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Publicado en la categoría: La Pluma de Gabriel Angel
Miércoles, 27 Mayo 2009 06:37

Cuarenta y cinco años después

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Las transformaciones que no quieren mirar algunos

Al contrario de lo afirmado por la mayoría de nuestros detractores, las FARC-EP somos los primeros en reconocer que  durante los cuarenta y cinco años transcurridos desde nuestro alzamiento en Marquetalia, el mundo ha sufrido hondas transformaciones. 


En el año 1964, por ejemplo, apenas se iniciaba la gigantesca escalada norteamericana contra Vietnam, que terminó casi diez años después con su humillante retirada. Era la época de la guerra fría, la carrera espacial y el pavor a la conflagración nuclear, todo lo cual al parecer quedó sepultado con el estrepitoso derrumbe de la cortina de hierro. Para entonces, apenas se comenzaba a aplicar en América Latina la Doctrina de la Seguridad Nacional diseñada en el Pentágono. Hace veinte años terminaron los cinco lustros de sangrientas dictaduras militares que aplastaron la inconformidad en buena parte de Latinoamérica. La democracia se ha impuesto e incluso son varios los países en donde es la izquierda quien gobierna.

En Colombia existía por entonces el régimen del Frente Nacional y la paridad política, monopolio bipartidista liberal conservador de rango constitucional, que desapareció finalmente con el tiempo. Hasta la Constitución Nacional es otra. Los casi cuarenta años continuos de Estado de Sitio que rigieron desde 1948, quizás sean materia de estudio en algún curso de desarrollo institucional colombiano. Son muy pocos quienes los recuerdan. Los tribunales militares no solamente dejaron de aplicarse a civiles, según la vieja costumbre, sino que ahora hasta los jueces penales ordinarios se encargan de la investigación y juzgamiento de crímenes cometidos por miembros de las fuerzas armadas. 

Mal podría decirse que no se han dado importantes transformaciones. Jamás las hemos negado y de hecho nos alegramos porque muchas de ellas se hayan convertido en realidad. 

Lo que sucede con nuestros críticos cerriles es que piensan de manera mecánica. Para ellos, el que se hayan producido esos y otros cambios, implica que nuestra lucha perdió toda vigencia, que carece de razón de ser, si es que alguna vez la tuvo. 

A eso se podría responder de dos maneras. Primero, examinando si esas transformaciones son reales o si se trata de meras modificaciones de  forma que no afectan el verdadero contenido. Segundo, ampliando el panorama de los cambios, para no limitarse sólo a aquellos que puedan interesar a nuestros adversarios. Esas no fueron las únicas cosas que cambiaron. Sin duda las transformaciones acaecidas abarcan tal dimensión, que llegan incluso a alimentar con más razones la alternativa revolucionaria y la vía armada. Al fin y al cabo todo, absolutamente todo, está mutando de manera permanente, adquiriendo nuevo rostro, presentándose de otro modo. Hasta que llega el momento de los saltos de calidad, los verdaderos sacudimientos económico sociales que vuelven trizas una época para dar nacimiento a otra.

La oposición y la condena de la mayoría de la opinión norteamericana y mundial, a la gigantesca embestida militar estadounidense en Vietnam, así como la histórica resistencia política y militar del pueblo vietnamita, lograron dar al traste con el poder imperial en el sudeste de Asia. El gobierno estadounidense justificaba la intervención con el llamado efecto dominó. Si caía Vietnam en manos del comunismo, luego seguirían otro y otro y otro país. Había que evitar a toda costa la expansión roja. Cuatro millones de vietnamitas entregaron la vida contrariando esa absurda lógica y defendiendo su patria. 

Ya no existe la Unión Soviética. Oleadas nunca imaginadas de ciudadanos de todo el mundo marcharon en rechazo de la agresión contra Irak. Incluso en los Estados Unidos. La resistencia iraquí contra los invasores ha llegado a conmover el mundo. Los muertos por el fuego occidental suman ya casi el millón. Poco se habla de los que han perecido por el hambre y las enfermedades que la guerra adicionó al país ocupado. Es universalmente aceptado que móvil real de la invasión fue el control del petróleo. Y que se pretextó una suma de falsedades. El imperio cambió, sí, ya ni siquiera el repudio universal lo inmuta.

Es verdad sabida que tras la ocupación a Afganistán y la extensión del conflicto bélico a Pakistán, se esconde el interés por el control de las reservas de gas y los poliductos de la región del Cáucaso. Tampoco discute nadie que cuando el Tercer Mundo hizo su aparición en el agitado panorama del siglo XX, sus gritos de independencia y libertad contra el colonialismo estuvieron teñidos por un marcado tinte socialista. Los Estados Unidos, con tal de evitar la masificación de esas ideas en el África y el suroeste de Asia, promovieron y financiaron a manos llenas el fundamentalismo islámico. Desaparecida la Unión Soviética, ese fundamentalismo que pasó a reclamar sus riquezas naturales, fue llamado terrorismo y en nombre de la guerra contra él se bombardean y masacran por el imperio pueblos enteros.

