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La guerrillerada opina

Los guerrilleros y guerrilleras de las FARC-EP dan su punto de vista frente a multiples temas de actualidad.
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Publicado en la categoría: Comenta la guerrillerada
Sábado, 04 Junio 2016 04:34

Carta de adiós de una guerrillera

Escrito por  Daniela González
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Daniela González - De la Compañía Alfredo González, de la guardia del Camarada Alfonso Cano.

Una carroza fúnebre viaja a Gaitania, donde nos esperan mi familia y miles de amigos y amigas para darnos el último adiós.


Carta de adiós de una guerrillera

Mis padres Vicente Roncancio y Maribel Walteros, de Planadas Tolima, me vieron nacer en un ranchito de su finquita en la vereda La Hacienda, del corregimiento de Gaitania. Por situaciones económicas mi madre no pudo asistir a un hospital para tener su bebé, así que en forma muy humilde su partero fue mi propio padre. Un 12 de mayo mi madre sintió los dolores de parto y con los pocos aprontes se alistó para traer a este mundo una nueva vida. Mis padres asumieron la situación, y a las 8 de la noche brotó del vientre de mamá una niña que lloró al respirar por primera vez, aunque aún no sabía a qué mundo había llegado, ni si su llanto era de alegría o tristeza. Sus padres estaban muy alegres al saber que la nueva criatura era una preciosa mujer.

Vi por primera vez sonreír a mis padres y desde ahí me sentí la niña más afortunada, porque a partir de ese día les quité parte del cariño que le daban a mi único hermanito, que ya tenía tres años de edad. Desde entonces fuimos la pareja que alegraba la casa, como decían mis padres.

El tiempo fue pasando. En su humildad mi familia me traía muñecas, peluches y me enseñaba a ser ama de casa, pues dizque debía aprender todo el trabajo de un hogar, para que cuando fuera grande no sufriera al casarme. El tiempo siguió sin dar espera y me hice señorita. Ninguno de los trabajos de la casa me gustaba, pero me divertía montar a caballo, rodear el ganado y ordeñar. De vez en cuando acompañaba a papá a los trabajos de cercos y limpia de potreros.

A nuestra casita la frecuentaban mucho guerrilleros y guerrilleras, gentes muy amables que ayudaban mucho al campesino. Los veía como a mi propia familia. Nos contaban de la lucha revolucionaria, las alegrías y sufrimientos en la vida guerrillera, pero sobre todo de la guerra sin cuartel que se libraba en el sur del Tolima. En nuestra finquita  escuchábamos los ametrallamientos y bombas de los aviones, como queriendo desaparecer a la guerrillas que les hacían resistencia. Yo veía a esos hombres y mujeres muy tranquilos, con mucha moral, y dispuestos al combate. Eso contagia y pronto se empieza a querer ser como ellos.

Cumplí mis quince años de edad y he decidido ingresar a la guerrilla. Pero el problema es que mis padres no van a estar de acuerdo, porque temen por mi vida. Entonces alisto una ropita y sin que  mi familia se dé cuenta, salgo camino abajo hasta llegar al pueblito San Miguel, donde sé que están los guerrilleros. Al llegar le pido ingreso al comandante. Él me conoce desde niña y es muy amigo de mis padres. Me da una charla explicándome lo duro que es ser guerrillera y que antes de ingresar debe llamar a mis padres y delante de ellos explicar mi decisión de convertirme en insurgente. Lo que menos quería yo. Al día siguiente llegó mi madre y desde lejos vi que no estaba muy contenta, pero la juventud es atrevida y mi decisión no podía dar paso atrás.

Al mes me enviaron a un curso básico político militar. Arles Briñez, que es el comandante de la compañía en curso, es estricto, nos dice que el entrenamiento debe ser más duro que la propia guerra para que la guerra sea un descanso, y así es. A veces se nos amanece marchando con equipo a la espalda y al día siguiente hay que seguir los estudios y entrenamientos militares. Después de mes y medio ya somos combatientes aptos para enfrentar el enemigo.

