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Publicado en la categoría: Comenta la guerrillerada
Martes, 30 Mayo 2017 15:41

Cumpleaños

Escrito por  Julian Castillo
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No podía creer que durante 53 años se me hubiese negado la oportunidad de brindar con ellos y atrevernos a cometer la locura -entre todos los colombianos- de soñar un país en paz…


Me invitaron a un cumpleaños...

Ayer cumplían años, amigos que no sabía que tenía, amigos que me dijeron que también yo, usted y todos estábamos de cumpleaños.

Se celebraban 53 años de la primera vez que vino al mundo y lo hizo como cualquier bebé, gritando y no callando ante la incomodidad. Llegaron gentes de todos lados a atender la invitación.

Pasó la valiente Cacica Gaitana con sus legiones de aguerridos indígenas a saludar, el indomable Benkos Biohó rompió sus cadenas para pasar por la celebración. Vimos también asombrados los asistentes, cómo La Pola -la siempre audaz y temeraria Pola- se paseó por el salón preguntándose si "la muerte y mil muertes más" por las que había pasado, habrían inspirado el nacimiento que celebrábamos. 

Manuelita, La Coronela, La libertadora del Libertador a caballo nos trajo hermosos presentes a todos los invitados. De su mano tuve el placer de recibir un cuadernillo cargado de sueños y esperanzas.

Un abogado, un hijo del pueblo que al grito de "¡A la carga!" estuvo también en el ágape. Se le vio enérgico como siempre en su intervención saludando el festejo, la muerte parece no haberle hecho mella a Gaitán. Debo aceptar que su apretón de manos me estremeció, nunca había dado la mano a un pueblo entero y no solo a un hombre. 

Y no me lo van a creer. ¡El mismísimo Guadalupe Salcedo en persona! Venía seguramente de Orocué o del Turpial a ver con sus propios ojos que sus indómitos centauros aún seguían cabalgando las llanuras de estas buenas tierras. 

Por un momento el salón donde se realizaba la fiesta quedó en silencio. Despacio, con un fusil terciado y con la fuerza de 40 y tantos espíritus rebeldes sobre sus hombros, se le vio cruzar de lado a lado a un señor de boina, toalla al hombro y lento pero muy firme caminar. No sabía cómo se llamaba, pero su cara me daba miedo. Lo había visto en los noticieros en donde le llamaban bandido muchas veces, tantas otras: bárbaro. Comenzó a saludar a unas personas que lo aplaudían, otros lo vitoreaban. ¡Yo solo lo veía acercarse a mí, tenía yo una mezcla de miedo y curiosidad que hacían que me latiera más rápido el corazón, se me acelerara la respiración y casi entrara en pánico al punto de querer dejar la fiesta!

Llegó a mí, sonrió y me miró. Bajó el escalón que nos separaba y me extendió su mano. No era la mano de un demonio, ni la de un vil mercenario. Me sonrió y me dijo: "mucho gusto, Manuel". 

Le pregunté "¿es usted Manuel Marulanda?" y me respondieron al unísono miles, millones de voces de quienes estaban, de quienes ya no estaban, de los que aún no están: "¡Sí! Somos Manuel Marulanda!"...

¿Cómo puede ser? Me pregunté en ese momento. ¿Cómo es que miles y millones responden por este a quien las noticias y tinterillos tildan de ser el anticristo en patas?

Y en ese momento bailando por la sala principal salieron galopando, gritando, dando vueltas y tumbos los anteriormente mencionados invitados. Pero también apareció el antropólogo, el señor de la barba al que le cantaban “aquí nadie está amilanado”, un tal Alfonso Cano. Salieron Jacobo, Simón Trinidad, Raúl, Jorge, Martín, Isabella, Sandra, Antonia, Anyeli, Jerónimo, Miller, Sammy, Willinson, MacGiver, Venur, Carlos, Fernando, Luisa, Weriima, Zenyi, Ruben, Valentina, Yessika, Roger, Zenayda, Mauricio, etc., etc., etc., ¡de a uno, de a montón iban saliendo todxs por las puertas, por las ventanas apareciendo y todo mientras sostenía la mano de ese señor Manuel! Al mismo tiempo y de manera muy agitada empecé a recordar mi infancia, mi adolescencia, cada paso que había dado para llegar a esa fiesta! En mi papá, en sus hombros cortados, en la gente muriendo de hambre en la calle, en la niñez desamparada, en cada muerto que ellos han llorado, en cada muerto que yo he llorado... Cada vez más y más rápidas esas imágenes hasta que grité y cerre los ojos ¡No máaaaaaaaaaaaaas!

Quedó la fiesta en silencio de nuevo. De repente y de un caballo blanco, bajó un señor de no más de 1,70 de estatura. A su lado también a caballo iban un Cubano barbudo absuelto por la historia, un Venezolano coplero sonriendo porque ya

no olía a azufre, un argentino asmático con fuego en la mirada y en el pecho, entre tantos otros. Se acercó este gigante y después de abrazar a Manuel, me miró fijamente. Sin decir nada se quitó el antifaz. En sus ojos oscuros y su piel quemada por el sol, descubrí a ese caraqueño soñador que empuñaba en una mano una espada y en la otra una bandera de libertad, al invencible Simón Bolívar. De la misma manera, todos los demás se quitaron el antifaz en el recinto. Gaitán, Manuel, La Pola, Manuelita, Guadalupe, Cano, etc., y pude con una gran emoción ver en sus rostros mi rostro, el de mis amigos, mi familia, la señora de la panadería, el vendedor de minutos, el campesino, la campesina, los profesoros, médicos, indígenas, estudiantes, etc., ¡a todos los colombianos en los rostros de cada uno de estos personajes! Todos me miraban con una sonrisa en la cara. No una burlona, sino de esas que hacen las mamás, los papás, cuando saben que su hijo necesita un abrazo. Desde la rancha hasta la entrada y lleno de gente el cumpleaños, empezaron a acercarse lentamente hacia mí, cada uno con un pensamiento mío en sus manos o un recuerdo suyo en los bolsillos. Cada uno con una historia que me hacía estar innegablemente cercano a cada uno de sus caminos. Cada uno haciendo su mejor esfuerzo para liberarme de mis miedos y hacerme sentir parte de un todo.

No podía dejar de pensar en lo raro que era estar celebrando un cumpleaños y que los cumpleañeros fueran quienes me estuvieran abrazando, animando y obsequiándome a mí una hermosa velada. No podía creer que durante 53 años se me hubiese negado la oportunidad de brindar con ellos y atrevernos a cometer la locura -entre todos los colombianos- de soñar un país en paz…


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