El mundo cambió, sí. Ahora no se persiguen comunistas, se aniquilan terroristas, se los secuestra y tortura ante los escandalizados ojos de la opinión mundial. Se los mata como alimañas con toda clase de bombas. No importa que sean niños, mujeres, ancianos. En la época de la guerra fría, la Unión Soviética podía hacer pensar al Imperio en las consecuencias de sus actos. Hoy en día éste no le teme a nada. Es una máquina total de aplastamiento. Poseedor de un poder nuclear capaz de destruir el planeta muchas veces, pretende prohibir a otras naciones el empleo de esa energía, aun con fines pacíficos. Como en los viejos tiempos, intenta crear un pánico mundial contra los pueblos que desarrollan proyectos atómicos. Los llama Estados terroristas y amenaza con pisotearlos de manera ejemplar. 

Son las transformaciones de la sociedad moderna. El muro de Berlín se fue a pique. Pero hasta Su Santidad el Papa Ratzinger se resiste a callar en Palestina ante el muro levantado por Israel. En tanto que los Estados Unidos erigen otra gran muralla en la frontera con Méjico para impedir el paso de inmigrantes, pese al acuerdo de libre circulación de mercancías. Para no hablar de las mallas y alambradas con que España y otros países europeos pretenden detener las gigantescas oleadas de africanos y asiáticos hambrientos que sueñan con un destino mejor. Provienen de sus antiguas colonias, saqueadas por ellos hasta la saciedad. Y a las que hoy aún saquean con sus imposiciones comerciales y bancarias. 

El mundo cambió, sí. En 1964 los europeos se resistían a desprenderse de Asia y África. Hoy son los miserables de estos países los que quieren a toda costa ser admitidos en Europa. 

Las democracias latinoamericanas tienen un rasgo curioso. Solamente lo son si quienes se encuentran al frente del gobierno se aplican al cumplimiento de los planes de ajuste del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Si se someten a los acuerdos de libre comercio. Si pagan puntualmente la deuda externa. Al precio de la miseria y el empobrecimiento de la mayoría de la población del país. Entregando la soberanía nacional por completo y  permitiendo el saqueo de todos sus recursos naturales renovables o no. Por eso resultan inadmisibles a la noción democrática en boga, Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, es decir las naciones que le apuestan a un camino distinto para su desarrollo. Por eso la humillación y las maniobras para impedirles gobernar a Jean Bertrand Aristide o René Preval en Haití. Por eso los gruñidos amenazantes que lanza el imperio contra el nuevo Presidente de El Salvador.

Fueron los asesores de Augusto Pinochet quienes redactaron la Constitución que se aplicaría en su país al retornar la democracia. Y salvo unos pocos chivos expiatorios, siempre militares o policías responsables por secuestros, desapariciones o asesinatos, la salvaje represión quedó en absoluta impunidad. Todo el establecimiento político de derechas y los grandes empresarios, que patrocinaron y aplaudieron a rabiar los golpes militares y su despiadado accionar en diversos países de América Latina, se encuentran hoy en pleno ejercicio de la actividad política y económica, enormemente enriquecidos gracias a las crueles dictaduras. Cuidan con desmedido celo que los actuales gobernantes, incluso de izquierda, cumplan los cánones neoliberales que les permiten a ellos celebrar importantes alianzas estratégicas y fabulosos negocios especulativos. Amenazan con llamarlos dictadores antidemocráticos si no lo hacen. Los reducen a la mansedumbre ante la mera posibilidad de una debacle financiera.

De verdad cambió el mundo en estos cuarenta y cinco años. Ahora los dictadores no son los gorilas que reprimen y sojuzgan a sus pueblos, para bien de una odiosa oligarquía nacional y extranjera. Son quienes intentan elevar el nivel de vida de sus connacionales más pobres y devolver a sus naciones sus riquezas, en contra de los intereses de los monopolios transnacionales y locales. Son tan grandes los cambios, que son hoy los Estados Unidos y la OEA los encargados de señalar y condenar a esos regímenes, por encima de la voluntad de sus propios pueblos. Décadas atrás bendecían y apoyaban sin vacilar los regímenes totalitarios.

