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Publicado en la categoría: Comenta la guerrillerada
Miércoles, 04 Noviembre 2015 14:34

Alfonso Cano, presente en nuestro trabajo y acción

Escrito por  COMPAÑÍA GERARDO GUEVARA Y FRENTE 37 BLOQUE DEL MAGDALENA MEDIO
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“Y, entonces, rojas rosas brotaron de la sangre; flores nunca vistas crecieron de las páginas de la tierra y entretejieron coronas por los siglos rojos sobre tumbas ya nunca olvidadas”.
Lenin.

Nosotros sabemos bien cómo es la guerra, la hemos sufrido, la hemos vivido… Y la hemos asumido pensando en la vida a pesar de la muerte. Sobre las cenizas de los nuestros y la roja memoria de los caídos, mil veces hemos batallado, mil veces nos hemos levantado y mil veces hemos salido triunfantes. Avanzamos, nos movemos por trochas y montañas en infinidad de viajes inciertos que nos depara la lucha, en todo caso elevando nuestra voz y fusil contra el opresor y la injusticia, colmados de esperanza en el futuro que nadie ya podrá quitarnos.

 

Cada guerrillero que cae en combate es como una llama ardiente que levanta con su calor la pasión por la causa venerable de los más pobres y humildes. Son de las cosas que los farianos llevamos bien adentro y como lo dice Cristian Pérez en su canción:

“Hasta ese lugar del alma, la bala de un fusil no alcanza”.

No se apaga la palabra, ni se cerca con metralla nuestro ideal comunista y bolivariano.

Como los más dignos, nuestro Alfonso miraba la muerte en combate como algo natural. Y así lo sentenció en una de sus últimas entrevistas:

“Hoy estamos, mañana no estamos, pero otros muchachos, otras generaciones, otros integrantes del Ejército del Pueblo empuñarán las armas para seguir adelante, porque en el fondo de cada uno de nosotros, independientemente de la situación de guerra que vivamos, está la decisión de contribuirle a Colombia para salir adelante…”.

Cuando ingresamos a filas la posibilidad cierta del martirio en la búsqueda de nuestro propósitos de cambio y justicia es real. Y lo asumimos pensando que las próximas generaciones van a disfrutar la cosecha de ese, nuestro esfuerzo y van a entender el sacrificio que hacemos. Así hoy muchas células comunistas, muchos Comandos Rojos, llevan con honor su nombre y van coreado en las marchas sus consignas de combate por la paz, anunciando el eclipse de las oligarquías que pronto sentirán la ira de los vejados.

Se avecinan tiempos de gran movilización política contra la opresión y la miseria, contra la oligarquía apátrida que feria nuestros recursos naturales favoreciendo a las trasnacionales que hoy destruyen nuestro entorno. Ya no habrá más miedos. Y veremos los compañeros del Caribona, los del Guamocó, los de Santa Rosa Sur, y también se levantarán en la región minera de Segovia y Remedios, en múltiples lugares del territorio donde las trasnacionales montan sus enclaves de depredación, o en sitios como Barrancabermeja, donde ha convergido la inconformidad del pueblo en multitudes que le exigen al gobierno allanar los camino de la paz. Como lo pensaba Alfonso, como lo conciben hoy las FARC. En una declaración del camarada Alfonso, ubicando las causas fundamentales de la confrontación política y social que padecemos, había expresado:

“En la base del conflicto colombiano se encuentra esa relación funcional entre gobiernos, jefes políticos, dueños del gran capital, hacendados, jerarquía de la iglesia, fuerza pública y paramilitares, hoy estimulada con los dineros del narcotráfico, que cabalga sobre la práctica impune del terrorismo del Estado en el marco de una estrategia neoliberal que enriquece cada vez más a los ricos a costa del empobrecimiento del resto de la población”.

Su sentencia reitera una posición de principios en favor de una solución sin tanto derramamiento de sangre y pesadumbres, que son a la vez, ejecutoria del legado que nos dejó nuestro Invicto Manuel Marulanda, quien desde su aurora sigue señalando el rumbo de las FARC. El mismo que nos guía en la Habana cuando de resolver el conflicto y alcanzar la reconciliación entre colombianos se trata.

Entonces, la caída del camarada Alfonso no deja vacío alguno, porque aunque su muerte nos lacera el corazón y nos oprime el alma, no nos sumerge en el desconcierto ni en el abatimiento, sino que nos levanta erguidos, optimistas, llamándonos a izar las banderas que le dieron significado a su existencia: la justicia, la igualdad, la dignidad, la libertad, la construcción de la unidad latino-americana y el socialismo, banderas por las que nunca tuvo el más mínimo temor de perecer.

Así nos llega a la memoria la firmeza en el compromiso de lucha cuando dijo:

“Desmovilizarse es sinónimo de inercia, es entrega cobarde, es rendición y traición a la causa popular y al ideario revolucionario que cultivamos y luchamos por las transformaciones sociales, es una indignidad que lleva implícito un mensaje de desesperanza al pueblo que confía en nuestro compromiso y propuesta bolivariana”.

Si, definitivamente, Alfonso fue un hombre de paz, que admiraba y respetaba enormemente a quienes sin armas se atrevían a enfrentar a un régimen sanguinario como el de Colombia. Por eso, cuántas lágrimas derramó la Colombia clandestina, los militantes de la paz, los hacedores de imposibles, pero además, cuánta dignidad tremola multiplicada desde su cuerpo, vejado por la infamia; nadie lo olvidará mientras existan las FARC y el pueblo por el que luchaba.

Alfonso pensaba que el clamor de las masas, su lucha decidida en favor de la paz, podría superar la oscuridad de la guerra y disipar el polvo mismo de la agonía de este país nuestro, bañado en la sangre de los millares y millares de compatriotas que el capitalismo va sacrificando con su presencia voraz.

Desde la inmortalidad, su voz y manos señalan el camino correcto, ya se alzan los sufrientes como rosas dispuestas para el ritual de la esperanza de la Nueva Patria que se forja, socialista, bolivariana y popular, en las horas de la marcha del decoro que no se detiene, latiendo desde el pecho inmenso del Partisano caído.

COMPAÑÍA GERARDO GUEVARA Y FRENTE 37
BLOQUE DEL MAGDALENA MEDIO – FARC EP
Montañas del Sur de Bolívar, 4 de noviembre de 2015.

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