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Publicado en la categoría: La Pluma de Gabriel Angel
Viernes, 24 Octubre 2014 15:13

Crónicas de tiempos duros IV

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Comandos enemigos en acción

Lo importante para nosotros será mantener y fortalecer nuestra fuerza militar y, avanzar en el trabajo de masas, en la organización popular de una fuerza política y social que se erija como alternativa verdadera de poder.

Alfonso Cano


El 10 de mayo de 2010 se produjo el primer contacto armado con unidades que integraban la seguridad del camarada Alfonso.

Se trató de un choque entre una de las exploraciones cotidianas enviadas a la periferia del campamento y varios soldados de las fuerzas especiales del Ejército que cumplían una infiltración profunda a la zona. Un perro que acompañaba la exploración guerrillera husmeó presencia extraña en un matorral. Cuando Hermides, un viejo combatiente que había acompañado durante muchos años al camarada Alfonso, intentó penetrar al lugar, atraído además por un olor a excrementos humanos, fue recibido con varios disparos de fusil.

Tras un breve combate los exploradores del Ejército se replegaron hacia su ruta de escape. Dos helicópteros hicieron presencia al anochecer en la zona alta del río Támaro y dos avionetas estuvieron sobrevolando el área toda la noche. Después se supo que uno de los helicópteros había recogido los comandos enemigos. En el sitio del combate fueron hallaron dos equipos y diversos rastros de la presencia enemiga. Al concluir que el Ejército se hallaba tras una pista cierta, los camaradas decidieron moverse varios kilómetros arriba.

Una semana después, una exploración que había sido despachada para varios días, regresó esa misma tarde con una novedad que no daba espera. En un lugar conocido como el filo de la estufa, se habían encontrado el trillo de tres caletas mal borradas, donde se calculó podían haber dormido entre 9 y 12 unidades. Traían un poliéster de los que sirven para guindos de casa y unas estacas de aluminio de las que usaba la tropa. Los rastros eran de dos días atrás.

De inmediato se adoptaron todas las seguridades correspondientes y se sacó un comando a liderar la operación de rastreo y ubicación del comando enemigo. Dos días más tarde localizaron sus rastros. En la mañana siguiente llegaron al campamento dos de los integrantes del comando de búsqueda, con el doble propósito de llevar provisiones y refuerzos para el inminente choque con los de la tropa.

El grupo de cinco que quedó a la espera en la parte alta de la cordillera, ensayó una exploración cuidadosa tomando aguas abajo por un caño pedregoso y de aguas cristalinas que llamaban El Salado. El guerrillero de la vanguardia pasó a escasos metros de uno de los soldados, sin verlo, lo cual obligó a este a retroceder lentamente procurando atrincherarse para disparar seguro. En ese momento lo vio el guerrillero que iba de segundo, acertando a usar su arma adelante. De inmediato se prendió un combate intenso que se prolongó por quince minutos. A uno de los cuatro guerrilleros que se hallaron en el estrecho espacio en que se realizaba el combate se le trabó el fusil. Los demás concentraron fuego y granadas de  mano contra los enemigos que los superaban en número, los cuales, al saberse descubiertos, decidieron emprender la retirada abandonando en el lugar gran parte del material que llevaban consigo.

El grupo de los cinco muchachos recuperó de inmediato 9 equipos que procedieron a mover a alguna distancia de allí. Un cuarto de hora después de los tiros comenzó a escucharse un fuego nutrido de mortero de 120 milímetros sobre el sitio del encuentro. Y media hora más tarde arribaron los aviones tucanes a bombardear el lugar en donde había tenido lugar el choque. Unos minutos después hicieron presencia 8 helicópteros que tras disparar ráfagas de ametralladora sobre la zona, terminaron por descargar más tropa en el filo aledaño. Otro helicóptero, cubierto por otros artillados, lanzó escalerillas y lazos por los que ascendieron los integrantes del comando descubierto. Continuaron los desembarcos de tropa y durante toda la noche hubo bombardeo con granadas de 120 milímetros. Disparaban desde Santa María, en el Huila.

En la mañana siguiente comenzaron a escucharse las detonaciones producidas por la activación de las minas sembradas en el páramo. Los soldados, al comenzar su avance, eran víctimas de ellas. Un pequeño artilugio construido manualmente por los guerrilleros producía más daño en las tropas, que los que ellas podían ocasionar a las guerrillas con sus aviones bombarderos y helicópteros artillados. El examen del material arrebatado al comando enemigo suministró más idea acerca de los recursos tecnológicos empleados en esta nueva fase de la guerra.

Los equipos recuperados fueron 9, cada uno con un peso aproximado de dos arrobas y media, raciones calculadas para 15 días, enlatados, papeletas de comida rápida, estufas individuales de gas, guantes, zapatillas especiales con huellas de animales como danta, oso y diferentes aves en las plantillas. También había un computador con abundante información, baterías para radio, cámaras de fotografía y de video, un medidor de distancia, ganchos de alpinismo y otros artefactos para la comunicación por radio.

Todo señaló que se trataba de uno de los comandos que llaman Camaleón, el cual al escapar logró conservar el radio, los celulares, GPS y el SPOT, un aparato que los enlaza directamente con el puesto de mando y emite una señal que al tiempo que marca sus coordenadas indica que se hallan en situación de peligro y requieren de apoyo. Por eso el rápido bombardeo con morteros y la llegada de los aviones y helicópteros. Mucho más lo que les cuesta, que lo que consiguen.

El cambio general de la situación indicó que era necesario poner fin a los campamentos fijos y adoptar en cambio la movilidad guerrillera permanente, que suele ir acompañada de desplazamientos nocturnos de un sitio a otro. La unidad en que marchaban los camaradas Alfonso y Pablo trabajó concienzudamente en ese propósito, haciendo frente a todas las dificultades con ánimo valeroso. El propio Pablo, afectado por el problema del brazo, realizó enormes esfuerzos por no ser una carga más. El camarada Alfonso estimaba muy en alto ese espíritu, y a la vez que manifestaba su preocupación, no dejaba de ponerlo como ejemplo en las charlas. En realidad, quien más despertaba la admiración y el afecto de los guerrilleros era él. Por su edad, por sus limitaciones de visión, por su condición general. Jamás se le escuchó un quejido, siempre estaba optimista, bromeando y riendo con frecuencia, inyectando moral revolucionaria a todos.

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