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Desbrozando Ideas

Blog del comandante Timoleón Jiménez
Publicado en la categoría: Desbrozando Ideas
Lunes, 07 Octubre 2013 18:29

Consuelo Araujo, y la irracionalidad del conflicto

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Consuelo Araujo Noguera, la aguerrida y reconocida periodista vallenata cuya vida terminó dramáticamente, permanece en el recuerdo de todos los colombianos. Una auténtica personaje de provincia, que adquirió dimensiones nacionales gracias al amor que exhibió en vida por su tierra y su gente, a su carácter arrollador y a su portentosa inteligencia. Una víctima más de este conflicto, cuyo final se recuerda por estos días en los medios.

Su programa radial del mediodía en una emisora local era escuchado con ansiedad en Valledupar y toda la costa. Mujer querida, admirada y respetada por la gran mayoría de quienes tuvieron la oportunidad de conocerla. Su muerte estremeció al país, y contribuyó sin duda al enturbiamiento que rodeó la última etapa de las conversaciones de paz que se cumplían en el Caguán. Sin embargo, el panorama al que se apela para recordarla no es completo.

De haber sobrevivido a aquel amargo episodio, seguramente que su aporte posterior a la búsqueda de la paz se hubiera exaltado con urgencia. Su empuje y su coraje inmensos ya habían sido puestos a prueba en el país. Como cuando se dedicó a llamar a las principales cadenas radiales a exigir con ardentía que se suspendiera la brutal respuesta del Ejército Nacional a la toma del Palacio de Justicia por el M-19. Todos callaban sumidos en la perplejidad.

Pero ella no. Clamó porque se atendiera el ruego del Presidente de la Corte Suprema de Justicia, puso de presente la irracionalidad de la operación militar. Había que ser verdaderamente valiente para obrar así en ese momento en Colombia, cuando el militarismo criminal se ensañaba con el pensamiento democrático y de izquierda en todo el país. A Consuelo no le temblaba la voz para hacerlo. Sencillamente obraba de conformidad con los dictados de su conciencia.

Aunque el Presidente Betancur haya permanecido sordo, ciego y mudo, y la tragedia aquella se hubiera consumado para infamar su obra de gobierno en favor de la paz, aquella actitud de Consuelo Araujo la pintó entera ante el país. En los tiempos de la Unión Patriótica, cuando algún campesino simpatizante o cualquier militante del movimiento popular eran detenidos u hostilizados por el Ejército o la Policía, bastaba con recurrir a ella para obtener su liberación.

Porque lo reclamaba enérgicamente en su programa radial. Denunciaba el abuso y prácticamente regañaba a los comandantes del batallón o de la Policía, que se veían obligados a liberar o dejar en paz a su víctima. Seguro aprovechaba sus influencias familiares en el mundo político, las cuales la convertían en casi una intocable. Liberal a morir, orgullosa de pertenecer al Partido de los López Pumarejo y Michelsen, hacía parte de una las familias más poderosas del Cesar.

Su hermano Álvaro ya había sido ministro y congresista reputado. Y pertenecía al clan del Senador José Guillermo Castro, Pepe, al tiempo que sus innumerables sobrinos y parientes ocupaban importantes cargos en la Asamblea y la Gobernación. Quizás Consuelo había leído más, estudiado más que todos ellos, porque su mente era mucho más abierta al diálogo y la discusión constructiva. Pese a ello defendía apasionadamente los intereses políticos familiares.

Fue ministra de Cultura del gobierno de Andrés Pastrana en su primera etapa. Cuando el país se horrorizaba del impresionante auge del paramilitarismo, y las masacres de población inerme se repetían de manera incontenible en uno y otro rincón del país. El departamento del Cesar, como primero había sucedido con Córdoba, se había convertido en el fortín económico y político de esa actividad criminal en la que confluían casi todos los factores del poder regional.

La muerte de Consuelo Araujonoguera, como gustaba firmarse, no puede ser comprendida si se hace abstracción de esa terrible realidad. Realmente no podemos saber qué actitud tomó ella, que siempre había sido tan franca y directa, frente a semejante salvajismo en el que, como más tarde se comprobaría repetidamente, buena parte de su familia se encontró vinculada. Es mejor pensar, es mejor creer, por la historia de su pasado, que se opuso y se alejó de ello.

Aunque no lo hubiera hecho público de manera abierta. Se comprende, era el entorno de sus afectos el que de pronto se hallaba dominado por semejante torbellino de violencia. Era el partido de toda su vida el que se untaba de sangre las manos. Una encrucijada difícil sobre la que no cabe especular. Lo cierto es que de repente una unidad de las FARC se encuentra con ella entre las manos. Y juzga que por su prestigio puede servir para presionar el canje.

Tras haber liberado unos meses atrás, unilateralmente, más de 300 uniformados capturados en combate, dejando sólo en su poder a quienes ostentaban alguna condición de mando, las FARC intentan hacerse a un número de personajes importantes de la política nacional, a objeto de tocar el sentimiento de una clase gobernante indiferente al dolor de soldados y policías desgraciados al defender sus intereses. Consuelo, sin pensarlo, se encontró envuelta de golpe en ese pulso.

¿Puede decirse que era completamente extraña a ello? Tal vez sí, tal vez no. Depende de quién lo diga. Pero si se mira bien lo que ocurrió a continuación, es fácil concluir que pereció como consecuencia de las actitudes extremas que caracterizaban su región y el país. La respuesta oficial en su caso, fue idéntica a la que ella combatió con energía cuando el Palacio de Justicia. Rescate a sangre y fuego, pasara lo que pasara. Nadie dijo esperen, su vida vale más que una difusa gloria.

Estamos seguros de que si la actitud política, familiar y militar del Establecimiento hubiera sido otra, Consuelo no hubiera terminado de esa manera. Por eso el Bloque Caribe de las FARC tituló su comunicado sobre los hechos así: A la Cacica la mató el Ejército. Supongamos que se hubiera ordenado frenar la persecución a los guerrilleros que la llevaban, que no se los hubiera asaltado por aire y tierra. Es muy probable que, por una u otra razón, después hubiera sido libre.

El país se enteraría años después de cuál era por entonces el centro de acción del llamado Bloque Norte de las Autodefensas, de la relación íntima de Jorge 40 con los políticos y mandos de las fuerzas armadas del Cesar, del papel desempeñado por el cuñado de Consuelo, por su hermano, por su sobrino y por su propio hijo Hernandito Molina. No extraña que todos ellos hubieran inclinado la balanza hacia su muerte. Las FARC hubiéramos preferido mil veces su vida.

Las cosas nunca debieron haber ocurrido así. Ni con Consuelo, ni con ninguna de las centenares de miles de víctimas producidas por esta confrontación. Simón Trinidad, pariente de Consuelo y uno de sus mayores admiradores, sufrió sinceramente al conocer el episodio. Ahora paga 60 años de prisión en los Estados Unidos, por un delito que jamás cometió. Son las irracionalidades de este conflicto que las FARC siempre hemos querido que termine para siempre.

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