A los pocos días nos tocaron los primeros enfrentamientos con el enemigo, sobre los filos Barranquilla, El Mirador, El Rocío, y así sucesivamente hasta llegar a la vereda la Hacienda, donde vivía mi familia. Mi madre vivía atenta a cada combate, rogando a Dios porque nada fuera a sucederme. Descubro que la población civil que nos rodea es la mejor trinchera y la mejor montaña para refugiarnos.

En el año 2009 ordenaron salir una comisión al mando de Robinson a mover una economía sobre la parte alta del río San Miguel. Al llegar al sitio, y luego de un descanso de dos días, procedimos a mover 5 toneladas de economía. En la tarde la avanzada alerta sobre la presencia del Ejército que viene camino arriba, y el mando ordena que nos atrincheremos mientras otros instalan unas minas para evitar el avance del enemigo. Estamos organizándonos en el terreno cuando suenan los primeros tiros, sin que haya tiempo para minar. Nos tocó enfrentar el combate que media hora después es intenso. Al lado mío han caído muertos Mónica y José, yo estoy herida con un tiro en la pierna izquierda que me impide caminar, los demás compañeros se han retirado sin saber la situación en la que me encuentro, aunque tampoco podrían auxiliarme por la dureza del fuego.

De repente aparecen cuatro soldados. Me encañonan y me gritan que me rinda y que no haga ningún movimiento porque me matan. En esos momentos estoy indefensa. Uno de los soldados, al que se le ven los ojos rojos, efecto de la marihuana, enfurecido, me hurga la herida con la trompetilla del fusil, haciéndome gritar del dolor. Luego saca una puñaleta y con ella me rasga la blusa y los pantalones. Entre los cuatro soldados abusan sexualmente de mí y yo pierdo lentamente el sentido. Escucho a lo lejos varios disparos de fusil con los que me han quitado la vida. A una hora de camino, a la parte de abajo, mi mamá se halla desesperada pensando en lo que me pueda pasar. Sabe que estoy en la comisión de Robinson y que la pelea es con nosotros.

El ruido de los helicópteros desespera aun más a mi familia, se dice que han asesinado a varios guerrilleros, pero no saben quiénes son. Por la tarde le llega la noticia a mi mamá de que he fracasado en el combate de la Hacienda. Inmediatamente debe viajar a Planadas, Tolima, a verificarlo entre los muertos que han llevado al hospital. Al entrar por la puerta principal del mismo, se le arriman dos soldados y uno de ellos la coge del cabello y la jala hacia atrás, Si viene a ver a su hija, esa HP ya está muerta. Mamá lo maldice y jura que algún día tiene que haber justicia contra este ejército invasor. Luego sigue hasta la habitación donde estamos los tres cadáveres, me reconoce, ve mi ropa rasgada y los signos de la tortura. Llora sin cesar, con el alma rota, el corazón destrozado.

Debe ir a dos cuadras, a la octava brigada móvil, a reclamar mi cadáver. Al llegar a la oficina del coronel, pide que le entreguen el cadáver de su hija, y le responden que debe ir a Neiva, Huila, a reclamar el cadáver porque se los llevan en helicóptero para la novena brigada. La angustia de mamá se hace más grande. Ahora debe organizar algo de dinero y salir a la capital del Huila por los restos de su hija. Sin dudarlo se sube a un bus y viaja al rescate de mi cadáver. Después de eternos papeleos le entregan a mi madre mi cuerpo inerte. Una carroza fúnebre viaja a Gaitania, donde nos esperan mi familia y miles de amigos y amigas para darnos el último adiós.

Doy mis agradecimientos a todas las comunidades de las veredas que llegaron desde muy lejos a darme la despedida, por la solidaridad a mi familia, por la firmeza que han demostrado junto a mis demás compañeras y compañeros, y al camarada Pablo Catatumbo que está en la Habana que no nos olvide, ni a mi persona ni a mi familia, ya que a la hora de caer en combate era parte de su guardia. Igual que yo, son miles las mujeres combatiente que hemos dado lo más preciado, nuestras vidas. No nos pueden olvidar, tampoco a nuestras familias que reclaman justicia, y que deben ser reconocidas como víctimas de este conflicto.

Saludos,

Daniela González, de la Compañía Alfredo González, de la Guardia del camarada Alfonso Cano.

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