En la mayoría de países latinoamericanos sometidos a la represión fascista, los partidos políticos de oposición jamás pudieron reponerse de la implacable persecución a la que fueron sometidos. Los sindicatos y las organizaciones populares fueron desvertebrados. Su dirigencia exterminada. La prensa de izquierda borrada de la faz de la tierra. Esas organizaciones políticas y sociales son acusadas ahora de falta de audacia, de haberse quedado estancadas en el discurso de los años sesenta, de carecer de propuestas atractivas. A lo que habría que sumar la desmovilización promovida por la escuela del pensamiento único, ofensiva ideológica del gran capital transnacional, que tras apoderarse de los grandes medios de comunicación a escala planetaria, difunde todos los días durante las veinticuatro horas, la mentira oficial que proscribe y denigra de cualquier proyecto alternativo, mientras repite sin cesar que a mayor inversión, más crecimiento, más empleo y mejor nivel de vida para todos. 

Mientras tanto, los niveles de miseria y pobreza crecen aceleradamente. Se profundiza cada vez más la brecha entre los muchos que nada tienen y los pocos privilegiados que poseen todo. Los multimillonarios latinoamericanos ganan puestos en la lista de los hombres más pudientes del planeta. Se pretende que todos nos sintamos honrados por ello. Esa es la prueba de que el capitalismo contemporáneo está llegando a los rincones más oscuros del planeta. Imposible que nos pasen desapercibidos cambios de semejante trascendencia.

Los cuarenta y ocho campesinos que se alzaron en Marquetalia, levantaron como bandera un Programa Agrario. Se trataba de una contrapropuesta de los hombres pobres del campo a la ley 135 de 1961 o ley de Reforma Agraria. Denunciaban que la pequeña propiedad rural abierta por los colonos era constantemente expropiada, y que ellos, habitantes del sur del Tolima, Huila y Cauca, venían sufriendo persecución por ese motivo desde 1948. Los campesinos colombianos, en sus propias palabras, eran agredidos por el gran latifundio, los grandes ganaderos, el gran comercio, los gamonales de la política oficial y los comerciantes de la violencia. Hoy, aparte de ellos, son muchos más quienes los violentan.

Empezando por el gobierno de los Estados Unidos, que decidió declararles una guerra a muerte a la que llamó antidrogas. Porque ante el abandono y olvido estatales se habían visto obligados a sembrar coca para llevarles el bocado de comida a sus hijos. Al poder imperial se sumó obviamente la República de Colombia. Fumigaciones, operaciones militares y paramilitares de desalojo y terror. A cualquier zona agraria previamente saturada de tropa, arriban las flotillas de helicópteros que transportan Policía Judicial e implacables fiscales, que detienen en masa a decenas de ellos y los conducen a cárceles de ciudades lejanas. En los últimos veinticinco años el horror paramilitar desterró por lo menos cuatro millones de campesinos. Y asesinó una cifra incalculable. El Presidente amenaza ahora con la confiscación de tierras y largas penas de prisión a quienes insistan en cultivar la mata que mata.

No es extraño entonces que miles de ellos o sus hijos o hermanos decidieran sumarse a las filas de la insurgencia revolucionaria. Colombia cambió, es cierto. Manuel Marulanda se puso al frente de 48 campesinos en 1964. Al morir, 44 años después, dejó organizado un poderoso ejército guerrillero al que ni con planes elaborados en el Pentágono, ni con crecimiento astronómico del aparato militar, han podido vencer.  Y al que terminaron sumados obreros, estudiantes, desempleados, mujeres, profesionales. Según lo afirmado por el alto gobierno y sus columnistas de prensa, hasta congresistas, dirigentes políticos de renombre, magistrados, periodistas y la intelectualidad progresista del país son militantes de las FARC. Los organismos de inteligencia del Estado dedican todos sus esfuerzos legales e ilegales a encontrar las pruebas para judicializarlos como terroristas. ¡Claro que han sucedido cambios!

Eso ni se soñaba hace 45 años. El adiós del Frente Nacional significó también para Colombia el inicio de una extraña democracia, predestinada a impedir que cualquier fuerza distinta a la sempiterna alianza de los dos partidos tradicionales alcanzara el poder. En ese régimen exótico cabían formas tan disímiles como el fraude descarado que se aplicó a la ANAPO en 1970, o la guerra sucia y las operaciones de exterminio empleadas contra la UNION PATRIÓTICA en los años ochenta y noventa. Sin dejar a un lado la práctica de las torturas, desaparecimientos, asesinatos extrajudiciales y detenciones arbitrarias, siempre a cargo de los organismos de seguridad del Estado, o de sus fuerzas armadas adoctrinadas en la materia por la Escuela de las Américas y los manuales de la CIA. Todo ello se aplicó sin piedad contra el movimiento popular bajo el amparo de la vieja constitución de 1886.

