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Desbrozando Ideas

Blog del comandante Timoleón Jiménez
Publicado en la categoría: Desbrozando Ideas
Lunes, 06 Enero 2014 20:44

Lo que esperamos de La Habana

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Cuánta nobleza, cuánta sed de justicia, cuánto desinterés y altruismo se requieren para empuñar las armas contra la violencia criminal del Estado.


Puede afirmarse que el sentimiento nacional más fuerte hoy es el deseo de que termine y para siempre el largo conflicto interno. La paz debe llegar por fin a nuestro territorio, la definición de las contradicciones por medio de la violencia y las armas debe desaparecer de nuestra realidad política. Así lo reclaman voces muy disímiles y de mil modos distintos por todos los rincones de la patria. ¿Qué debe hacerse para conseguirlo?

En primer lugar, comprender, asimilar de manera clara qué es lo que conduce a la guerra. Y ello implica dejar atrás el ingenuo facilismo de creer que se trata de un asunto de simples voluntades, de que se va a la guerra simplemente porque se quiere, de que basta con dejar de querer la guerra para que ella termine. Existen unas causas profundas, no muy difíciles de percibir. El choque a muerte con las armas siempre es reflejo de un choque irreconciliable de intereses.

La historia real de Colombia nos enseña que sus clases dominantes han basado siempre en la fuerza y la distorsión de la verdad, sus esfuerzos por controlar al conjunto de la población. La Corona española casi consiguió extinguir por las armas las comunidades naturales, mientras que a los sobrevivientes los dominó mediante la lengua, la religión y la cultura castellana, que se proclamaron superiores a las de quienes consideró salvajes nativos que debían someterse.

Igual pasó con las hoy denominadas comunidades negras, secuestradas, humilladas y explotadas de modo inhumano con el beneplácito de las leyes y la Iglesia. Aunque justas y heroicas, las guerras de resistencia indígena y negra fueron tachadas de criminales y ahogadas en sangre. Mientras que los oprimidos luchaban por su vida, su tierra o su simple dignidad, los grandes poderes lo hacían por la hacienda, el oro, la plata, el azúcar, y se enriquecían de modo exorbitante.

Con los siglos, esos señores se encargaron de edificar la leyenda del aporte de su civilización al Nuevo Mundo. Civilización, por cierto, nacida del arrasamiento y la sangre de las comunidades árabe y judía, que de modo mucho más pacífico y civilizado habían ocupado España durante ocho centurias. Esa, dirían en sus canciones de gesta, era sangre de paganos, que acarrearía la gloria eterna en el cielo entre mayormente se hiciera derramar.

Como se dijo de los comuneros de El Socorro, a quienes se acusó de graves y atroces atentados, expresión espontánea de la rebeldía de una nueva clase social, el campesinado, surgida de las cenizas del mundo precolombino. Fueron los amos quienes ordenaron su aprehensión, horca y descuartizamiento, por haberse atrevido a poner en duda sus privilegios y en la idea de escarmentar a posibles seguidores de su ejemplo. La buena sociedad de la época aplaudió.

Sólo el esfuerzo unido de todas las clases sometidas al régimen colonial conseguiría sacudírselo de encima, por la fuerza de las armas y en medio de una coyuntura internacional favorable. Con el tiempo, las clases propietarias, ricas y acomodadas, los dueños de la tierra, las minas, el comercio, los esclavos y la sumisión campesina, impondrían el orden general más favorable a sus intereses, no sin contradicciones, resueltas siempre por medio de las armas y las guerras civiles.

Vendrían entonces los voceros del nuevo imperio, el del Norte, a apropiarse de las riquezas y la conducción del país, en una especie de acuerdo de colaboración mutua con la burguesía y los terratenientes criollos, al precio del sojuzgamiento de las mayorías pobres. Una nueva clase, la obrera, nacida de la modernidad capitalista llegada al país, sería rápidamente disciplinada por la fuerza de las armas. Los muertos de Barrancabermeja y Ciénaga son sólo unos ejemplos.

Los apellidos de la élite dirigente y excluyente del país sonaron de modo repetido en las sucesivas violencias oficiales contra las manifestaciones de inconformidad de los de abajo. Conspirando contra Gaitán, imponiendo su terror durante la Violencia, elevando y derrocando a Rojas Pinilla, inspirando el ataque a Marquetalia y Riochiquito, consumando el fraude del 19 de abril del 70, reprimiendo el épico paro del 14 de septiembre, atacando los procesos de paz en curso.

Son los mismos, con la incorporación eventual y utilitaria de gentes de la peor condición, a quienes luego desprecian, los que han hecho de la violencia, la muerte y las diversas formas del miedo sus armas de dominación. Ellos exterminaron la Unión Patriótica, construyeron el paramilitarismo y sus horrores despiadados, desterraron cinco millones de campesinos, persiguieron y encarcelaron a quienes no pudieron matar. Ellos hicieron de la guerra el destino nacional.

Las guerrillas en Colombia, como el vapuleado movimiento obrero, las organizaciones campesinas, indígenas, negras, sociales de distinta naturaleza, los partidos asediados de la oposición, no enfrentan a los poderes dominantes por capricho. Lo hacen como respuesta a sus injustas políticas, a su sempiterna exclusión. Igual que lo hicieron en distintos momentos contra la colonia y la república antidemocrática. La violencia siempre ha tenido como origen los de arriba.

Y es a ellos a quienes las grandes mayorías deben imponer el final de la guerra. Sin dejarse confundir por su propaganda y sus medios de información, que arrojan el agua sucia sobre los sectores populares en lucha. Mientras Santos aspira a reelegirse con la bandera de la paz, su ministro de la defensa advierte que las fuerzas militares pulverizarán a los que llama terroristas, los auténticos herederos de la resistencia de un pueblo que siempre ha soñado con la paz.

Los cadáveres de Raúl Reyes, Iván Ríos, el Mono Jojoy y Alfonso Cano, entre tantos otros expuestos con orgullo y a manera de escarmiento por las clases dirigentes y la cúpula militar del país, evidencian de modo irrefutable la atávica bestialidad asesina de las clases propietarias, su degradación moral, su cobardía. Cuánta nobleza, cuánta sed de justicia, cuánto desinterés y altruismo se requieren para empuñar las armas contra la violencia criminal del Estado.

La Mesa de Conversaciones de La Habana no puede ser reducida a un espacio en que la oligarquía colombiana, de la mano con el imperialismo, respaldada por la algarabía de los medios masivos de desinformación, presione la insurgencia a la rendición so pena de ser despedazada por las bombas. El pueblo de Colombia, las grandes mayorías que anhelan la paz, están llamados a aprovecharla para dar un paso definitivo hacia la democracia y la justicia social, de eso se trata.

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