte y terror en conflictos de baja intensidad, como llaman ellos al caso colombiano. Y no sólo en Colombia. El romántico mito del gendarme inglés armado con una pequeña porra no es sino eso, un mito, demasiado remoto ahora. Los policías de cualquier país asesorado por el Pentágono, parecen más bien robots, extraterrestres acorazados con fusiles comando de asalto y cascos de alta tecnología. Verdaderos matones oficiales.

Y no son tan pacíficos, ni tan decentes. El largo historial criminal de su actual director, vinculado desde muy joven al servicio de inteligencia americano y empleado a sueldo de sucesivos capos del narcotráfico y el paramilitarismo, es un buen ejemplo de su verdadera naturaleza. El señor Héctor Abad debe saberlo bien, posa de estar muy bien informado. 

En cuanto a la afirmación de que las FARC no enfrentamos al Ejército de Colombia, esa banda de mercenarios pagos encargada de destripar colombianos en todo el territorio nacional, lo invitamos a visitar las áreas de sanidad militar o los cementerios a donde van a parar los soldados, suboficiales y oficiales que caen en los combates frontales contra nosotros. Ante la crudeza de semejante realidad, las fuerzas militares se vieron en la necesidad de aplicar la táctica de los bombardeos masivos a las áreas guerrilleras, a fin de atenuar el alto número de bajas propias.

Eso lo sabe todo el mundo en este país, excepción hecha desde luego del señor Héctor Abad. Si anduviera tan sólo un par de días con una compañía móvil de combate de las FARC-EP, conocería el verdadero significado del heroísmo y el valor. Se lo enseñarían esas muchachas y muchachos que enfrentan a pie y fusil en mano las enormes patrullas apoyadas desde el aire. Si lo que quiere es retarnos a entrar en las ciudades a asaltar batallones y brigadas, es porque no tiene definitivamente idea de lo que está hablando. La ignorancia es atrevida.

Ni siquiera parpadea este artificioso periodista para hacer eco a las patrañas de los servicios de inteligencia militar y policial que nos vinculan con bandas de narcotraficantes. Una indagación elemental en las fuentes directas del suroccidente del país le permitiría conocer, que lo que se desarrolla allí es un conflicto frontal entre nosotros y esas bandas paramilitares, y no precisamente por pistas o rutas, sino en defensa de la vida de la población aterrorizada largamente por ellas. Como se ve, ningún hombre grande está exento de hijos calaveras.

Empeñado en prender una vela a Dios y otra al diablo, asegura además que la Policía trabaja concertadamente con nosotros a cambio de dinero, y que sólo la atacamos cuando no se deja corromper. ¿Se puede ser más canalla? Al parecer lo mueve dejar claro que tampoco es que esté casado con una defensa incondicional de las instituciones. Puede ser cierto que estén podridas, quién quita. Los integristas como él están por encima de todo, son una especie de leviatán.

Y sólo entienden una forma de solución final: la guerra total sin amedrentamientos, el aplastamiento de los contrarios que sólo son ratas. La sola mención de una salida política les resulta escandalosa y absurda. Su única alternativa es un Armagedón en el que los buenos saldrán triunfadores. Para felicidad de los dichosos sobrevivientes. Horroriza pensar que gentes con ideas y expresiones como estas pretendan orientar a la  opinión pública desde la gran prensa. Pero lo hacen y cobran por ello.

Nos recuerda a otro fantoche, el director de noticias de RCN, Francisco Santos, quien tras ser víctima de un sospechoso secuestro por parte de Pablo Escobar, surgió de él convertido en un inquisidor, dispuesto a quemar en la hoguera a cualquier demócrata o revolucionario, por encarnar supuestamente a su odiado enemigo. El señor Héctor Abad sufre del mismo mal, también transfigura la imagen de los narcotraficantes que volaron el diario EL ESPECTADOR, o de la alianza política, militar, mafiosa y paramilitar que asesinó a su venerable padre, con los colombianos ejemplares que hacen a un lado cualquier interés material y entregan su vida a cambio del sueño de una patria justa, soberana y democrática. Confusiones así no pueden ser gratuitas.

No hay duda de que no es un pequeño fascista quien habita dentro del señor Héctor Abad, sino un monstruoso fanático nazi con el que hubiera querido contar el doctor  Goebbels.  

7 de febrero de 2012

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