Que dio paso a la constitución de 1991. Ella reemplazó el Estado de Sitio por la Conmoción Interior, y abolió la Justicia Penal Militar para civiles. También suministró argumentos a la Corte para poner fin al reinado del fuero militar. Avances democráticos de importancia, que sin embargo pronto revelaron su espantosa naturaleza. En pleno carnaval neoliberal, el Establecimiento había optado por la privatización de su actividad represiva, que de paso libraba al Estado de la responsabilidad por las violaciones de los derechos humanos. De allí la apoteosis del paramilitarismo. Poblaciones enteras podían ser masacradas sin que las fuerzas armadas o los organismos de inteligencia tuvieran que mostrarse. Bastaba con  que los Generales simularan perseguir esos grupos para guardar las formas. Era el cambio de los tiempos, el ingreso al futuro que nos negábamos a ver los dinosaurios.

Finalmente, lo más retardatario y sucio de los partidos tradicionales, terminó reuniéndose en el proyecto uribista. En tiempos de la revolución bolivariana de Venezuela. En el ajedrez imperial, Colombia pasó a jugar un papel fundamental en la contención de ese proceso. Las FARC serían nuevamente el pretexto para la carrera armamentista y la construcción de un poderoso ejército. Además resultaba imprescindible acabarlas para evitar alguna conjunción con los acontecimientos del país vecino. La antigua Doctrina de Seguridad Nacional se remozó bajo el nombre de Seguridad Democrática. Ella y la confianza inversionista para el capital transnacional, pasaron a ocupar el primer lugar de la agenda del régimen. La inmensa mayoría de los dirigentes liberales se declararon uribistas y de nuevo conformaron una férrea alianza con sus colegas del conservatismo. El nuevo frente nacional lo preparó todo para quizás cuántos períodos sucesivos de gobierno.

Todos conocemos de sobra lo que representa Álvaro Uribe Vélez y su proyecto neofascista para Colombia. Es él quien desconoce la capacidad de resistencia y lucha del pueblo colombiano. Si algún mérito histórico hay que asignar a los movimientos sociales, populares y de oposición en Colombia, es el hecho de no haberse dejado ahogar entre la sangre de sus fundadores y dirigentes asesinados. Marchan los indígenas en mingas por recuperar sus tierras, combaten con garrotes a la Policía que los enfrenta con fusiles. Se ponen de pie las comunidades negras en reclamo de sus derechos. Los desplazados no han sido vencidos por el hambre y el abandono, todavía protestan y hacen ruido. Los trabajadores bananeros vuelven a declararse en huelga después de tantas masacres.

Marchan los trabajadores reclamando contra la flexibilización. Se ponen en pie los dolientes de los crímenes de Estado y denuncian la barbarie que ocurre a diario en Colombia. Los estudiantes se agitan otra vez y enfrentan con dignidad la arremetida contra la educación pública. Las FARC combaten y golpean todos los días a las tropas fascistas. El régimen se pudre entre sus propios escándalos por corrupción y persecución sin medida. El Presidente vacila en su encrucijada del alma, reelección o no. Pero deja claro que los pilares fundamentales de su gobierno, deben quedar inamovibles para el porvenir. 

Deja escapar unos cuantos adelantos. Reducción generalizada de salarios, generalización del impuesto de guerra, implementación de un régimen de pensiones para desempleados e informales. Ahora hasta estos últimos tendrán que aportar a los fondos de pensiones. Los grandes inversionistas trasnacionales no encuentran como agradecer tanto interés por ellos. 

Este país se pone cada día más bueno para multiplicar las inmensas fortunas de los monopolios. A los recicladores, en cambio, se les impone por ley la prohibición de recoger los desechos que puedan encontrarse entre la porquería de los basureros. Esa se ha vuelto otra importante fuente empresarial de ingresos para inversionistas atrevidos como los hijos del Presidente. Toda una jerga técnica lo explica. ¿Cómo es que alguien osa señalar a las FARC-EP, como un grupo autista que no mira sino hacia su propio ombligo y no se percata de las transformaciones acontecidas en la realidad exterior? 

¿Puede una sola persona dejar de imaginar la suerte que le espera a un dirigente popular, en medio de una comunidad en la que el régimen instaló como líder, a un antiguo jefe paramilitar que tiene línea privada directa con el jefe de la Policía local? Pues ni más ni menos esa fue la estrategia empleada por el ex comisionado de paz y ahora jefe del Partido de la U, con su famoso proceso de desmovilización y reinserción del paramilitarismo. Sin hacer mención de los que quedaron armados en las bandas asesinas. ¿Será verdad que cuarenta y cinco años después, desaparecieron por completo las razones para el levantamiento en armas del pueblo colombiano? Mamola, respondía enfático Jorge Eliécer Gaitán, echando el puño adelante con el dedo pulgar introducido entre los dedos índice y corazón de su mano de indio y negro. 

Montañas de Colombia, 27 de mayo de 2009.

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